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Jesucristo, El Inigualable


La necesidad de volver al Cristo verdadero

Hablar de Jesucristo hoy no es algo extraño; lo verdaderamente extraño es encontrar una proclamación fiel del Cristo bíblico. El nombre de Jesús ha sido vaciado de su contenido revelado y rellenado con ideas humanas, emocionales y culturales. En nuestra generación, Jesús es presentado como un maestro moral, un revolucionario social, un sanador carismático o un símbolo de inclusión; pero rara vez es proclamado como lo que realmente es: el Dios eterno hecho carne, soberano absoluto y juez de toda la humanidad.

La Escritura advierte que no toda fe es fe verdadera y que no todo Cristo predicado es el Cristo real. Pablo expresa su preocupación diciendo que muchos son desviados “a otro Jesús” (2 Corintios 11:4). Por tanto, la tarea de la iglesia no es reinventar a Cristo para hacerlo atractivo, sino proclamarlo tal como Dios lo ha revelado. Solo el Cristo verdadero salva; todo falso Cristo condena.

Jesucristo es eternamente Dios

La identidad de Jesucristo no comienza en el pesebre, sino en la eternidad pasada. Juan 1:1 no deja espacio para interpretaciones reduccionistas: el Verbo no solo estaba con Dios, sino que era Dios. Esto significa que Cristo posee la misma esencia divina, eternidad, poder y gloria del Padre. Negar la eternidad de Cristo es negar la revelación bíblica misma. Jesús no es una criatura exaltada ni un ser intermedio; Él es YHWH encarnado. Isaías 9:6 lo llama “Dios fuerte” y “Padre eterno”, títulos que solo pertenecen a la deidad. La iglesia histórica entendió que esta verdad es innegociable: si Cristo no es plenamente Dios, no puede revelar perfectamente a Dios ni reconciliar al hombre con Él. Los falsos “Jesús” modernos —ya sean de sectas, liberalismo teológico o espiritualidad popular— reducen su deidad para hacerlo manejable. Pero un Cristo reducido es un salvador impotente. Solo el Dios eterno puede cargar con el peso del pecado eterno.

El Cristo prometido en el Antiguo Testamento

Toda la Escritura hebrea apunta hacia una figura mesiánica específica. Desde Génesis hasta Malaquías, el Antiguo Testamento es una historia de promesa, anticipación y esperanza. Jesucristo no aparece desconectado de Israel, sino como el cumplimiento exacto de las promesas hechas a los patriarcas y a David. La promesa de Génesis 3:15 introduce un Redentor que vencería al pecado mediante sufrimiento. Los salmos mesiánicos describen su rechazo, su muerte y su exaltación (Salmo 22; Salmo 110). Isaías presenta a un Siervo sufriente que moriría por los pecados del pueblo, pero también a un Rey glorioso que establecería justicia eterna. Este Mesías no sería meramente humano. Daniel 7 describe al “Hijo del Hombre” recibiendo dominio eterno, adoración y autoridad universal, prerrogativas exclusivamente divinas. Jesús aplica este texto a sí mismo, afirmando su identidad mesiánica y divina. Ignorar este testimonio es mutilar la revelación progresiva de Dios.

La encarnación: el misterio glorioso

La encarnación es uno de los misterios más profundos del cristianismo: Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios. No fue una ilusión, ni una apariencia temporal; Cristo asumió verdadera humanidad. Nació, creció, sintió hambre, lloró, sufrió y murió. Sin embargo, su humanidad no anuló su deidad. En Cristo, dos naturalezas completas —divina y humana— coexisten sin mezcla ni confusión. Esta verdad fue defendida por la iglesia primitiva contra herejías que negaban su humanidad o su deidad. La encarnación revela el carácter de Dios: un Dios que se acerca, que entra en la historia, que toma sobre sí la miseria humana para redimirla desde dentro. El falso Jesús moderno suele ser presentado como un simple ejemplo moral; pero sin encarnación real, no hay redención real.

El falso Jesús del hombre natural

El corazón humano caído no busca al Cristo verdadero, sino a uno conforme a sus deseos. El Jesús popular es uno que nunca confronta, nunca juzga y nunca exige arrepentimiento. Es un Cristo terapéutico, diseñado para aliviar la culpa sin transformar la vida. Este falso Jesús es atractivo porque no requiere negarse a uno mismo ni tomar la cruz. Pero la Escritura es clara: el Cristo verdadero divide, confronta y llama a una obediencia radical. Jesús afirmó que muchos lo llamarían “Señor” sin haber sido transformados, y que esos serían rechazados en el día final (Mateo 7:21–23). Todo Jesús que no demanda arrepentimiento no es el Jesús bíblico. Todo Cristo que no reina como Señor es una invención humana.

