A lo largo de la historia de la iglesia, el evangelio de Jesucristo ha sido atacado no tanto con negaciones directas, sino con distorsiones sutiles que lo hacen irreconocible. El apóstol Pablo advirtió con severidad en Gálatas 1:6–8:
“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.”
La gravedad de estas palabras muestra que cualquier adulteración del evangelio, por mínima que parezca, acarrea condenación eterna. El llamado a discernir y aferrarse al evangelio verdadero no es opcional, sino vital.
El peligro eterno de un evangelio adulterado
El evangelio de la prosperidad es una de las distorsiones más difundidas en nuestro tiempo. Este falso mensaje enseña que la fe es una herramienta para obtener salud, riqueza y éxito, reduciendo a Dios a un proveedor de beneficios terrenos y colocando al hombre en el centro.
John MacArthur advierte: “Satanás siempre ha atacado al evangelio, no negándolo abiertamente, sino introduciendo pequeñas distorsiones que lo vuelven irreconocible” (Comentario de Gálatas). De la misma manera que los judaizantes añadían obras a la gracia, el evangelio de la prosperidad añade riquezas a la cruz, desplazando a Cristo de su lugar central.
Los puritanos denunciaron la misma actitud en su tiempo. Thomas Watson escribió: “Si buscamos a Cristo solo por los panes y peces, no es a Cristo a quien buscamos, sino a nosotros mismos” (Las Bienaventuranzas). Un evangelio centrado en los bienes terrenales no es el evangelio de Cristo, sino un engaño del corazón humano.
El verdadero discipulado incluye la cruz
El llamado de Cristo es radicalmente diferente:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Marcos 8:34).
El evangelio verdadero no ofrece atajos a la comodidad, sino un camino de negación propia, obediencia y fidelidad en medio de pruebas. El evangelio de la prosperidad, al omitir la cruz, priva al creyente de la esencia misma del discipulado.
Jonathan Edwards advirtió: “La prueba de un verdadero amor a Cristo es que lo amamos por lo que Él es, no por los beneficios que recibimos” (Afectos Religiosos). Richard Baxter, en El Descanso Eterno de los Santos, enseñaba que el cristiano debe fijar su esperanza en la gloria eterna y no en la comodidad pasajera de esta vida.
Wayne Grudem lo explica así: “La justificación es un acto legal instantáneo en el cual Dios nos declara justos en Cristo. Esto no depende de nuestras obras ni de recompensas materiales, sino de la obra perfecta de Cristo” (Teología Sistemática). La justicia verdadera no consiste en posesiones, sino en estar en paz con Dios por medio de la cruz de Cristo.
La esperanza futura como antídoto contra la falsa prosperidad
El evangelio verdadero levanta la mirada del creyente hacia la gloria venidera. El apóstol Pablo escribió:
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18).
Richard Mayhue enseña: “La verdadera esperanza cristiana es escatológica, porque la plenitud de nuestras promesas en Cristo todavía está por venir” (Los Planes Proféticos de Cristo). Los puritanos vivían con esta convicción. John Owen afirmaba que contemplar la gloria de Cristo en la eternidad es la mayor motivación para perseverar en santidad (La Gloria de Cristo).
El evangelio de la prosperidad, al distraer al creyente con lo temporal, debilita su fe y lo deja sin recursos para enfrentar las pruebas. En contraste, el evangelio verdadero capacita al creyente a vivir con gozo y paciencia en medio del sufrimiento, sabiendo que su recompensa está en los cielos (Mateo 5:12).
Un llamado al arrepentimiento y a valorar a Cristo
El evangelio de Cristo exige un corazón transformado que valore a Cristo por encima de todas las cosas. Pablo lo expresó con claridad:
“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Filipenses 3:8).
John Stott lo resumió diciendo: “La fe no es una palanca para mover a Dios, sino una mano vacía extendida para recibir su gracia” (La Cruz de Cristo). Por lo tanto, quien ha sido seducido por el evangelio de la prosperidad debe arrepentirse y volver al evangelio puro de la gracia de Dios, que ofrece perdón, justificación y vida eterna.
El examen personal es necesario: ¿Buscamos a Cristo por quién es Él, o por lo que esperamos que nos dé? Esta pregunta define si nuestro corazón está rendido al evangelio verdadero o si hemos sido atrapados por un sustituto.
Conclusión: La Palabra eterna contra la corrupción pasajera
El profeta Isaías declaró:
“Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8).
Los puritanos veían en esta verdad un ancla segura. Thomas Watson en su estilo característico comparaba la verdad de Dios con el sol: aunque puede ser temporalmente oscurecida por nubes, nunca puede ser apagada.
Así también, el evangelio verdadero permanecerá cuando todo evangelio falso se derrumbe. Por tanto, la iglesia debe aferrarse a la Palabra eterna, resistir toda corrupción pasajera y proclamar con convicción que solo el evangelio puro es poder de Dios para salvación (Romanos 1:16).
No hay comentarios.:
Publicar un comentario