Un llamado urgente para quienes confían en la religión.
Vivimos en una época en la que muchas personas afirman creer en Dios y pertenecer a una iglesia, pero pocas han examinado seriamente si realmente han entendido el evangelio de Jesucristo. Millones de personas se identifican como cristianas porque nacieron en una familia religiosa, fueron bautizadas de niños, participan en ceremonias eclesiásticas, van a misa o procuran vivir moralmente o éticamente. Sin embargo, la pregunta más importante no es a qué religión pertenecemos, sino si hemos sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo. La eternidad depende de la respuesta correcta a esta cuestión.
El punto de partida del evangelio no es el hombre, sino Dios. La Biblia declara: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Dios es el Creador de todo cuanto existe. Él no es una fuerza impersonal ni una idea filosófica, sino el Señor soberano que gobierna sobre toda la creación. Él es eterno, todopoderoso, omnisciente y digno de toda adoración. El profeta Isaías escuchó a los serafines proclamar continuamente: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3). La santidad de Dios significa que Él es absolutamente puro, perfecto y separado de toda maldad. No existe algo creado en el universo que pueda compararse con Dios. Dios es único, diferente y perfecto en todos Sus atributos y perfecciones. No hay pecado en Él ni puede aprobar el pecado de los hombres.
Además de ser santo, Dios es bueno y misericordioso. Cada día que vivimos es una demostración de Su paciencia. El aire que respiramos, los alimentos que recibimos y las innumerables bendiciones que disfrutamos provienen de Su mano generosa. Él hace salir Su sol sobre justos e injustos, mostrando una bondad inmerecida incluso hacia quienes viven en rebelión contra Él. Sin embargo, el mismo Dios que muestra bondad también es perfectamente justo. Por lo tanto, no puede ignorar la rebelión humana ni declarar inocente al culpable sin que la justicia sea satisfecha.
La grandeza de Dios también se manifiesta en Sus obras portentosas a lo largo de la historia. Él creó el universo por el poder de Su palabra. Abrió el Mar Rojo delante de Israel. Derribó las murallas de Jericó. Sustentó a Su pueblo en el desierto. Cerró la boca de los leones para proteger a Daniel. Preservó a Sus siervos en medio del fuego. Envió a Su Hijo al mundo en el cumplimiento perfecto de los tiempos. Resucitó a Jesucristo de entre los muertos. Toda la historia de la redención revela a un Dios glorioso, poderoso, santo y fiel a Sus promesas. Este es el Dios con quien todo ser humano debe tratar.
Aquí encontramos el problema más grande de la humanidad. Aunque Dios creó al hombre a Su imagen, la raza humana se rebeló contra Él. Desde la caída de Adán, todos los seres humanos nacen con una naturaleza pecaminosa y manifiestan esa condición mediante pensamientos, palabras y acciones contrarias a la voluntad de Dios. La Escritura es contundente: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). No existe excepción. Religiosos y ateos, ricos y pobres, educados e ignorantes, todos han quebrantado la ley de Dios.
Sin embargo, muchas personas todavía se consideran suficientemente buenas para ser aceptadas por Dios. Comparan su conducta con la de otros seres humanos y concluyen que no son tan malas como quienes cometen crímenes escandalosos. Pero Dios no nos juzgará según la comparación con otros pecadores. El estándar divino es Su propia perfección. Jesús declaró: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). La pregunta, entonces, no es si somos mejores que otras personas, sino si hemos alcanzado la perfección moral de Dios.
Para ayudarnos a entender nuestra verdadera condición, consideremos algunos de los mandamientos que Dios ha dado. ¿Ha dicho usted siempre la verdad durante toda su vida? ¿Nunca ha mentido, exagerado, engañado u ocultado la verdad para beneficiarse a sí mismo? Si ha mentido aunque sea una sola vez, ¿qué lo convierte eso delante de Dios sino en un mentiroso? ¿Ha tomado alguna vez algo que no le pertenecía, por pequeño que haya sido? ¿Dinero, tiempo, propiedad, recursos o cualquier cosa ajena? Si lo ha hecho, ¿no se convierte en transgresor del mandamiento que prohíbe robar? ¿Ha usado siempre el nombre de Dios con el respeto y reverencia que merece? ¿Nunca ha pronunciado Su nombre de manera irreverente, ligera o vacía? El tercer mandamiento dice: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano” (Éxodo 20:7).