La vida perfecta del Inigualable

Jesucristo no solo murió por nosotros; vivió por nosotros. Su vida de obediencia perfecta es esencial para la salvación. Donde Adán falló, Cristo obedeció. Donde Israel fue infiel, Cristo fue fiel. Cada pensamiento, palabra y acción de Jesús estuvo perfectamente alineada con la voluntad del Padre. Él cumplió la ley no solo externamente, sino internamente. Esta justicia perfecta es imputada al creyente por la fe, lo que significa que el cristiano es declarado justo ante Dios no por mérito propio, sino por la obediencia de Cristo. Ningún líder religioso puede ofrecer esto. Solo Jesucristo vivió sin pecado, y por eso es absolutamente inigualable.

La cruz: el centro de la exclusividad de Cristo

La cruz es el punto donde la santidad de Dios, Su justicia y amor se encuentran. Allí, Cristo cargó con la culpa real de pecadores reales. No fue un ejemplo de sacrificio humano, sino un acto de sustitución divina. Dios no pasó por alto el pecado; lo juzgó plenamente en su Hijo. Por eso la salvación es exclusivamente por Cristo. No hay otro medio, no hay otro camino, no hay otra esperanza. Cualquier evangelio que minimiza la cruz, la redefine o la convierte en símbolo pierde su poder salvador.

La resurrección y exaltación

La resurrección valida todo lo que Cristo dijo e hizo. Demuestra que el sacrificio fue aceptado, que la muerte fue vencida y que Cristo reina actualmente. Jesús no es un recuerdo histórico, sino un Rey vivo. Desde su exaltación gobierna su iglesia y dirige la historia hacia su consumación final. La fe cristiana no se basa en sentimientos, sino en un evento histórico real.

El Rey que viene en gloria

El mismo Cristo que fue despreciado regresará con poder y gloria. Ya no vendrá como siervo sufriente, sino como juez soberano. Esta verdad es incómoda para una cultura que rechaza el juicio, pero es central en la revelación bíblica. La segunda venida confirma que Cristo no solo salva, sino que también juzga. La esperanza del creyente y el temor del incrédulo convergen en este evento glorioso.

La consumación plena del plan eterno de Dios alcanza su cúspide más alta no solo en la redención individual, sino en el establecimiento literal, visible y glorioso del reino mesiánico de Jesucristo sobre la tierra, seguido por la instauración definitiva de los nuevos cielos y la nueva tierra, tal como es revelado al final del libro de Apocalipsis. La Escritura enseña que Cristo regresará corporalmente para reinar como Rey de reyes y Señor de señores, cumpliendo de manera precisa e irreversible las promesas hechas a Israel en los pactos abrahámico, davídico y nuevo, incluyendo la restauración nacional, espiritual y territorial de Su pueblo (Génesis 12; 2 Samuel 7; Jeremías 31; Ezequiel 36–37).

El reino milenial, descrito en Apocalipsis 20, no es simbólico ni meramente espiritual, sino una etapa histórica real en la que la justicia, la santidad y el gobierno perfecto de Cristo serán manifestados en la tierra antes del estado eterno. Posteriormente, tras el juicio final, Dios establecerá los nuevos cielos y la nueva tierra (Apocalipsis 21–22), donde el pecado, la muerte y la maldición serán abolidos para siempre, y Dios morará eternamente con Su pueblo redimido. De este modo, toda la Escritura —desde Génesis hasta Apocalipsis— se unifica en el propósito soberano de Dios de glorificar a Su Hijo mediante el cumplimiento literal de todas Sus promesas, demostrando que Él es fiel a Israel y a la Iglesia, y que Su reino no tendrá fin.

Un llamado urgente al Cristo verdadero

El Cristo verdadero no puede ser ignorado, negociado ni redefinido. Él demanda una respuesta. No basta con admirarlo; es necesario someterse a Él. El evangelio no es una invitación a mejorar la vida, sino un llamado a morir al yo y vivir para Cristo. Quien cree en el Jesucristo bíblico recibe perdón, vida eterna y una nueva identidad.

Jesucristo no tiene comparación. No tiene sustituto. No tiene rival. Él es, y será por siempre, El Inigualable.

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