Hay una clase de enfriamiento espiritual que resulta particularmente peligrosa porque puede pasar desapercibida. No siempre comienza abandonando la iglesia, dejando de leer la Biblia o rechazando abiertamente la fe. A veces ocurre mientras seguimos asistiendo a los cultos, sirviendo, defendiendo la sana doctrina y perseverando en medio de las dificultades.
La iglesia de Éfeso nos recuerda que es posible mantener una vida cristiana exteriormente activa mientras el corazón comienza a distanciarse de Cristo. Jesús se dirige a una iglesia que tenía mucho que elogiar. Conocía sus obras, su arduo trabajo, su perseverancia y su intolerancia frente a los falsos maestros. Sin embargo, en medio de todo aquello había una tragedia espiritual: habían abandonado su primer amor (Apocalipsis 2:4). La pregunta que surge para nosotros es inevitable: ¿podemos estar haciendo mucho para Cristo mientras nuestro amor por Cristo se está enfriando?
Una iglesia que hacía muchas cosas bien
El mensaje comienza presentándonos a Cristo caminando en medio de los candeleros. Él conoce íntimamente a su iglesia. Nada de lo que ocurre en ella escapa a su mirada. A la iglesia de Éfeso le dice: “Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y tu perseverancia” (Apocalipsis 2:2). Cristo reconoce su fidelidad. No era una iglesia indiferente. Había trabajo, sacrificio y perseverancia. Habían soportado dificultades por causa del nombre de Cristo y no habían desmayado. También habían desarrollado discernimiento doctrinal. No toleraban a quienes enseñaban el error y habían puesto a prueba a quienes afirmaban ser apóstoles sin serlo (Apocalipsis 2:2). Incluso aborrecían las obras de los nicolaítas, algo que Cristo también aprobaba (Apocalipsis 2:6).
Esto es importante: Jesús no condena la sana doctrina, el servicio cristiano, la perseverancia ni el discernimiento espiritual. Por el contrario, los reconoce como virtudes. El problema de Éfeso no era que hubiera demasiada doctrina o demasiado servicio. El problema era que, en medio de todo aquello, algo esencial había comenzado a desaparecer.
El peligro de una vida cristiana exteriormente correcta
Cristo declara: “Pero tengo esto contra ti: que has abandonado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4). La expresión es sorprendente. Jesús no dice que habían abandonado toda forma de amor, sino que habían dejado atrás “tu primer amor”. El problema no estaba principalmente en sus manos, sino en su corazón. Habían conservado muchas de las expresiones externas de una iglesia fiel, pero habían perdido la centralidad afectiva que debía gobernar todas esas cosas: el amor por Cristo.
Aquí encontramos una advertencia necesaria para la iglesia contemporánea. Podemos estudiar teología y dejar de maravillarnos ante Cristo. Podemos defender la doctrina de la gracia y dejar de vivir maravillados por la gracia. Podemos hablar acerca del evangelio y perder el gozo del evangelio. Podemos predicar acerca de Cristo y, al mismo tiempo, descuidar nuestra comunión con Él. El servicio cristiano nunca fue diseñado para sustituir la comunión con Cristo. Pablo lo expresa con absoluta claridad: aunque alguien pudiera hablar con lenguas extraordinarias, conocer misterios, poseer una fe impresionante, repartir sus bienes y aun entregar su cuerpo al sacrificio, sin amor, nada le aprovecharía (1 Corintios 13:1-3). La actividad no puede reemplazar el afecto santo.
Cristo no solamente mira nuestras obras; mira nuestro corazón
Éfeso nos obliga a reconsiderar cómo evaluamos nuestra propia vida espiritual. Nosotros tendemos a medir la madurez por aquello que puede observarse externamente: cuánto servimos, cuánto conocemos, cuánto tiempo llevamos en la iglesia, cuántos libros hemos leído o cuántas responsabilidades ministeriales tenemos.
Cristo mira más profundamente. Él conoce nuestras obras, pero también conoce aquello que las motiva. La pregunta, entonces, no es solamente: ¿Estoy haciendo algo para Cristo? También debemos preguntar: ¿Amo a Cristo mientras lo hago? La diferencia es enorme.
Podemos cantar himnos sin adorar realmente. Podemos escuchar sermones sin someternos a la Palabra. Podemos enseñar doctrina sin contemplar la gloria de Aquel de quien procede esa doctrina. Podemos servir a la iglesia mientras nuestro corazón se encuentra espiritualmente distante del Señor. El problema no es servir demasiado. El problema aparece cuando el servicio ocupa el lugar que solamente Cristo debe ocupar.