Jesús mostró además que la Ley de Dios no se limita a las acciones externas, sino que examina las intenciones y pensamientos del corazón. Él enseñó que quien mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón (Mateo 5:28). También enseñó que la ira pecaminosa y el odio violan la esencia del mandamiento que prohíbe matar (Mateo 5:21-22). ¿Quién puede afirmar honestamente que jamás ha codiciado, sentido resentimiento, orgullo, egoísmo o impureza en su interior? Todos hemos pecado y nadie es perfecto.
Y aún más importante: ¿ha amado usted a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas cada segundo de su vida? Este es el primero y más grande de los mandamientos (Marcos 12:30). ¿Puede alguien afirmar que ha vivido cada día buscando únicamente la gloria de Dios, amándolo por encima de todo, sin ninguna idolatría del corazón? La realidad es que todos hemos amado más nuestros propios deseos, planes y placeres que al Dios que nos creó.
La razón por la que la violación de los mandamientos de Dios es tan grave es que la Ley no es una colección arbitraria de reglas impuestas por una autoridad distante. La Ley refleja el carácter mismo de Dios. Cada mandamiento revela algo de Su naturaleza santa y perfecta. El mandamiento que prohíbe mentir refleja que Dios es verdad y que es imposible que mienta (Tito 1:2). El mandamiento que prohíbe el asesinato refleja que Dios es el dador y sustentador de la vida. El mandamiento que prohíbe el adulterio refleja Su fidelidad perfecta. El mandamiento que condena el robo refleja que Dios es justo y recto en todos Sus caminos. El mandato de amar a Dios sobre todas las cosas refleja que Él es supremamente digno de toda adoración, afecto y obediencia. En consecuencia, cuando pecamos no solamente quebrantamos una norma moral; atentamos contra aquello que Dios es en Su propia naturaleza. Todo pecado constituye una expresión de rebelión contra Su autoridad, una negación de Su dignidad y un desprecio de Su gloria.
David comprendió esta realidad cuando confesó: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51:4). Aunque había pecado contra otras personas, entendía que toda transgresión tiene, en última instancia, a Dios como su principal ofendido. Por eso el pecado es infinitamente serio: no es simplemente una falta contra nuestro prójimo o contra un código moral, sino una ofensa contra el Dios santo, justo, bueno, sabio y perfecto que nos creó, nos sustenta y merece nuestra obediencia absoluta. Cuanto más alto es el valor y la dignidad de Aquel contra quien pecamos, más grave es nuestra culpa. Y puesto que no existe nadie más digno, glorioso y santo que Dios, no existe una ofensa más grave que pecar contra Él.
La Ley de Dios funciona como un espejo que revela nuestra verdadera condición espiritual. Cuanto más honestamente nos examinamos a la luz de Sus mandamientos, más evidente se vuelve nuestra culpa. Por eso la Escritura afirma: “Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). La Ley no fue dada para mostrarnos cómo podemos salvarnos a nosotros mismos, sino para demostrarnos que no podemos hacerlo.
Si Dios nos juzgara únicamente por Su perfecta Ley, todos seríamos hallados culpables. Santiago 2:10 declara: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos”. El problema no es simplemente que hemos cometido algunos errores; hemos pecado contra un Dios infinitamente santo y justo. Hemos fallado repetidamente en alcanzar Su estándar perfecto.
Muchas personas creen que sus buenas obras compensarán sus faltas. Confían en su asistencia a la iglesia, en sus actos de caridad, en sus oraciones, en los sacramentos o en una vida relativamente moral o ética. Sin embargo, Dios declara que ninguna obra humana puede eliminar la culpa del pecado. Isaías escribió: “Todas nuestras obras o actos de justicia son como trapo de inmundicia, sucias” (Isaías 64:6). Incluso las mejores obras humanas están contaminadas por un corazón pecador y no pueden satisfacer las demandas de la perfecta justicia divina.
