Pocas doctrinas son tan fundamentales para comprender la dignidad del ser humano, la tragedia del pecado y la grandeza del evangelio como la doctrina de la Imago Dei —la enseñanza bíblica de que el hombre fue creado a la imagen de Dios—. Desde el primer capítulo de la Escritura se nos revela esta verdad trascendental: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza…” (Génesis 1:26). “Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).
La identidad humana no surge de la biología autónoma ni de la autopercepción subjetiva, sino de un acto soberano del Creador. El hombre posee dignidad intrínseca no por lo que hace, siente o decide ser, sino porque refleja, de manera derivada, algo del carácter y la gloria de Dios. Sin embargo, esa imagen fue profundamente distorsionada por el pecado. Y solo en Cristo puede ser restaurada plenamente.
¿Qué significa ser creados a la imagen de Dios?
A lo largo de la historia de la iglesia han surgido tres enfoques principales para explicar la Imago Dei: la postura sustantiva (o estructural), la funcional y la relacional. Aunque distintas en énfasis, no necesariamente se excluyen entre sí.
- La postura sustantiva o estructural. Esta posición sostiene que la imagen de Dios reside en ciertas cualidades internas o capacidades estructurales del ser humano que reflejan atributos divinos. Entre ellas: racionalidad, conciencia moral, voluntad, capacidad espiritual, autoconciencia y creatividad.
Eclesiastés 7:29 declara: “Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.” El hombre fue creado con rectitud moral original. Asimismo, Efesios 4:24 habla del “nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”, lo que sugiere que la imagen incluye una dimensión moral.
Desde esta perspectiva, la Imago Dei incluye la capacidad de conocer a Dios, responder a Él y reflejar sus atributos comunicables —amor, justicia, verdad, dominio responsable—. Sin embargo, el pecado no eliminó estas capacidades, pero sí las corrompió profundamente (Romanos 3:10–18). La mente fue entenebrecida (Efesios 4:17–18). La voluntad se inclinó hacia el mal (Juan 8:34). La conciencia fue distorsionada (Tito 1:15).
- La postura funcional. Esta interpretación enfatiza que la imagen de Dios se manifiesta en la función del hombre como representante y administrador del dominio divino sobre la creación. Génesis 1:28 conecta inmediatamente la imagen con el mandato cultural: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla…” El hombre fue establecido como vice-regente bajo la autoridad de Dios. Gobernar la creación reflejaba el gobierno soberano del Creador. El Salmo 8 confirma esta idea: “Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos.”
La imagen, entonces, no es meramente ontológica, sino también vocacional. El hombre fue diseñado para representar el carácter justo y santo de Dios en su administración del mundo. Pero cuando el pecado entró, el dominio se tornó abusivo, corrupto y egoísta. La creación fue sujetada a vanidad (Romanos 8:20), y el hombre dejó de reflejar fielmente el gobierno justo de Dios.
- La postura relacional. Esta perspectiva enfatiza que la imagen de Dios se expresa en la capacidad humana de vivir en relación: con Dios y con otros. Dios existe eternamente en comunión trinitaria. Al crear al hombre “varón y hembra”, establece un reflejo de comunión relacional. Génesis 2:18 declara: “No es bueno que el hombre esté solo.”
La imagen incluye la capacidad de amar, comunicarse y vivir en pacto. Sin embargo, el pecado rompió la relación con Dios (Génesis 3:8–10) y fracturó las relaciones humanas (Génesis 4). La alienación se convirtió en la norma.
La distorsión de la imagen por causa del pecado
El pecado no erradicó la Imago Dei —pues incluso después de la caída, Génesis 9:6 afirma que el hombre sigue siendo imagen de Dios— pero sí la distorsionó profundamente. Romanos 1 describe esta corrupción: “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen…” (Romanos 1:22–23). El hombre caído ya no refleja correctamente a Dios; se adora a sí mismo o a la creación. La mente se oscurece, el corazón se endurece, y el cuerpo mismo se convierte en instrumento de desorden moral.
Romanos 1:26–27 describe prácticas sexuales contrarias al diseño creado, no como una categoría aislada de pecado, sino como evidencia de una humanidad que ha rechazado el orden divino. La distorsión sexual —sea heterosexual o homosexual— no es la raíz del problema, sino un síntoma de una rebelión más profunda: el rechazo de la autoridad del Creador.
Asimismo, cuando la cultura moderna promueve identidades desligadas del diseño biológico y creacional —incluyendo redefiniciones de género o identificaciones que niegan la naturaleza humana misma— vemos nuevamente el eco de Génesis 3: “seréis como Dios”. La criatura intenta redefinirse sin referencia al Creador. Sin embargo, la Escritura es clara: toda la humanidad está caída (Romanos 3:23). No hay pecados “externos” que coloquen a unos fuera de necesidad y a otros dentro de la gracia. Todos necesitan redención.
La restauración progresiva en el creyente
El evangelio no solo perdona; restaura la imagen. Colosenses 3:10 declara que el creyente se ha revestido del nuevo hombre: “el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.” La santificación es el proceso por el cual el Espíritu Santo conforma al creyente a la imagen de Cristo (Romanos 8:29).
Cristo es la imagen perfecta de Dios: “Él es la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15). “El resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3). Por tanto, ser restaurado a la imagen de Dios es ser conformado a Cristo. El creyente genuino, aunque todavía lucha contra el pecado, está siendo transformado: “Somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).
La glorificación final: la imagen perfeccionada
La restauración no estará completa hasta la resurrección. 1 Juan 3:2 promete: “Sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él.” Filipenses 3:21 afirma que Cristo transformará el cuerpo de la humillación nuestra para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.
En la nueva creación, la imagen será perfectamente restaurada. No habrá corrupción moral, confusión de identidad ni inclinación al pecado. La santidad será plena. La comunión será perfecta. El dominio será justo.
Un llamado urgente
La Imago Dei nos confronta con dos realidades: fuimos creados para reflejar la gloria de Dios y hemos distorsionado esa gloria por el pecado.
Pero el evangelio anuncia esperanza: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17). No hay identidad más profunda que estar en Cristo. Ninguna redefinición cultural puede sanar la fractura del alma. Solo el arrepentimiento y la fe en Jesucristo pueden restaurar lo que el pecado deformó.
Hoy es el día de volver al Creador.
Hoy es el día de abandonar la rebelión.
Hoy es el día de abrazar a Cristo, la imagen perfecta de Dios.
Porque solo en Él la gloria perdida puede ser restaurada. ¡Ven a Cristo ahora! Arrepiéntete y confiesa tus pecados y entrega tu vida y alma a Jesucristo. Mañana puede ser demasiado tarde.































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