La eutanasia, entendida como la terminación deliberada de la vida humana para evitar el sufrimiento, debe ser evaluada no desde categorías humanas fluctuantes, sino desde la revelación objetiva de Dios en la Escritura.
Desde el inicio, la Biblia enseña que Dios no se sorprende por la depravación humana, pues Él es el Creador omnisciente que conoce perfectamente la condición caída del hombre. Jeremías 17:9–10 declara: «Más engañoso que todo es el corazón, Y sin remedio; ¿Quién lo comprenderá? Yo, el Señor, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos, Para dar a cada uno según sus caminos, Según el fruto de sus obras». Este texto establece que el problema moral del hombre no es superficial, sino radical y profundo. En contraste, la sabiduría humana contemporánea sostiene que el hombre es capaz de determinar éticamente lo que es correcto mediante su razón o experiencia; sin embargo, Dios afirma que el corazón humano está corrompido y que solo Él tiene la autoridad para juzgarlo correctamente. Así, decisiones como la eutanasia, aunque presentadas como compasivas, pueden ser en realidad expresiones de un corazón engañado que redefine la moral fuera de Dios.
Esta realidad ya había sido diagnosticada desde Génesis 6:5: «El Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal». La declaración es absoluta: “toda intención”, “siempre el mal”. La antropología bíblica no deja espacio para un optimismo moral autónomo. La cultura moderna, influenciada por el humanismo, afirma que el progreso científico y social mejora la condición humana; sin embargo, la Escritura enseña que el problema del hombre no es externo, sino interno. Por ello, prácticas como la eutanasia no representan un avance moral, sino una manifestación contemporánea de la misma rebelión antigua: el hombre arrogándose el derecho de decidir sobre la vida y la muerte.
La Biblia también evidencia que la depravación humana se manifiesta de manera extrema en la violencia contra la vida, especialmente la más vulnerable. Jeremías 19:5 dice: «Y han edificado los lugares altos de Baal para quemar a sus hijos en el fuego como ofrendas quemadas a Baal, cosa que Yo nunca mandé, ni hablé, ni se me ocurrió». Esta expresión subraya la absoluta incompatibilidad entre la voluntad de Dios y la destrucción deliberada de la vida humana. De igual manera, Salmos 106:37 afirma: «Sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios». Aquí se revela la dimensión espiritual del pecado: el rechazo a Dios conduce a prácticas alineadas con lo demoníaco. En contraste, la cultura contemporánea justifica la eutanasia como un acto de misericordia, pero al hacerlo, repite el mismo principio: determinar que ciertas vidas no deben continuar, usurpando una autoridad que pertenece únicamente a Dios.
Dios, siendo santo y justo, no permanece indiferente ante la maldad. Salmos 7:11 declara: «Dios es juez justo, Y un Dios que se indigna cada día contra el impío». Esta afirmación confronta la idea moderna de un Dios pasivo o indiferente. La ira divina es una expresión de su justicia perfecta frente al pecado. Romanos 6:23 añade: «Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». La muerte no es simplemente un fenómeno biológico, sino la consecuencia moral del pecado. La eutanasia busca evitar el sufrimiento inmediato, pero ignora la realidad del juicio eterno. Hebreos 9:27 establece: «Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio». La sabiduría humana intenta controlar el momento de la muerte, pero no puede evitar la rendición de cuentas ante Dios.
Históricamente, la eutanasia tiene precedentes en el mundo greco-romano, donde la vida era valorada en función de su utilidad o calidad. Filósofos estoicos defendían el suicidio en casos de sufrimiento extremo, y en Roma, la autoridad del paterfamilias incluía decisiones sobre la vida y la muerte. Estas prácticas reflejan una cosmovisión sin referencia a un Dios creador y soberano. La modernidad no ha superado este paradigma; simplemente lo ha reformulado en términos médicos y legales. La eutanasia contemporánea continúa esta tradición: la vida humana es evaluada según criterios definidos por el hombre, no por Dios.
En el contexto actual, la expansión de la eutanasia en diversos países evidencia un desplazamiento progresivo de los límites morales. Legislaciones en Europa y América han ampliado los criterios desde enfermedades terminales hasta sufrimiento psicológico. Esta tendencia confirma el principio de Isaías 5:20: «¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; Que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas!». La sabiduría humana redefine el bien según la conveniencia, pero la Palabra de Dios permanece como el estándar absoluto.
Frente a esto, la Escritura afirma claramente que Dios es el dador soberano de la vida. Hechos 17:25 declara que Él «no es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida, aliento y todas las cosas». La vida no es propiedad del individuo, sino un don continuo de Dios. 1 Samuel 2:6 afirma: «El Señor da muerte y da vida; Hace bajar al Seol y hace subir». Este versículo establece que Dios tiene autoridad absoluta sobre el inicio y el fin de la vida. La eutanasia, entonces, no es simplemente una decisión personal, sino una usurpación de la prerrogativa divina.
La doctrina de la Imago Dei es fundamental. Génesis 1:26 dice: «Entonces dijo Dios: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza…”». Esta verdad implica que cada ser humano posee dignidad intrínseca. Génesis 9:6 añade: «El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre». La vida humana es sagrada no por su calidad, sino por su origen en Dios. La eutanasia contradice este principio al tratar la vida como algo descartable.
Los atributos de Dios también son directamente desafiados. Isaías 6:3 declara: «Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejércitos». Su santidad implica que no puede aprobar el mal. Salmos 145:17 afirma: «Justo es el Señor en todos Sus caminos, Y bondadoso en todos Sus hechos». Daniel 4:35 declara que Dios «hace según Su voluntad… y nadie puede detener Su mano». Salmos 119:73 dice: «Tus manos me hicieron y me formaron». La eutanasia contradice estos atributos al colocar al hombre en el lugar de Dios.
Ante esto, el creyente está llamado a responder con fidelidad. Proverbios 31:8–9 dice: «Abre tu boca por el mudo, Por el derecho de todos los desdichados. Abre tu boca, juzga con justicia, Y defiende los derechos del afligido y del necesitado». Romanos 12:2 exhorta: «No se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente». Efesios 4:15 llama a «hablar la verdad en amor». Esto implica una defensa firme de la vida, acompañada de compasión genuina.
La solución no está en controlar la muerte, sino en enfrentar el pecado mediante el evangelio. Romanos 3:23 declara: «Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios». Pero Romanos 5:8 dice: «Pero Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». Jesús afirma en Juan 11:25: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá». El llamado es claro: Hechos 3:19: «Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse». Hechos 16:31: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo». La eutanasia elimina al que sufre; el evangelio transforma al pecador y le da vida eterna.
La eutanasia es una expresión moderna de la rebelión humana contra Dios. Génesis 3:5 resume esta raíz: el hombre queriendo ser como Dios. Frente a esto, la iglesia debe proclamar con claridad que solo Dios es Señor de la vida y la muerte, y que la única esperanza verdadera no está en evitar el sufrimiento temporal, sino en la salvación eterna que se encuentra únicamente en Jesucristo.































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