La gravedad del pecado no debe medirse según estándares humanos, sino según la santidad infinita de Dios. El pecado es una ofensa contra el Creador del universo. Por eso la Biblia afirma: “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Esta muerte incluye la separación física que todos experimentamos, pero también el juicio eterno que aguarda a quienes mueren sin haber sido reconciliados con Dios. Hebreos 9:27 declara: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. Estas palabras destruyen la falsa esperanza de una segunda oportunidad después de la muerte. Cada persona comparecerá ante el tribunal de Dios para rendir cuentas.
La Ley cierra nuestra boca delante de Dios y destruye toda confianza en nuestras obras, méritos religiosos o esfuerzos personales. Nos deja condenados y sin excusa delante del Juez del universo. Precisamente allí comienza a resplandecer la gloria del evangelio. Cuando comprendemos la profundidad de nuestra culpa, estamos preparados para escuchar la noticia más gloriosa que un ser humano puede oír: Dios ha provisto en Jesucristo la justicia que nosotros jamás podríamos producir y el perdón que desesperadamente necesitamos.
La respuesta no se encuentra en esfuerzos humanos, sistemas religiosos ni tradiciones eclesiásticas. La respuesta se encuentra únicamente en una Persona divina y se llama Jesucristo. El evangelio anuncia que Dios hizo por los pecadores lo que ellos jamás podrían hacer por sí mismos.
La Biblia enseña que Jesucristo es Dios manifestado en carne. Juan escribió: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Jesús no fue simplemente un profeta, un maestro moral o un líder religioso. Él es el eterno Hijo de Dios que vino al mundo para salvar a los pecadores. Vivió una vida perfecta, obedeciendo plenamente la ley divina. Nunca pecó en pensamiento, palabra ni acción. Allí donde nosotros fracasamos constantemente, Cristo triunfó perfectamente.
Esta verdad es fundamental para entender el evangelio. El mismo estándar de perfección que Dios exige del hombre fue cumplido perfectamente por Jesucristo. Él amó al Padre con todo Su corazón, alma, mente y fuerzas. Nunca quebrantó un solo mandamiento. Nunca tuvo un pensamiento pecaminoso, una palabra engañosa ni una acción injusta. Fue el único ser humano que vivió en perfecta obediencia a la voluntad de Dios. Por ello pudo convertirse en el representante perfecto de todos aquellos que creerían en Él.
La culminación de Su misión ocurrió en la cruz. Isaías había profetizado siete siglos antes: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él” (Isaías 53:5). En la cruz, Jesucristo tomó el lugar de los pecadores. Soportó la ira de Dios que ellos merecían. Fue tratado como culpable para que quienes creen en Él pudieran ser tratados como justos.
Allí ocurrió el intercambio más glorioso de toda la historia. Nuestros pecados fueron imputados a Cristo, y la justicia perfecta de Cristo es acreditada a todos los que creen en Él. El Hijo de Dios soportó el castigo que merecían los pecadores para satisfacer plenamente la justicia divina. La cruz demuestra simultáneamente la santidad de Dios, que no pasa por alto el pecado, y el amor de Dios, que proveyó un sustituto para los pecadores.
Pero la historia no terminó en el Calvario. Al tercer día, Cristo resucitó corporalmente de entre los muertos. Su resurrección confirmó que el sacrificio había sido aceptado por Dios y que la muerte había sido vencida. Como declara Pablo: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos” (1 Corintios 15:20). La tumba vacía es la evidencia de que Jesucristo es el Salvador victorioso y el Señor soberano.
Por esta razón, la salvación no puede obtenerse mediante méritos humanos. Efesios 2:8-9 afirma: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La salvación es un regalo inmerecido que Dios concede a quienes ponen su confianza en Cristo. Ningún esfuerzo humano puede añadir algo a la obra perfecta realizada por el Salvador.
La exclusividad de Cristo constituye uno de los aspectos más ofensivos del evangelio para el mundo religioso, pero también uno de los más claros en las Escrituras. Pedro proclamó delante de las autoridades judías: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). No existe otro mediador, otro redentor ni otro camino hacia Dios.
