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Nuestra esperanza está en Jesucristo, no en arreglar este mundo


La verdadera esperanza cristiana no está en cambiar definitivamente este mundo, sino en el regreso de Jesucristo. La Biblia nos enseña a vivir con fidelidad, santidad y esperanza mientras esperamos la segunda venida de nuestro Señor.

Vivimos en un mundo marcado por la corrupción, la violencia, la injusticia, la inmoralidad, las guerras y una profunda incertidumbre. Ante esta realidad, muchas personas depositan su esperanza en cambios políticos, sociales, económicos o culturales. Sin embargo, la esperanza cristiana descansa sobre una realidad mucho más firme: Jesucristo regresará.

La conocida frase atribuida a John MacArthur, «Nuestra esperanza no reside en arreglar este mundo. Nuestra esperanza reside en el regreso de Jesucristo», expresa una verdad que debe ser comprendida a la luz de toda la enseñanza bíblica. El cristiano está llamado a hacer el bien en este mundo, amar al prójimo, practicar la justicia, anunciar el evangelio y vivir responsablemente en la sociedad. Pero ninguna de estas responsabilidades debe convertirse en nuestra esperanza definitiva. Nuestra esperanza no está en que la humanidad consiga finalmente construir una sociedad perfecta. Nuestra esperanza está en Jesucristo, el Salvador que murió por nuestros pecados, resucitó, reina y volverá para consumar el propósito de Dios.

¿Por qué nuestra esperanza no puede estar en este mundo?

La Escritura presenta el problema fundamental de la humanidad como un problema mucho más profundo que las estructuras políticas o sociales. El problema esencial del hombre es el pecado. Desde la caída revelada en Génesis 3, la creación se encuentra afectada por la rebelión humana contra Dios. Por esta razón, la humanidad no necesita únicamente mejores gobiernos, mejores leyes o mejores sistemas económicos. Necesita reconciliarse con Dios.

El hombre puede modificar estructuras, establecer instituciones y producir avances extraordinarios, pero no puede solucionar por sí mismo el problema del pecado. Solamente Dios puede salvar al pecador. Por eso Jesucristo no vino simplemente para ofrecer una reforma moral o social. Vino como Salvador. El evangelio anuncia que el pecador puede ser reconciliado con Dios mediante la fe en Jesucristo. La esperanza cristiana, por tanto, no consiste en esperar que el hombre finalmente consiga aquello que solamente Dios puede realizar.

Nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo

Pablo declara: «Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo» (Filipenses 3:20). Estas palabras colocan la esperanza cristiana en la persona de Cristo. Pablo no dice que esperamos que las circunstancias políticas cambien. No dice que esperamos que la sociedad llegue a ser perfecta. Dice que esperamos a un Salvador: el Señor Jesucristo. Esta es una diferencia fundamental.

Las circunstancias cambian. Los gobiernos cambian. Las economías cambian. Las culturas cambian. Las generaciones pasan. Pero Jesucristo permanece. Por eso la seguridad del creyente no puede descansar finalmente en las circunstancias presentes. Nuestra esperanza está fundamentada en la fidelidad de Dios y en la promesa de que Cristo regresará.

La segunda venida de Cristo es la esperanza de la Iglesia

La segunda venida de Cristo constituye una de las grandes doctrinas de la esperanza cristiana. Jesucristo no permanecerá ausente para siempre. Él prometió regresar. Cuando Cristo vuelva, no regresará como un personaje irrelevante de la historia. Regresará como Rey y Señor para consumar el propósito de Dios. Filipenses 3:20-21 enseña que esperamos al Señor Jesucristo desde los cielos y que Él transformará nuestro cuerpo de humillación para conformarlo a Su cuerpo glorioso. La esperanza cristiana incluye, por tanto, la glorificación del creyente. Dios no solamente está interesado en nuestra dimensión espiritual; también redimirá nuestro cuerpo. La obra de salvación que comenzó en nosotros llegará a su consumación.

Dios hará nuevas todas las cosas.

Apocalipsis 21 presenta la consumación gloriosa de la esperanza bíblica. Juan contempla: «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Apocalipsis 21:1). Después escucha una declaración extraordinaria: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21:5).

