El amor que viene de Dios y la amistad que nace en Cristo


En nuestra sociedad, hablar de amor y amistad suele llevarnos inmediatamente a pensar en celebraciones, regalos, flores, cenas, mensajes afectuosos y demostraciones de cariño. Nada de esto es necesariamente malo. El problema aparece cuando reducimos el amor a sentimientos, emociones pasajeras o expresiones externas, olvidando que la Biblia presenta el amor como una realidad mucho más profunda: una virtud que tiene su origen en Dios y que transforma la manera en que nos relacionamos con los demás. El mundo puede celebrar el amor, pero solamente las Escrituras pueden mostrarnos qué es verdaderamente el amor y cómo debe vivirlo un discípulo de Cristo.

El amor no nació en el corazón del hombre, sino en Dios

La afirmación bíblica más profunda acerca del amor se encuentra en 1 Juan 4:8: «Dios es amor». Juan no está diciendo simplemente que Dios tiene amor o que una de sus características es amar. Está enseñando que el amor pertenece esencialmente a su naturaleza, a su esencia, a su Ser. Por eso, el verdadero amor no puede definirse partiendo únicamente de nuestra cultura, nuestros sentimientos o nuestras experiencias. Debemos acudir a Dios para conocerlo. Y cuando miramos al Dios de la Escritura encontramos que su amor no es meramente sentimental. Es santo, sacrificial, fiel y activo.

«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:10). Aquí encontramos una diferencia fundamental con la concepción del amor que frecuentemente presenta el mundo. El amor bíblico no comienza con “¿qué puedo recibir?”, sino con “¿qué estoy dispuesto a entregar?”. No se fundamenta únicamente en la atracción, la conveniencia o la reciprocidad. El amor de Dios se manifestó cuando nosotros éramos pecadores y enemigos de Él. Romanos 5:8 lo expresa con extraordinaria claridad: «Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». La cruz es, por tanto, la definición más gloriosa del amor cristiano.

El ágape: amar cuando no hay nada que ganar

El término griego ágape se utiliza en el Nuevo Testamento para expresar una dimensión del amor caracterizada por la entrega y la búsqueda del bien del otro. No debemos convertirlo en una definición simplista según la cual ágape siempre significa exactamente una determinada clase de amor y las demás palabras griegas significan otras categorías completamente separadas. El contexto bíblico es el que determina el sentido. Sin embargo, sí podemos afirmar algo con absoluta claridad: el amor cristiano tiene como modelo supremo a Cristo. Jesús dijo: «Este es Mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, así como Yo los he amado» (Juan 15:12).

El estándar no somos nosotros mismos. El estándar es Cristo.

Por eso, amar bíblicamente implica aprender a perdonar, servir, soportar, hablar verdad, mostrar misericordia y procurar el bien espiritual del otro. El amor bíblico no consiste en decirle siempre a una persona lo que quiere escuchar; algunas veces significa tener la suficiente misericordia para decirle lo que necesita escuchar conforme a la verdad de Dios. Pablo describe este amor en 1 Corintios 13. El amor es paciente y bondadoso; no busca lo suyo, no se irrita fácilmente y no se alegra de la injusticia, sino que se goza con la verdad. Este amor no es una emoción que aparece y desaparece según nuestro estado de ánimo. Es una disposición del corazón que se expresa mediante acciones concretas.

Por eso, una persona puede recibir muchos regalos y, sin embargo, no experimentar verdadero amor. Y otra puede no tener grandes recursos para ofrecer detalles materiales, pero manifestar un amor profundamente cristiano mediante su fidelidad, servicio, oración, paciencia y compromiso.

La amistad cristiana es mucho más que compañía

La Escritura también presenta la amistad como algo de enorme valor. Proverbios 17:17 declara: «En todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para tiempo de angustia». El verdadero amigo no aparece únicamente cuando todo marcha bien. Su fidelidad se hace especialmente evidente cuando llegan las pruebas. La amistad bíblica tampoco consiste simplemente en tener alguien con quien conversar, divertirse o compartir intereses. La amistad genuinamente cristiana tiene una dimensión espiritual. Dos creyentes pueden caminar juntos hacia Cristo, exhortarse mutuamente, orar el uno por el otro, corregirse con amor y ayudarse a perseverar en la fe.