El apóstol Pablo lo expresó con igual claridad: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). Ningún sacerdote puede ocupar ese lugar. Ningún santo puede compartir esa función. Ninguna institución religiosa puede asumir ese papel. Cristo es el único mediador suficiente porque solamente Él es plenamente Dios y plenamente hombre, y solamente Él ofreció el sacrificio perfecto por el pecado.
Esta verdad tiene implicaciones profundas para quienes han depositado su confianza en figuras religiosas, ceremonias, tradiciones o instituciones. Ninguna iglesia puede salvar. Ninguna denominación puede justificar. Ningún sacramento puede borrar pecados. Ninguna penitencia puede satisfacer la justicia divina. Ninguna cantidad de oraciones, peregrinaciones, promesas o esfuerzos religiosos puede reconciliar al pecador con Dios. La salvación pertenece exclusivamente al Señor Jesucristo.
La pregunta entonces es: ¿cómo debe responder una persona al evangelio? La respuesta bíblica es doble: arrepentimiento y fe. Jesús comenzó Su ministerio proclamando: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). El arrepentimiento es mucho más que sentir remordimiento o tristeza por las consecuencias del pecado. Significa cambiar la mente, lo que pensamos acerca de Dios, acerca de uno mismo y acerca del pecado. Significa reconocer la gravedad de haber ofendido al Dios santo y apartarse sinceramente de la rebelión contra Él. Es abandonar toda confianza en la propia justicia para rendirse completamente ante la misericordia divina. La fe salvadora consiste en confiar exclusivamente en Jesucristo. No es simplemente aceptar ciertos datos históricos acerca de Su vida, muerte y resurrección. Es descansar únicamente en Él para obtener el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. Es reconocer que no existe ninguna esperanza fuera de Cristo.
Cuando un pecador se arrepiente y cree en Cristo, Dios lo justifica, es decir, lo declara justo sobre la base de la obra de Su Hijo. Romanos 5:1 afirma: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. La condenación es removida, la culpa es perdonada, la justicia de Cristo es acreditada al creyente y comienza una nueva vida de comunión con Dios.
Por eso, este mensaje constituye un llamado urgente. La vida es breve. Nadie sabe cuándo llegará su último día. Cada latido del corazón es una demostración de la paciencia divina, pero esa paciencia no durará para siempre. La Escritura advierte: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano” (Isaías 55:6).
Si usted ha confiado en una religión, en sus buenas obras, en ceremonias religiosas, en tradiciones heredadas o en cualquier cosa distinta de Jesucristo, necesita reconsiderar seriamente su condición espiritual. Ninguna tradición religiosa puede reconciliarlo con Dios. Ninguna cantidad de obras puede borrar la culpa de un solo pecado. Solamente Cristo puede salvar.
La invitación divina sigue abierta hoy. Dios declara: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta; si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Isaías 1:18). Jesús mismo prometió: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Estas palabras revelan la amplitud de la gracia divina para todo pecador que viene a Cristo con arrepentimiento genuino y fe verdadera.
No posponga esta decisión. No endurezca su corazón. No espere una oportunidad más conveniente. No confíe en que tendrá un mañana para arreglar las cosas con Dios. Hoy es el día de salvación. Hoy es el día para arrepentirse. Hoy es el día para creer.
Arrepiéntase de sus pecados y confíe únicamente en Jesucristo. Él murió por pecadores. Él cargó la ira de Dios en lugar de Su pueblo. Él resucitó victorioso sobre la muerte. Él reina hoy como Señor y Salvador. Y Él ofrece perdón completo, justicia perfecta y vida eterna a todos los que vienen a Él con fe.
La pregunta final no es si usted es religioso, sino si ha nacido de nuevo. No es si pertenece a una iglesia, sino si pertenece a Cristo. No es si conoce doctrinas, sino si ha sido reconciliado con Dios. No es si ha participado en ceremonias religiosas, sino si ha sido lavado por la sangre del Cordero.
Examine su corazón a la luz de la Ley de Dios. Mire honestamente su vida delante de Su perfecta santidad. Reconozca su culpa. Abandone toda confianza en usted mismo. Corra hacia Cristo. Refúgiese en Él. Porque solamente en Él hay perdón. Solamente en Él hay justicia. Solamente en Él hay vida eterna.
