Hay una batalla que ningún verdadero cristiano puede darse el lujo de ignorar. No ocurre en un campo de batalla visible ni requiere armas humanas. Es una guerra que se libra en lo profundo del corazón: la lucha contra el pecado que todavía procura dominar nuestros pensamientos, deseos, palabras, decisiones y acciones. La conversión no significa que el creyente deja de experimentar la presencia del pecado. Significa que ha comenzado una nueva vida en Cristo y, por tanto, ya no puede vivir en paz con aquello que antes lo dominaba. El cristiano ha cambiado de reino, de señor y de dirección. Ahora pertenece a Cristo. Por eso las palabras del apóstol Pablo son tan contundentes: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). No dice que debemos aprender a convivir con el pecado, administrarlo o simplemente controlarlo. Dice: hacedlo morir.
Una nueva vida exige una nueva batalla
Antes de hablar de la lucha contra el pecado, Pablo establece una verdad fundamental: el creyente ha muerto y resucitado con Cristo, “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Colosenses 3:1). La lucha contra el pecado comienza aquí: en nuestra nueva identidad en Cristo. Pablo no enseña que debemos vencer el pecado para llegar a ser aceptados por Dios. El orden del evangelio es diferente, de hecho opuesto. En Cristo hemos recibido una nueva posición delante de Dios; hemos sido unidos a Él y ahora debemos vivir de acuerdo con esa nueva realidad. La santidad cristiana no es un intento desesperado de ganar el favor de Dios. Es la respuesta de quien ya ha recibido gracia. Por eso Pablo puede decir primero: “habéis resucitado con Cristo” y después: “haced morir”. La mortificación del pecado no es el camino para obtener vida; es la consecuencia de haber recibido vida en Cristo.
¿Qué significa “hacer morir” el pecado?
La expresión de Colosenses 3:5 es deliberadamente fuerte. Pablo habla de una acción decidida contra el pecado. Hacer morir el pecado significa negarle deliberadamente el dominio sobre nosotros. No significa que el creyente pueda alcanzar una perfección absoluta en esta vida. Tampoco significa que nunca volverá a ser tentado o que no volverá a caer. Significa que ya no contempla el pecado como un compañero aceptable. El cristiano puede tropezar, pero no debe acomodarse en el pecado. Puede caer, pero debe levantarse en arrepentimiento. Puede ser tentado, pero no debe alimentar aquello que sabe que ofende a Dios. La pregunta, entonces, no es solamente: “¿He pecado?”. La pregunta más profunda es: “¿Estoy luchando contra mi pecado o estoy aprendiendo a justificarlo?”
El pecado debe ser confrontado, no negociado
Pablo menciona varias manifestaciones concretas del pecado: “fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3:5). Esto nos recuerda que el pecado no es una idea abstracta. Se manifiesta en deseos, decisiones, palabras, hábitos y relaciones. Uno de los grandes peligros de la vida cristiana es comenzar a utilizar un lenguaje espiritual para encubrir aquello que Dios llama pecado. Podemos llamarlo “mi debilidad”, cuando Dios lo llama pecado. Podemos llamarlo “mi carácter”, cuando en realidad es orgullo. Podemos llamarlo “mi manera de ser”, cuando se trata de ira no sometida a Cristo. Podemos decir “así soy yo”, cuando las Escrituras nos llaman a ser transformados conforme a la imagen de Cristo. El evangelio no viene a enseñarnos a justificar nuestro pecado. Viene a liberarnos de su dominio y a conformarnos a Cristo. Por eso la verdadera gracia nunca produce indiferencia hacia la santidad.
La mortificación comienza en el corazón
Jesús enseñó que el pecado no comienza simplemente en las acciones externas. El problema está en el corazón. De allí proceden los malos pensamientos, adulterios, fornicaciones, homicidios, hurtos, falsos testimonios y blasfemias (Mateo 15:19). Por eso una lucha superficial contra el pecado intenta modificar únicamente el comportamiento. La lucha espiritual va mucho más profundo: llega hasta los deseos. Un hombre puede dejar temporalmente una conducta pecaminosa y, sin embargo, continuar amando aquello que la produce. Puede cerrar una puerta externa mientras mantiene abierta la puerta del corazón.
La mortificación requiere preguntarnos: ¿Qué deseo está alimentando este pecado? ¿Qué estoy amando más que a Cristo? ¿Qué satisfacción estoy buscando fuera de Dios? ¿Qué pensamiento estoy permitiendo permanecer en mi mente? La batalla contra el pecado no consiste únicamente en decir “no” a una conducta. Consiste en aprender a decir “sí” a Cristo.
