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martes, 19 de enero de 2021

El misterio de la iniquidad




Se le ha llamado el talón de Aquiles de la fe cristiana. Por supuesto, me refiero al problema clásico de la existencia del mal. Filósofos como John Stuart Mill han argumentado que la existencia del mal demuestra que Dios no es omnipotente o no es bueno y amoroso, con el razonamiento de que si el mal existe aparte del poder soberano de Dios, entonces, por lógica irresistible, Dios no puede ser considerado omnipotente. Por otro lado, si Dios tiene el poder de prevenir el mal pero no lo hace, entonces esto se reflejaría en Su carácter, indicando que Él no es ni bueno ni amoroso. Debido a la persistencia de este problema, la iglesia ha visto innumerables intentos de lo que se llama teodicea. El término teodicea implica la combinación de dos palabras griegas: la palabra para Dios, theos, y la palabra justificación, dikaios. Por tanto, una teodicea es un intento de justificar a Dios por la existencia del mal (como se ve, por ejemplo, en El paraíso perdido de John Milton). Tales teodicias han cubierto el guante entre una simple explicación de que el mal viene como resultado directo del libre albedrío humano o hasta intentos filosóficos más complejos como el ofrecido por el filósofo Leibniz. En su teodicea, que fue satinada por Candide de Voltaire, Leibniz distinguió entre tres tipos de mal: el mal natural, el mal metafísico y el mal moral. En este esquema triple, Leibniz argumentó que el mal moral es una consecuencia inevitable y necesaria de la finitud, que es una falta metafísica del ser completo. Debido a que toda criatura no llega a ser un ser infinito, ese déficit debe necesariamente producir defectos como los que vemos en el mal moral. El problema con esta teodicea es que no toma en cuenta el ideal bíblico del mal. Si el mal es una necesidad metafísica para las criaturas, entonces, obviamente, Adán y Eva tuvieron que haber sido malos antes de la caída y tendrían que continuar siendo malos incluso después de la glorificación en el cielo.

Hasta la fecha, todavía tengo que encontrar una explicación satisfactoria de lo que los teólogos llaman el misterio de la iniquidad. Por favor, no me envíe cartas dando sus explicaciones, generalmente enfocándose en alguna dimensión del libre albedrío humano. Me temo que mucha gente no siente el peso de esta carga de explicación. La simple presencia del libre albedrío no es suficiente para explicar el origen del mal, en la medida en que aún debemos preguntarnos cómo un ser bueno se inclinaría a elegir libremente el mal. La inclinación de la voluntad a actuar de manera inmoral ya es una señal de pecado.

Uno de los enfoques más importantes del problema del mal es el planteado originalmente por Agustín y luego por Santo Tomás de Aquino, en el que sostenían que el mal no tiene un ser independiente. El mal no se puede definir como una cosa o como una sustancia o como algún tipo de ser. Más bien, el mal siempre se define como una acción, una acción que no cumple con un estándar de bondad. En este sentido, el mal se ha definido en términos de ser una negación (negatio) del bien o una privación (privatio) del bien. En ambos casos, la definición misma de mal depende de una comprensión previa del bien. En este sentido, como argumentó Agustín, el mal es un parásito, es decir, depende del bien para su propia definición. Pensamos en el pecado como algo que es injusto, que involucra desobediencia, inmoralidad y cosas por el estilo. Todas estas definiciones dependen de la sustancia positiva del bien para su propia definición. Agustín sostiene que aunque los cristianos enfrentan la dificultad de explicar la presencia del mal en el universo, el pagano tiene un problema que es dos veces más difícil. Antes de que uno pueda tener un problema del mal, primero debe tener una existencia previa del bien. Quienes se quejan del problema del mal ahora también tienen el problema de definir la existencia del bien. Sin Dios no hay un estándar supremo para el bien. 

En la actualidad, este problema se ha resuelto simplemente negando tanto el bien como el mal. Este problema, sin embargo, enfrenta enormes dificultades, particularmente cuando uno sufre a manos de alguien que le inflige el mal. Es fácil para nosotros negar la existencia del mal hasta que nosotros mismos somos víctimas de la mala acción de alguien. 

Sin embargo, aunque terminamos nuestra búsqueda para responder al origen del mal, una cosa es cierta: dado que Dios es omnipotente y bueno, debemos concluir que en Su omnipotencia y bondad debe haber un lugar para la existencia del mal. Sabemos que Dios mismo nunca hace lo malo. Sin embargo, también ordena todo lo que suceda. Aunque Él no hace el mal y no crea el mal, sí ordena que el mal exista. Si existe, y si Dios es soberano, entonces obviamente debe haber podido evitar su existencia. Si permitió que el mal entrara en este universo, solo podría ser por Su decisión soberana. Dado que Sus decisiones soberanas siempre siguen la perfección de Su ser, debemos concluir que Su decisión de permitir que exista el mal es una buena decisión. 

Nuevamente, debemos tener cuidado aquí. Nunca debemos decir que el mal es bueno o que el bien es malo. Pero eso no es lo mismo que decir: "Bueno es que haya mal". Nuevamente, repito, es bueno que exista el mal, de lo contrario el mal no podría existir. Incluso esta teodicea no explica el "cómo" de la entrada del mal en el mundo. Solo reflexiona sobre el "por qué" de la realidad del mal. Una cosa que sabemos con certeza es que el mal existe. Existe, si no en ninguna otra parte, en nosotros y en nuestro comportamiento. Sabemos que la fuerza del mal es extraordinaria y trae gran dolor y sufrimiento al mundo. También sabemos que Dios es soberano sobre él y en Su soberanía no permitirá que el mal tenga la última palabra. El mal siempre y para siempre sirve al máximo interés de Dios mismo. Es Dios en Su bondad y en Su soberanía quien ha ordenado la conquista final sobre el mal y su eliminación de Su universo. En esta redención encontramos nuestro descanso y nuestro gozo, y hasta que tiempo, vivimos en un mundo caído.

Artículo original en inglés publicado en Ligonier aquí

1 comentario:

  1. Gracias por la publicación.
    Me lleva a reflexionar sobre ésta realidad que en verdad trae mucho dolor, pesar y soledad.
    Y pienso que la maldad promueve de una manera contundente la vanidad de ésta vida.

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