Hoy es el día para acudir al único Salvador. Hoy es el día para arrepentirse y creer. Hoy es el día para recibir el perdón que Dios ofrece gratuitamente en Su Hijo. Porque mañana puede ser demasiado tarde. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).
Objeciones comunes al evangelio
Después de escuchar el mensaje del evangelio, muchas personas formulan preguntas u objeciones. Algunas son sinceras; otras buscan justificar la incredulidad o mantener una falsa confianza en la religión o en las propias obras. Sin embargo, la Palabra de Dios no deja estas cuestiones sin respuesta. Consideremos algunas de las más frecuentes.
¿No basta con ser una buena persona?
Esta es probablemente la objeción más común. Muchas personas creen que Dios las aceptará porque procuran vivir decentemente, ayudar a otros y evitar ciertos pecados graves. Sin embargo, la pregunta fundamental es: ¿qué tan bueno debe ser alguien para ser aceptado por un Dios perfectamente santo?
La Biblia no compara nuestra conducta con la de otros seres humanos, sino con la perfección absoluta de Dios. Jesús declaró: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). El estándar no es ser mejor que el vecino, ni mejor que la mayoría de las personas. El estándar es la perfección moral, es Dios mismo.
Si hemos mentido, codiciado, desobedecido a nuestros padres, usado el nombre de Dios en vano o dejado de amar a Dios con todo nuestro corazón, ya hemos quebrantado Su Ley. Santiago 2:10 dice: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos”. La realidad es que nadie será justificado por ser una buena persona, porque nadie es verdaderamente bueno según el estándar divino. Jesús mismo afirmó: “Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios” (Marcos 10:18). Por eso todos necesitamos desesperadamente un Salvador.
¿No son todas las religiones caminos diferentes hacia el mismo Dios?
Nuestra cultura moderna insiste en que todas las creencias son igualmente válidas y que todas conducen finalmente a Dios. Sin embargo, esta idea contradice directamente las enseñanzas de Jesucristo. Jesús declaró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Observe que no dijo que era un camino entre muchos otros. Dijo que Él es el camino. Si las demás religiones también condujeran a Dios, entonces la muerte de Cristo en la cruz habría sido innecesaria.
Los apóstoles proclamaron exactamente el mismo mensaje. Pedro declaró: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). La pregunta no es si una religión parece sincera, antigua o popular. La pregunta es si conduce al único Salvador que Dios ha provisto. Toda religión que dirige la confianza del hombre hacia sus propias obras, méritos o mediadores distintos de Cristo termina alejándolo del verdadero evangelio.
¿Por qué no puedo acercarme a Dios por medio de María o los santos?
Muchas personas sinceramente religiosas creen que pueden acercarse a Dios a través de María o de otros santos. Sin embargo, la Escritura enseña claramente que existe un solo mediador entre Dios y los hombres. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). La razón es sencilla: solamente Cristo reúne las cualificaciones necesarias para ser mediador. Él es plenamente Dios y plenamente hombre. Él vivió sin pecado. Él murió como sustituto por los pecadores. Él resucitó victorioso. Él está sentado a la diestra del Padre intercediendo por Su pueblo.
María fue una mujer piadosa y bendecida por Dios, pero ella misma necesitó un Salvador. En Lucas 1:47 declaró: “Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Ni María ni ningún santo murieron para expiar pecados. Ninguno posee la capacidad de reconciliar pecadores con Dios. Ninguno recibió jamás en las Escrituras la función de mediador. Toda confianza depositada en otro mediador desvía la mirada del único Salvador suficiente y real: Jesucristo.
¿Qué sucede con quienes confían en sus obras religiosas?
