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¿Cómo debe votar un cristiano?


Una reflexión bíblica para las elecciones presidenciales de Colombia

Cada proceso electoral plantea desafíos importantes para los creyentes. Las elecciones presidenciales no son simplemente un acontecimiento político; representan una oportunidad para reflexionar sobre el rumbo moral, social y económico de una nación. Como cristianos, nuestra ciudadanía principal está en los cielos (Filipenses 3:20), pero mientras caminamos como peregrinos en este mundo seguimos siendo responsables delante de Dios por la manera en que vivimos y participamos en la sociedad donde Él nos ha colocado. Esto incluye el uso responsable del voto.

La pregunta fundamental no es si un cristiano debe involucrarse en asuntos públicos, sino cómo debe hacerlo. En una época dominada por la propaganda, la polarización ideológica y las emociones políticas, el creyente genuino está llamado a pensar bíblicamente. Su conciencia no debe ser guiada por los medios de comunicación, las tendencias culturales o los intereses personales, sino por los principios permanentes de la Palabra de Dios.

La Escritura enseña que las autoridades civiles han sido establecidas por Dios para castigar al que hace lo malo y promover el bien.

"Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan. Porque no hay autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios son constituidas. Por tanto, el que resiste a la autoridad, a lo ordenado por Dios se ha opuesto; y los que se han opuesto, recibirán condenación sobre sí mismos. Porque los gobernantes no son motivo de temor para los de buena conducta, sino para el que hace el mal. ¿Deseas, pues, no temer a la autoridad? Haz lo bueno y tendrás elogios de ella, pues es para ti un ministro de Dios para bien. Pero si haces lo malo, teme. Porque no en vano lleva la espada, pues es ministro de Dios, un vengador que castiga al que practica lo malo." (Romanos 13:1-4).

Aunque ningún gobierno humano es perfecto y ningún gobernante está libre de pecado, el orden civil forma parte de la providencia divina para restringir el mal en una sociedad caída. No debes apoyar la idea de ir contra las instituciones porque las que existen fueron establecidas por Dios y a Él te opones y recibirás condenación. Por esta razón, la elección de gobernantes nunca debe considerarse un asunto trivial. El voto es una responsabilidad moral, porque mediante él contribuimos a colocar personas en posiciones de autoridad que influirán sobre la justicia, la educación, la economía, la seguridad y la protección de las libertades fundamentales.

La única razón bíblica de ir en contra de un gobierno es si llegan a pedir algo que es pecado delante de Dios como, por ejemplo, un director de hospital, médico o enfermera que le piden que realice un aborto o una eutanasia. No lo debe hacer por obediencia a Dios aún cuando tenga consecuencias como la pérdida del trabajo. Ese es el precio del sacrificio que muchos cristianos deben pagar en este mundo caído, particularmente en aquellos países que han legalizado ese pecado. Pero Dios ya hizo un sacrificio infinitamente mayor al enviar a Su Hijo Jesucristo a morir en la cruz aquí en la tierra y proveerá a Sus hijos porque Él es fiel y perfectamente justo y bondadoso.

Uno de los temas más importantes que un creyente verdadero debe considerar es la defensa de la vida humana. Desde las primeras páginas de la Biblia aprendemos que el ser humano fue creado a imagen y conforme a la semejanza de Dios (Génesis 1:26-27). Esta verdad otorga dignidad y valor a cada persona, independientemente de su edad, condición social o estado de desarrollo. El salmista reconoce que Dios lo formó en el vientre de su madre (Salmo 139:13-16), y el Señor declara a Jeremías que lo conoció antes de que naciera (Jeremías 1:5). Por ello, las políticas relacionadas con el aborto, la eutanasia y otros asuntos vinculados a la protección de la vida no pueden ser vistas como cuestiones secundarias. Una sociedad que deja de proteger la vida de los más vulnerables —un bebé en el vientre— termina socavando los fundamentos morales que sostienen toda verdadera justicia porque es un pecado abominable a los ojos de Dios que va en contra de Su propia naturaleza, ya que Él es el Creador de vida.