La consumación de la historia no será el resultado de la capacidad humana para reparar definitivamente el mundo. Será la obra soberana de Dios. Apocalipsis continúa mostrando que Dios morará con Su pueblo y que finalmente: «ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor» (Apocalipsis 21:4). Esta es la esperanza que ninguna reforma humana puede producir. El hombre puede combatir determinadas expresiones de injusticia, pero Dios establecerá finalmente un orden donde mora la justicia. Pedro habla precisamente de nuestra expectativa de «cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 Pedro 3:13). Por eso el cristiano puede trabajar por el bien presente sin confundir ese trabajo con la consumación del reino de Dios.

Esperar a Cristo no significa ser indiferentes al mundo

Es importante hacer una aclaración. Decir que nuestra esperanza está en el regreso de Jesucristo no significa que debamos ser indiferentes ante las necesidades de la sociedad. La Biblia llama al creyente a hacer el bien, practicar la misericordia, amar al prójimo, cuidar de su familia, trabajar responsablemente, defender la verdad y anunciar el evangelio. El cristiano debe ser una influencia fiel en el lugar donde Dios lo ha colocado.

Pero existe una diferencia fundamental entre trabajar para el bien del mundo presente y depositar nuestra esperanza definitiva en este mundo. Podemos procurar justicia sin creer que construiremos el reino eterno mediante nuestros propios esfuerzos. Podemos participar responsablemente en la sociedad sin convertir la política en nuestro salvador. Podemos combatir la corrupción sin pensar que la humanidad puede eliminar definitivamente las consecuencias del pecado. Podemos ayudar a los necesitados sin olvidar que la necesidad más profunda del ser humano es su reconciliación con Dios mediante la fe en Jesucristo.

Cristo ya reina, pero esperamos la consumación de Su reino

La escatología bíblica nos enseña a vivir dentro de una tensión fundamental: Cristo ya reina, pero todavía esperamos la consumación plena de Su reino. La victoria decisiva de Cristo sobre el pecado, la muerte y Satanás ya ha sido obtenida mediante Su muerte y resurrección. El creyente ya pertenece a Cristo y ya disfruta de las bendiciones de la salvación. Pero todavía esperamos la resurrección corporal, la glorificación, el juicio final y la consumación de todas las cosas.

Por eso la Iglesia vive entre el «ya» y el «todavía no». No somos llamados a escapar irresponsablemente del mundo, pero tampoco a pensar que el mundo presente es nuestra morada definitiva. Somos peregrinos que viven fielmente en el presente mientras esperan al Rey que viene.

La esperanza futura produce santidad presente

Una comprensión correcta de la escatología bíblica nunca conduce a la pasividad espiritual. Pedro pregunta qué clase de personas debemos ser mientras esperamos el día del Señor: «¡Qué clase de personas no deben ser ustedes en santa conducta y en piedad!» (2 Pedro 3:11). La expectativa del regreso de Cristo debe transformar nuestra manera de vivir.

El cristiano no dice: «Cristo viene, por tanto no importa cómo viva». Dice: «Cristo viene, por tanto quiero vivir en santidad delante de Él». La segunda venida de Cristo debe producir perseverancia, vigilancia, pureza, obediencia y fidelidad. Esperar a Cristo significa permanecer firmes cuando la cultura rechaza la verdad. Significa continuar predicando el evangelio cuando muchos no quieren escucharlo. Significa perseverar en medio de las pruebas y vivir de tal manera que nuestra conducta confirme aquello que profesamos creer.

¿Dónde está realmente puesta nuestra esperanza?

Esta verdad también debe llevarnos a examinar nuestro propio corazón. Podemos afirmar con nuestros labios que nuestra esperanza está en Cristo y, sin embargo, vivir como si dependiera de las circunstancias. Por eso debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿Qué cosa, si desapareciera de mi vida, me haría sentir que ya no tengo esperanza?

La respuesta puede revelar dónde está realmente nuestra confianza. Si nuestra esperanza depende de que determinado gobierno triunfe, hemos colocado demasiado peso sobre las circunstancias políticas. Si depende de nuestra estabilidad económica, nuestra confianza puede estar puesta en las riquezas. Si depende de que la sociedad acepte nuestros valores, nuestra esperanza está demasiado vinculada a la aprobación humana. Pero si nuestra esperanza está verdaderamente en Cristo, podremos atravesar tiempos difíciles sin perder la certeza de que Dios sigue siendo soberano.

El creyente verdadero no necesita un mundo perfecto para permanecer fiel

El creyente verdadero puede vivir en medio de una sociedad quebrantada sin perder su esperanza. Puede contemplar el deterioro moral sin abandonar la verdad. Puede enfrentar dificultades económicas sin desesperarse. Puede experimentar oposición sin renunciar a Cristo. Puede sufrir sin concluir que Dios lo ha abandonado. ¿Por qué? Porque su esperanza no está determinada por las circunstancias presentes. Su esperanza está en Jesucristo.