La Biblia enseña que las obras religiosas, por sí mismas, no pueden salvar. Una persona puede asistir a una iglesia durante décadas, participar en ceremonias religiosas, realizar actos de caridad, orar regularmente y aun así permanecer espiritualmente perdida. Los escribas y fariseos del tiempo de Jesús eran extremadamente religiosos y debido a sus falsas enseñanzas, la gente pensaba que podía ganarse la entrada en el reino por su esfuerzo o por su herencia. Este era el tipo de justicia que prescribían los escribas y los fariseos. “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20). Jesús dejó claro que ese tipo de justicia no era suficientemente justa. Dijo a los discípulos y a todos los que le escuchaban que su justicia debía superar la de los escribas y fariseos. Nadie puede ganarse la justicia necesaria para entrar en el Reino. Todos deben buscar al Mesías para que se la proporcione. En vez de buscar una justicia externa o la aprobación de los hombres, necesitaban buscar la justicia auténtica e interna que era reconocida por Dios.
El problema no está en las buenas obras en sí mismas. Las buenas obras son importantes como fruto de una vida transformada por Dios. El problema surge cuando alguien confía en ellas para obtener aceptación delante de Dios. Efesios 2:8-9 declara: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Las obras son el resultado de la salvación, no la causa de la salvación.
¿No es Dios demasiado amoroso para castigar eternamente el pecado?
Muchos consideran incompatible el amor de Dios con la existencia del juicio eterno. Sin embargo, esta objeción surge porque solemos minimizar la gravedad del pecado y desconocer la santidad de Dios. El mismo Dios que es amor también es perfectamente santo y justo. Si Dios no castigara el mal, dejaría de ser justo. Un juez que absuelve deliberadamente a criminales culpables no es amoroso; es corrupto.
La cruz demuestra precisamente esta realidad. Si Dios pudiera simplemente ignorar el pecado, Cristo no habría necesitado sufrir y morir. El hecho de que el Hijo de Dios tuviera que soportar la ira divina muestra cuán serio es el pecado delante de Dios. Jesús habló más acerca del infierno que cualquier otro personaje de las Escrituras. Lo describió como un lugar de castigo consciente, separación y juicio. No lo hizo porque careciera de amor, sino porque quería advertir a los pecadores del peligro real que enfrentan. La misma santidad que hace glorioso el cielo exige también justicia contra el pecado no arrepentido.
¿Qué significa realmente nacer de nuevo?
Jesús declaró a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Nicodemo era un hombre profundamente religioso. Conocía las Escrituras, enseñaba al pueblo y gozaba de gran prestigio espiritual. Sin embargo, Jesús le dijo que necesitaba algo más que religión: necesitaba una transformación espiritual. Nacer de nuevo es la obra sobrenatural de Dios mediante la cual concede una nueva vida espiritual al pecador. Es recibir un nuevo corazón, nuevos afectos y una nueva relación con Dios.
No se trata simplemente de mejorar el comportamiento externo ni de adoptar ciertas prácticas religiosas. Se trata de una transformación interior producida por el Espíritu Santo. Cuando una persona nace de nuevo, comienza a amar a Dios, odiar el pecado, confiar en Cristo y desear obedecer la Palabra de Dios. Estas evidencias no producen la salvación; son el resultado de ella.
Una pregunta final
Después de considerar estas objeciones, la cuestión fundamental permanece intacta: ¿qué hará usted con Jesucristo?
No basta con admirar Sus enseñanzas. No basta con respetar Su figura histórica. No basta con participar en actividades religiosas. La pregunta es si se ha arrepentido de sus pecados y ha depositado toda su confianza en Él como Señor y Salvador.
Algún día comparecerá delante de Dios. En ese momento no importará cuánto conocimiento religioso poseía, cuántas ceremonias observó o cuántas tradiciones siguió. Lo único que importará será si estaba unido a Cristo por la fe.
Por eso, la invitación sigue abierta hoy: abandone toda confianza en sí mismo. Renuncie a cualquier esperanza basada en sus méritos. Venga a Cristo tal como está. Clame por misericordia. Arrepiéntase y crea en el evangelio. Porque la promesa de Dios sigue siendo verdadera: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
Oro para que el Señor use este mensaje para abrir ojos, derribar falsas seguridades religiosas, exaltar la gloria de Cristo y traiga a muchos al arrepentimiento y a la fe salvadora. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Romanos 11:36).































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