Igualmente importante es la comprensión bíblica de la familia. Desde la creación, Dios estableció el matrimonio como una unión entre un hombre y una mujer (Génesis 2:24), diseño que fue reafirmado por nuestro Señor Jesucristo (Mateo 19:4-6). La familia constituye la primera institución creada por Dios para el bienestar humano y la estabilidad social. Esto no significa que el cristiano deba actuar con hostilidad hacia quienes sostienen convicciones diferentes. Por el contrario, estamos llamados a tratar a todos con respeto, compasión y dignidad. Sin embargo, el amor cristiano nunca exige abandonar la verdad. La fidelidad a Cristo requiere reconocer que las normas divinas respecto al matrimonio, la sexualidad y la identidad humana no cambian según las preferencias culturales de cada generación.

También es necesario reflexionar sobre la economía desde una perspectiva bíblica. Las Escrituras reconocen la legitimidad de la propiedad privada. Los mandamientos “No robarás” y “No codiciarás” presuponen que las personas pueden poseer legítimamente bienes y disfrutar del fruto de su trabajo. La Biblia honra la diligencia, el esfuerzo, la productividad y la buena administración de los recursos que Dios concede. Por esta razón, los sistemas económicos que favorecen la libertad de empresa, el emprendimiento, la inversión y la responsabilidad personal armonizan mejor con estos principios bíblicos que aquellos modelos que concentran crecientemente el poder económico en manos del Estado.

La experiencia histórica ha mostrado repetidamente que los sistemas socialistas y comunistas —progresistas— tienden a debilitar la iniciativa individual, aumentar la dependencia gubernamental y restringir las libertades económicas. Ningún sistema humano es perfecto, pues todos operan bajo la realidad del pecado. Sin embargo, una economía que protege la propiedad privada y fomenta la creatividad, el trabajo y la responsabilidad suele generar condiciones más favorables para la prosperidad de las familias y el desarrollo de una nación. Incluso gobernantes que no conocen personalmente a Cristo pueden producir estabilidad y bienestar cuando promueven principios compatibles con el orden establecido por Dios en Su creación.

Otro aspecto que no debe ignorarse es la integridad moral de quienes aspiran al poder. La Biblia condena el soborno, la mentira, el fraude y la corrupción. El libro de Proverbios advierte constantemente sobre los peligros de la injusticia y el engaño. Las propuestas políticas son importantes, pero el carácter también importa. Un líder cuya trayectoria está marcada por la manipulación, la corrupción o la falta de honestidad representa un riesgo para cualquier nación.

Sin embargo, por importante que sea una elección presidencial, los cristianos debemos recordar que nuestra esperanza definitiva no está en las urnas. Ningún partido político traerá el Reino de Dios. Ningún presidente resolverá completamente los problemas de Colombia. La Escritura enseña que solamente cuando Jesucristo regrese en gloria y establezca Su Reino sobre la tierra, gobernando con perfecta justicia, las naciones experimentarán la plenitud de la paz, la verdad y la prosperidad. Entonces desaparecerán la corrupción, la opresión y la injusticia que han acompañado a la humanidad desde la caída.

Mientras esperamos ese día glorioso, estamos llamados a actuar con responsabilidad y discernimiento. Debemos votar pensando bíblicamente, procurando el bienestar de nuestra nación y buscando gobernantes que reflejen, aunque sea imperfectamente, principios compatibles con la justicia divina. Pero por encima de todo debemos proclamar el evangelio. El problema más profundo de Colombia no es político ni económico; es espiritual. Nuestro país necesita hombres y mujeres reconciliados con Dios por medio de Jesucristo. Él murió por los pecadores recibiendo todo el castigo de la santa ira de Dios, resucitó victorioso sobre la muerte y ofrece perdón y vida eterna a todo aquel que se arrepiente y cree en Él. Las elecciones son importantes, pero la eternidad lo es mucho más.

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