La respuesta que dio Jesús
En una época en la que identificarse como cristiano puede resultar relativamente sencillo, Jesucristo planteó una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa realmente seguirlo? Muchos profesan creer en Jesús, asisten a una iglesia, conocen algunas enseñanzas bíblicas e incluso participan activamente en ministerios. Pero la pregunta que debemos hacernos no es simplemente si creemos en Cristo, sino si verdaderamente somos sus discípulos.
Jesús nunca presentó el discipulado como una experiencia superficial ni como una simple adhesión religiosa. Cuando habló a quienes querían seguirlo, dejó claro que el verdadero discípulo debe renunciar al gobierno de sí mismo, asumir el costo de identificarse con Cristo y caminar tras Él.
En Lucas 9:23 encontramos una de las declaraciones más claras de Jesús acerca del verdadero discipulado: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». Estas palabras responden directamente a nuestra pregunta: un verdadero discípulo de Cristo es aquel que, por la gracia de Dios, renuncia al dominio del yo, se identifica con Cristo y persevera siguiéndolo en obediencia.
El verdadero discípulo responde al llamado de Cristo
Jesús comienza diciendo: «Si alguno quiere venir en pos de mí». El llamado es universal: «si alguno». No está limitado a una determinada condición social, nivel intelectual o pasado moral. El evangelio es anunciado a todos. Sin embargo, venir en pos de Cristo significa mucho más que admirarlo. Significa colocarse detrás de Él como discípulo, reconociéndolo como Maestro, Señor y Salvador.
Jesús dijo en Juan 10:27: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». La característica de las ovejas de Cristo es que oyen Su voz y lo siguen. La fe verdadera produce una relación de obediencia. No se trata de alcanzar la salvación mediante nuestras obras; se trata de reconocer que quienes han sido salvados por la gracia de Dios comienzan a vivir bajo el señorío de Cristo.
Por eso Pablo pudo decir: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es» (2 Corintios 5:17). La salvación no deja al pecador exactamente como estaba. Dios produce una transformación que comienza en el corazón y progresivamente alcanza toda la vida.
El verdadero discípulo se niega a sí mismo
La segunda expresión de Jesús es todavía más confrontadora: «Niéguese a sí mismo». Negarse a sí mismo no significa despreciar nuestra existencia ni negar nuestra personalidad. Significa renunciar al derecho de gobernarnos independientemente de Dios. El problema fundamental del pecador es que quiere ocupar el lugar que corresponde al Señor. La Escritura describe esta condición cuando afirma: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Isaías 53:6). El discipulado comienza cuando dejamos de decir: «mi voluntad, mis deseos, mis planes y mi gloria», y nos sometemos a la voluntad de Dios.
Cristo mismo nos dejó el ejemplo supremo. En el huerto de Getsemaní oró: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). El Hijo se sometió voluntariamente al propósito del Padre para llevar a cabo nuestra redención. Por eso el discípulo no puede pretender seguir a Cristo mientras conserva deliberadamente el control absoluto de su propia vida.
El verdadero discípulo toma su cruz cada día
Jesús continúa: «Tome su cruz cada día» (Lucas 9:23). Para los primeros oyentes de Jesús, la cruz no era un símbolo religioso decorativo. Era un instrumento de ejecución, vergüenza y muerte. Tomar la cruz significaba estar dispuesto a identificarse con Cristo aun cuando hacerlo implicara sufrimiento, rechazo o pérdida. Jesús nunca ocultó esta realidad. En Juan 15:18–20 advirtió a sus discípulos que el mundo los aborrecería porque primero lo había aborrecido a Él.
El verdadero discipulado, por tanto, tiene un costo. Seguir a Cristo puede significar renunciar a determinadas relaciones, deseos, prácticas, ambiciones o comodidades cuando estas contradicen la voluntad de Dios. Pero debemos entender correctamente esta enseñanza: la cruz que el creyente toma no es el medio para comprar su salvación. Nuestra salvación descansa exclusivamente en la obra de Cristo. Efesios 2:8–9 declara: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe... no por obras». Cristo llevó la cruz redentora que nosotros jamás podríamos llevar. Su sacrificio fue perfecto y suficiente. Nuestra cruz es la consecuencia de pertenecer a Aquel que murió y resucitó por nosotros.
El verdadero discípulo persevera siguiendo a Cristo
Jesús termina diciendo: «Y sígame». El discipulado no consiste solamente en una decisión inicial. Es un camino continuo. El verbo utilizado por Jesús señala una vida caracterizada por seguirlo. Esto armoniza con las palabras de Cristo en Juan 8:31: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos». La perseverancia en la Palabra es una evidencia del verdadero discipulado. El discípulo escucha las Escrituras, las cree y procura obedecerlas.
Esto no significa que el creyente jamás caerá. Los discípulos verdaderos también tropiezan. Pedro negó al Señor; David pecó gravemente; otros creyentes de las Escrituras experimentaron momentos de debilidad. La diferencia está en que la gracia de Dios los lleva al arrepentimiento y los hace volver a Cristo. El verdadero discípulo no es una persona perfecta, sino una persona que ya no puede vivir satisfecha lejos de su Señor.
¿Qué evidencia existe en nuestra vida?
Jesús llevó esta enseñanza hasta sus últimas consecuencias: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará» (Lucas 9:24). El mundo enseña: «encuéntrate a ti mismo», «vive para ti», «persigue tus sueños», «sé tu propia autoridad». Cristo presenta un camino radicalmente diferente: entrégale tu vida a Él. El apóstol Pablo comprendió esta verdad cuando escribió: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20).
Por eso debemos examinarnos sinceramente. ¿Nuestra profesión de fe está acompañada de una vida de arrepentimiento y obediencia? ¿Deseamos conocer a Cristo y someternos a Su Palabra? ¿Existe en nosotros una lucha contra el pecado? ¿Estamos dispuestos a obedecer a Cristo aun cuando hacerlo nos cueste? Estas preguntas no buscan llevar al creyente a una introspección enfermiza, sino a examinar la realidad de su profesión de fe a la luz de las Escrituras.
Seguir a Cristo es perder nuestra vida para encontrarla en Él
La respuesta de Jesús es clara. Ser cristiano no consiste simplemente en admirar a Cristo, hablar de Cristo o identificarse culturalmente con el cristianismo. Ser discípulo significa seguir a Cristo. Significa negarse a sí mismo, tomar la cruz y caminar detrás del Salvador. Pero este llamado no debe producir desesperación. El mismo Cristo que nos llama al discipulado es quien murió por pecadores y resucitó victoriosamente. Él no exige que nos salvemos a nosotros mismos; nos llama a confiar completamente en Su obra.
Por eso, si nunca has venido verdaderamente a Cristo, hoy debes arrepentirte de tus pecados y confiar únicamente en Él. No intentes reformarte primero para después acercarte al Salvador. Ven a Cristo tal como eres, reconociendo tu pecado y tu incapacidad para salvarte.
Y si ya profesas ser cristiano, examina tu vida delante de la Palabra de Dios. ¿Estás realmente siguiendo a Cristo? La respuesta no se encuentra solamente en lo que dices creer, sino también en la dirección de tu vida. Jesús no dijo: «admírame». Dijo: «Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lucas 9:23). Ese es el camino del verdadero discípulo. Y ese camino conduce a Cristo, nuestro Señor, Salvador y tesoro supremo.































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