Proverbios 27:17 dice: «El hierro con hierro se afila, y un hombre aguza a otro». Esto significa que un verdadero amigo no necesariamente es aquel que siempre nos hace sentir cómodos. Puede ser aquel que, con humildad y amor, nos ayuda a ver aquello que necesitamos corregir. La amistad cristiana busca nuestra santificación, no simplemente nuestra comodidad.

Jesús también llamó amigos a sus discípulos. Una de las expresiones más conmovedoras de Jesús aparece en Juan 15:15: «Ya no los llamo siervos... pero los he llamado amigos». Esto no elimina la autoridad de Cristo ni nuestra condición de siervos. Al contrario, muestra la extraordinaria gracia mediante la cual el Señor permite que sus discípulos tengan comunión con Él. La amistad cristiana encuentra aquí su fundamento más elevado: hemos sido reconciliados con Dios por medio de Cristo y, por esa misma obra, somos adoptados a una familia espiritual.

Por eso, la iglesia no debería ser simplemente un lugar donde asistimos a reuniones. Es una comunidad de hombres y mujeres redimidos que han sido llamados a amarse unos a otros. Jesús dijo: «En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Juan 13:35). El amor entre creyentes no es un adorno de la vida cristiana. Es una evidencia de que pertenecemos a Cristo.

Una celebración puede tener regalos, pero el evangelio ofrece algo infinitamente mayor

No hay nada pecaminoso en expresar afecto mediante un regalo, una flor, una comida especial o unas palabras bonitas. El problema comienza cuando esas cosas sustituyen aquello que realmente importa. Podemos celebrar un día del amor y, al mismo tiempo, vivir durante todo el año con egoísmo, resentimiento, infidelidad, indiferencia y falta de perdón. Podemos publicar mensajes sobre la amistad y, sin embargo, abandonar al amigo cuando atraviesa dificultades. Podemos decir “te amo” y utilizar a la otra persona para satisfacer nuestros propios deseos.

La Biblia nos llama a algo mucho más profundo. El amor cristiano no necesita una fecha en el calendario para existir. Debe formar parte de la vida cotidiana del creyente. «Ámense unos a otros con amor fraternal, con honra, dándose preferencia unos a otros» (Romanos 12:10). El creyente no ama porque el calendario se lo recuerda. Ama porque Cristo transformó su corazón.

El amor verdadero comienza con haber sido amado por Dios

Finalmente, existe una verdad que no debemos perder de vista: nadie puede comprender plenamente el amor cristiano sin comprender primero el evangelio. Nosotros no aprendemos a amar mirando al mundo. Aprendemos a amar mirando a Cristo. Él amó a pecadores que no merecían su amor. Se humilló, sirvió. perdonó, soportó el rechazo y caminó hacia la cruz. Entregó su vida voluntariamente y resucitó victorioso.

Por eso Juan concluye: «Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Esa es la raíz de todo amor verdaderamente cristiano. Si hemos sido alcanzados por la gracia de Dios, nuestra relación con los demás no puede permanecer igual. Debemos aprender a amar a nuestros hermanos, valorar la amistad, honrar al cónyuge, cuidar a nuestros hijos, perdonar al que nos ha ofendido y buscar incluso el bien de quienes nos hacen mal.

El mundo puede enseñarnos a celebrar el amor durante un día. El evangelio nos enseña a vivir en amor todos los días. El mundo puede decirnos que el amor consiste en encontrar a alguien que satisfaga nuestras necesidades. Cristo nos enseña que amar significa entregarnos por el bien del otro. El mundo puede medir el afecto por los regalos recibidos. La cruz nos enseña que el amor verdadero se mide por el sacrificio.

Y la iglesia de Cristo tiene una oportunidad extraordinaria: mostrarle al mundo, mediante su vida, que existe un amor mucho más profundo que el que puede producir el corazón humano. Un amor que nace en Dios, se manifiesta perfectamente en Cristo, es producido por el Espíritu y se hace visible cuando los creyentes se aman genuinamente unos a otros. Ese es el amor que vale la pena celebrar. Ese es el amor que transforma vidas. Y ese es el amor que anuncia el evangelio.

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