El mundo no necesita ser perfecto para que Cristo siga siendo Señor. La cultura no necesita aprobar nuestra fe para que la Palabra de Dios siga siendo verdadera. Las circunstancias no necesitan ser favorables para que Dios siga siendo fiel. Cristo permanece siendo Cristo independientemente de lo que ocurra a nuestro alrededor.

Nuestra esperanza no es una sociedad perfecta, sino un Salvador perfecto

Debemos tener cuidado de no confundir la misión de la Iglesia con la construcción de una sociedad perfecta. El evangelio transforma personas. Las personas transformadas por el evangelio producen frutos visibles en sus familias, iglesias y comunidades. Sin embargo, la consumación definitiva del reino pertenece a Dios. Nuestra misión no consiste en convertirnos en los salvadores del mundo. Nuestro llamado es anunciar al Salvador.

No debemos presentar nuestros proyectos humanos como la solución definitiva para la humanidad. Debemos proclamar a Jesucristo, llamar al pecador al arrepentimiento y anunciar que solamente en Él existe salvación. El mundo necesita escuchar que Jesucristo salva, perdona, transforma y que Él volverá.

Nuestra esperanza futura da sentido a nuestra fidelidad presente

Pablo concluye su gran enseñanza sobre la resurrección diciendo: «Por tanto, mis amados hermanos, estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano» (1 Corintios 15:58). La palabra «por tanto» conecta la esperanza futura con la responsabilidad presente. Precisamente porque existe una resurrección futura, nuestro trabajo presente no es inútil. Precisamente porque Cristo regresará, vale la pena permanecer fiel. Precisamente porque existe una eternidad, vale la pena sufrir por Cristo. Precisamente porque Dios cumplirá Sus promesas, podemos trabajar aunque no veamos inmediatamente los resultados. La esperanza futura no disminuye nuestra responsabilidad presente. Le da significado eterno.

La esperanza cristiana también es una advertencia

El regreso de Jesucristo no solamente es una fuente de consuelo para el creyente. También constituye una advertencia para quienes todavía viven separados de Dios. Cristo volverá como Rey y Juez. Por eso el evangelio llama al pecador al arrepentimiento y a la fe. La pregunta más importante para una persona que vive sin Cristo no es simplemente: «¿Cómo puedo mejorar mi vida?» La pregunta verdaderamente urgente es: «¿Estoy reconciliado con Dios por medio de Jesucristo?» Ninguna reforma social puede resolver el problema de la culpa delante de Dios. Ningún éxito económico puede proporcionar vida eterna. Ningún proyecto político puede reconciliar al pecador con su Creador. Solamente Jesucristo puede salvar.

Conclusión: nuestra esperanza está en el Rey que viene

Nuestra esperanza no está en que la humanidad consiga finalmente arreglar este mundo. Nuestra esperanza está en Jesucristo. Esto no significa que abandonemos nuestras responsabilidades. Al contrario, debemos vivir fielmente, hacer el bien, amar al prójimo, proclamar el evangelio y defender la verdad. Pero hacemos todo esto mientras esperamos algo infinitamente mayor: el regreso de nuestro Señor Jesucristo y la consumación de Su reino.

Los gobiernos cambian, pero Cristo permanece. Las sociedades cambian, pero Cristo permanece. Las circunstancias cambian, pero Cristo permanece. El mundo presente pasa, pero Cristo permanece. Por eso, cuando el mundo parezca desmoronarse, la Iglesia no necesita desesperarse. Cuando la cultura rechace la verdad, debemos permanecer firmes. Cuando atravesemos pruebas, podemos perseverar. Y cuando nuestro trabajo parezca pequeño, podemos recordar que «su trabajo en el Señor no es en vano».

Nuestra esperanza no consiste en que finalmente logremos arreglar este mundo. Nuestra esperanza está en Jesucristo. Él murió por nuestros pecados. Él resucitó. Él reina. Y Él volverá. Y cuando vuelva, Dios llevará todas las cosas a su consumación y hará nuevas todas las cosas. Por eso, Iglesia de Cristo: sé fiel, proclama el evangelio, vive en santidad, persevera en medio de las pruebas y levanta tus ojos al cielo. Tu esperanza no está en este mundo. Tu esperanza está en el Rey que viene.

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