El remedio comienza recordando
Después de confrontar a la iglesia, Jesús le muestra el camino de regreso: “Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete y haz las primeras obras” (Apocalipsis 2:5). El primer mandato es recordar. El creyente debe mirar hacia atrás y reconocer lo que ha sucedido. ¿Dónde comenzó el enfriamiento? ¿En qué momento la oración dejó de ser comunión para convertirse solamente en disciplina? ¿En qué momento la Biblia dejó de ser el medio por el cual contemplamos a Cristo y se convirtió únicamente en material para estudiar? ¿En qué momento el servicio dejó de brotar de gratitud y comenzó a convertirse en rutina? Recordar no significa vivir atrapados en la nostalgia de experiencias espirituales pasadas. Significa reconocer con honestidad la distancia que se ha producido y comprender que necesitamos volver al Señor.
Después de recordar viene el arrepentimiento
Jesús no solamente dice: “recuerda”. Dice también: “arrepiéntete”. El arrepentimiento implica reconocer que nuestro enfriamiento espiritual no es simplemente una etapa emocional inevitable. Hay una dimensión moral y espiritual que debemos enfrentar delante de Dios. El arrepentimiento no consiste en sentirnos mal porque ya no sentimos lo mismo que antes. Consiste en volvernos de aquello que ha desplazado a Cristo y regresar deliberadamente a Él.
Por eso, el llamado de Jesús no termina en una emoción. Continúa con una acción: “Haz las primeras obras”. El amor verdadero produce obediencia. Cuando el corazón vuelve a Cristo, las obras vuelven a ocupar su lugar correcto: ya no son un intento de ganar el favor de Dios, sino la respuesta agradecida de quien ha sido alcanzado por su gracia.
El centro de la restauración es Cristo
Aquí debemos tener cuidado de no convertir este pasaje en una fórmula de autoayuda espiritual. El objetivo no es simplemente intentar recuperar una emoción perdida. La respuesta al enfriamiento espiritual no consiste en buscar desesperadamente una sensación que tuvimos en el pasado. Consiste en volver nuestros ojos a Cristo. Él es quien nos amó primero, entregó su vida por nosotros, murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Él es quien intercede por su pueblo y sostiene a Su iglesia.
Por eso, cuando el amor por Cristo se enfría, necesitamos volver al evangelio. Necesitamos contemplar nuevamente la cruz, recordar nuestra condición de pecadores, maravillarnos ante la gracia y considerar la gloria del Salvador. El corazón cristiano no se mantiene vivo contemplándose permanentemente a sí mismo, sino contemplando a Cristo.
“Al que venciere…”
El mensaje termina con una promesa extraordinaria: “Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios” (Apocalipsis 2:7). La Biblia comienza con el árbol de la vida en el jardín de Edén y termina con el árbol de la vida en la consumación de todas las cosas. La historia de la redención apunta hacia la restauración de la comunión con Dios. El objetivo final no es simplemente tener una religión correcta. Es estar con Dios y disfrutar de Él para siempre. Por eso, el llamado de Cristo a Éfeso es mucho más profundo que una exhortación a mejorar el desempeño religioso. Es un llamado a regresar al centro de la vida cristiana: la comunión con Dios por medio de Cristo.
Una pregunta que debemos responder delante de Cristo
La iglesia de Éfeso tenía doctrina. Tenía trabajo. Tenía perseverancia. Tenía discernimiento. Pero Cristo vio algo que ellos quizá no percibían con suficiente claridad. Habían abandonado su primer amor. La advertencia sigue siendo profundamente actual. Podemos estar ocupados en la iglesia y espiritualmente distantes de Cristo. Podemos conocer la verdad y dejar de deleitarnos en ella. Podemos hablar constantemente de la Biblia y, sin embargo, perder el asombro ante el Dios que la inspiró.
Por eso necesitamos examinarnos. ¿Sigo amando a Cristo? No simplemente: ¿sigo asistiendo?, ¿sigo sirviendo?, ¿sigo defendiendo la doctrina correcta? La pregunta es más profunda: ¿Cristo sigue siendo el tesoro de mi corazón? Si descubrimos que nuestro amor se ha enfriado, la respuesta no es desesperación. Cristo mismo nos muestra el camino: recordar, arrepentirnos y volver a Él.
La gracia que nos salvó es también la gracia que nos restaura. Y quizá hoy la palabra que necesitamos escuchar no sea una nueva estrategia para hacer más cosas para Dios, sino el antiguo llamado de nuestro Señor: “Recuerda… arrepiéntete… y vuelve.” Porque la vida cristiana no consiste simplemente en hacer mucho para Cristo. Consiste en vivir para Cristo porque Él se ha convertido nuevamente en el mayor tesoro de nuestro corazón.



































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