El problema más profundo del hombre no es externo, sino interno: el pecado. Hemos pecado contra un Dios santo, hemos quebrantado Su ley y vivimos separados de Su gloria. No se trata solo de errores o debilidades, sino de una condición del corazón humano que nos hace culpables delante de Él. Por nuestras propias obras, talentos, inteligencia o conocimiento nadie puede justificarse para salvación delante de Él.
Porque no hay justo ni aun uno, todos estamos destituidos de la gloria de Dios. Porque no solamente pecamos cuando transgredimos Sus leyes y mandamientos (pecados de acción o comisión) sino que también pecamos cuando no hacemos el bien tan perfectamente lo que Él nos manda hacerlo en Su Palabra (pecados de omisión). Pecado no es solo hacer el mal, lo prohibido, sino también no hacer el bien tan perfectamente como Dios lo manda. (Santiago 4:17)
No puedes compararte con nadie en este mundo porque todos somos pecadores. Nadie es perfecto. Entonces, ¿Quién es el estándar de comparación? Dios mismo.
La paga del pecado es muerte. Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron (Romanos 5:12). Así como no puedes burlar la realidad de la muerte tampoco puedes burlarte del santo y justo juicio de Dios porque Él creó tanto la vida como la muerte, el cielo como el infierno y todas las criaturas y cosas que existen en el universo, visibles e invisibles. ¿Quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: «Por qué me hiciste así?». (Romanos 9:20)
Entonces: ¿Qué hacemos? ¿Si no hay justo ni aun uno, hay gente en el cielo? La respuesta está en la misma Escritura:
Pero Dios, en Su gracia y misericordia, proveyó la única solución: Jesucristo. Él vivió la vida perfecta que nosotros no podemos vivir, sin pecado alguno. Luego fue a la cruz, donde cargó con la culpa y el castigo que nosotros merecíamos. Allí, en el Calvario, pagó el precio de nuestra redención. Y al tercer día resucitó, venciendo el pecado y la muerte y a Satanás, asegurando salvación eterna para todos los que creen genuinamente en Él.
La respuesta que Dios demanda no es religión vacía, ni esfuerzos humanos, sino arrepentimiento genuino y fe verdadera. Ven hoy a los pies de la cruz de Cristo. Reconoce tu pecado, abandona tu camino y confía únicamente en Jesucristo como tu Señor y Salvador. Solo en Él hay perdón, nueva vida y santificación.
Hoy es el día de salvación. No endurezcas tu corazón. Mañana puede ser demasiado tarde. ¡Ven a Cristo ahora!
¿Has venido ya a Cristo con un arrepentimiento sincero y una fe verdadera, o sigues confiando en ti mismo?

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