No basta con quitar; también debemos vestirnos de Cristo
Colosenses 3 no termina con la orden de hacer morir lo terrenal. Pablo continúa mostrando que el creyente debe despojarse de las prácticas del viejo hombre y revestirse del nuevo. “Os habéis despojado del viejo hombre con sus prácticas, y os habéis vestido del nuevo hombre” (Colosenses 3:9-10). Aquí encontramos una verdad esencial para la santificación: la vida cristiana no consiste solamente en abandonar lo malo, sino en cultivar lo que agrada a Dios. No basta con abandonar la mentira; debemos aprender a hablar verdad. No basta con abandonar la amargura; debemos aprender a perdonar. No basta con abandonar la ira; debemos cultivar mansedumbre. No basta con abandonar pensamientos impuros; debemos llenar nuestra mente con aquello que es verdadero, honorable, justo, puro y digno de alabanza (Filipenses 4:8). El vacío espiritual es peligroso. Si solamente intentamos quitar hábitos pecaminosos sin cultivar comunión con Cristo, tarde o temprano aquello que expulsamos buscará regresar. La santidad crece cuando Cristo ocupa cada vez más espacio en nuestros afectos.
La guerra no se libra con nuestras propias fuerzas
Hay otro error que debemos evitar. La mortificación del pecado no significa confiar en nuestra propia fuerza de voluntad. Pablo dice en Romanos 8:13: “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis”. Aquí está el secreto de la batalla: por el Espíritu. El creyente combate el pecado dependiendo de Dios, alimentándose de su Palabra, cultivando la oración, permaneciendo en comunión con Cristo y sometiéndose a la obra santificadora del Espíritu Santo. No vencemos el pecado simplemente intentando ser personas moralmente mejores. Necesitamos el poder de Dios. Necesitamos la verdad de las Escrituras. Necesitamos recordar constantemente el evangelio. Necesitamos contemplar a Cristo. Porque cuanto más comprendemos la grandeza de Cristo, más vemos la gravedad de aquello que intenta ocupar el lugar que solo Él merece. La caída no debe llevarnos a abandonar la batalla. Quizás alguien que lee estas palabras se siente profundamente frustrado. Ha luchado contra el mismo pecado durante años. Ha prometido cambiar. Ha orado. Ha vuelto a caer. Y ahora se pregunta si realmente puede cambiar.
No abandones la batalla.
La presencia de una lucha dolorosa no demuestra necesariamente que no seas cristiano. En muchos casos, el dolor que experimentamos por nuestro pecado es evidencia de que ya no queremos vivir bajo su dominio. Pero tampoco debemos utilizar esta verdad como excusa para permanecer en pecado. Cuando caigas, corre hacia Cristo, no te alejes de Él. Confiesa tu pecado. Arrepiéntete. Busca ayuda cuando sea necesario. Vuelve a la Palabra. Ora. Levántate. Y continúa luchando. “Si alguno peca, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1). Nuestra esperanza no descansa en que jamás volveremos a fallar. Nuestra esperanza descansa en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados, resucitó y vive para interceder por los suyos.
Una guerra que vale la pena librar
La mortificación del pecado puede ser dolorosa. Algunas veces significará renunciar a relaciones, hábitos, entretenimientos, conversaciones o deseos que hemos disfrutado durante mucho tiempo. Pero ningún pecado abandonado por amor a Cristo será una pérdida definitiva. Cristo vale más. La comunión con Dios vale más. Una conciencia limpia vale más. La santidad vale más. La eternidad vale más. El pecado promete placer y termina produciendo esclavitud. Cristo nos llama a morir al pecado para que podamos disfrutar verdaderamente de la vida que encontramos en Él. Por eso, la pregunta final no es simplemente si estamos luchando. Es por quién estamos luchando. El cristiano no lucha para demostrar que puede salvarse. Lucha porque ha sido salvado. No lucha para comprar el amor de Dios. Lucha porque ha conocido ese amor. No lucha para convertirse en hijo. Lucha porque en Cristo ya ha sido adoptado como hijo. Y cada vez que hacemos morir el pecado, estamos diciendo con nuestra vida que Cristo es más precioso que aquello que el pecado promete.
Para meditar
¿Qué pecado has comenzado a tolerar en lugar de combatir? ¿Qué deseo está alimentando ese pecado? ¿Qué área de tu vida necesitas entregar hoy nuevamente al señorío de Cristo? No hagas las paces con aquello por lo cual Cristo murió. Haz morir el pecado. Busca las cosas de arriba. Mira a Cristo. Y camina, por el poder del Espíritu, en la santidad para la cual Dios te llamó.































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