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martes, 31 de diciembre de 2019

Cristo y el propósito eterno de Dios

CRISTO Y EL PROPÓSITO ETERNO DE DIOS
Por: Isaac Ambrose (1604-1664)

En cuanto al propósito de Dios con respecto a la salvación del hombre desde antes que existieran todos los mundos, leemos en las Escrituras: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Y dice de Jacob y Esaú que “no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese” (Romanos 9:11). Y según la Palabra, en Cristo obtenemos una herencia: “habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11). En otros lugares, el apóstol habla de “la multiforme sabiduría de Dios… conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Efesios 3:10-11). También “nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (1ª Timoteo 1:9). Todos estos pasajes contienen esta verdad: Dios determinó desde toda la eternidad darles a ellos, a quienes conocía ya, vida y salvación… Este propósito de Dios nos asegura nuestra estabilidad y certidumbre de salvación en Cristo. Una vez que Dios se propone algo, eso ya no cambia: “Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado, y será confirmado como lo he determinado” (Isaías 14:24)…

Creo que esto me habla a mí, como si estuviera oyendo a Dios decir desde toda la eternidad: “Mi propósito es salvar a un remanente de la humanidad. Aunque todos están perdidos en pecado, mi sabiduría ha encontrado una manera de escoger a algunos; y aunque… esos pocos que he propuesto salvar están sobre lugares muy resbalosos, yo he sido, soy y seré ‘el mismo ayer, y hoy, y por los siglos’ (Hebreos 13:8)… ¡Estoy decidido a traer a este pequeño rebaño al cielo! ¡Mi propósito es en mí y de mí, y yo soy Dios, y no hombre; por lo tanto, no me puedo arrepentir ni rescindir del propósito que ahora tengo! ¿Acaso habiéndolo dicho no lo haré? ¿Habiéndolo prometido no lo cumpliré? (Números 23:19) ¡Sí, sí, mis propósitos tienen que cumplirse! Y con este propósito pondré a mi Hijo entre mi pueblo y yo, de modo que si pecan, acudiré a él…”. Esto es lo que me imagino que el Señor dice, anuncia y se propone desde toda eternidad. Ciertamente sus propósitos tienen que permanecer en vigor por esta razón: “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:29).

EL DECRETO: El decreto de Dios concerniente a la salvación del hombre desde antes de la fundación del mundo aparece en estos textos: “Y publicaré el decreto”, dice el Señor (Salmo 2:7). ¿Qué decreto era ese? Pues, concerniente a Cristo y concerniente a la iglesia: “Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra” (Salmo 2:7-8). Fue el decreto de Dios darle a Cristo, de entre los judíos y gentiles, una iglesia… Este decreto tiene en las Escrituras varios títulos:

1. Es el mismo que usualmente llamamos predestinación. Porque, ¿qué es predestinación más que un decreto de Dios en relación con la diferente preparación de gracia, por la cual algunos son guiados infaliblemente a la salvación? La predestinación es un decreto tanto de un medio como de un fin, un decreto de gracia concedida, eficaz para algunas personas aquí y para llevar a esas mismas personas a la gloria en el más allá. Este decreto, esta predestinación, esta cadena de oro del medio como del fin, es enunciado por el apóstol: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). Así como Dios ha predestinado a algunos para vida y gloria, ha predestinado igualmente a algunos para ser llamados y justificados antes de ser glorificados. Todo aquel a quien el Señor ha decretado que sea salvo, ha decretado para santificarlo antes de disfrutar de esa salvación. Dios nos ha escogido en Cristo antes de la fundación del mundo para ser primero santos y después felices (Efesios 1:4). Notemos cómo el apóstol entrelaza esto repetidamente: “Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2ª Tesalonicenses 2:13)…

2. Este decreto es igual a ese libro de la vida en el cual están escritos los nombres de los escogidos. Pablo nos cuenta de algunas mujeres junto con Clemente y otros colaboradores, “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3). Y Cristo insta a sus discípulos: “Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10:20). Y Juan vio en su visión: “los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida” (Apocalipsis 20:12)…

3. Este decreto es también igual al sello de Dios. “El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos” (2ª Timoteo 2:19). Un sello es usado en tres casos: (1) para hacer distinción entre las cosas (2) para mantenerlas en secreto y (3) para mantenerlas seguras. Los decretos de Dios son sellos en todos estos sentidos, pero especialmente en el último. Las almas que están selladas por Dios están seguras en el amor y el favor de Dios… Dios sella a sus santos, a saber, les asegura del amor eterno de Dios, de modo que nunca dejan de estar en su corazón. Todos estos títulos indican la inmutabilidad de los actos inmanentes (1) eternos de Dios, es decir: “Yo decreto, yo predestino, yo lo pongo en un libro y lo sello, que tales y tales personas serán salvas eternamente… ¿Acaso hay algún poder, o podrá haberlo jamás que los arrebate de mis manos? ¿O sería posible que pudiera yo tener algún pensamiento que pusiera en duda la salvación de estas almas?... No, no, “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos’ (Malaquías 3:6)”.

EL PACTO: El pacto concerniente a la salvación del hombre es el definitivo y principal: No me atrevo a ser tan curioso como para insistir en el orden del mismo ni su razón, porque creo que el pacto entre Dios y Cristo desde la eternidad (2) se encuentra entretejido con el decreto, el conocimiento previo y la elección que ya he explicado. Entonces el apóstol nos dice: “Nos escogió en él [Cristo] antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Recalquemos eso: en Cristo. Había un plan eterno entre el Padre y el Hijo; se hizo un acuerdo (lo digo con reverencia) entre Dios y Cristo; hubo un pacto entre el Señor y su Hijo Jesucristo para la salvación de los escogidos. Y, acerca de esto, veamos especialmente los siguientes textos:

En Isaías 49:1-4, el profeta parece presentarlo como un diálogo: Primero, comienza Cristo y muestra su comisión diciéndole a Dios cómo él [el Padre] lo había llamado y capacitado para realizar la obra de redención. Quiere saber qué recompensa recibirá de él por una obra tan grande. “Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria. Y puso mi boca como espada aguda, me cubrió con la sombra de su mano; y me puso por saeta bruñida, me guardó en su aljaba” (Isaías 49:1-2). Entonces, Dios le contesta y le dice qué recompensa merece por una obra tan grande… en mi imaginación me parece oír a Dios contestarle a Cristo desde la eternidad: “Verás, he amado a un remanente de la humanidad, tanto judíos como gentiles, con un amor eterno. Sé que pecarán, se corromperán y se enemistarán conmigo, mereciendo la muerte eterna.  Tú eres una persona poderosa, capaz de hacer por ellos lo que requiero de ti. Si tomas su naturaleza y pecados, te comprometes a satisfacer mi justicia y ley, quitar el odio que tienen por mi ley y por mí, y convertirlos en un pueblo creyente santo, entonces los perdonaré. Los adoptaré como mis hijos y mis hijas y los haré coherederos contigo de una corona de vida incorruptible”.

Entonces Cristo le contestó: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:7-9). Cristo, por así decir, acordó con Dios, tomar la naturaleza y el pecado del hombre y de hacer y sufrir por él lo que fuera que Dios le exigiera… Así se arribó desde un principio al acuerdo de nuestra salvación entre Dios el Padre y Cristo, antes de que se nos fuera revelado. Desde entonces, fuimos dados a Cristo. “He manifestado tu nombre”, dice Cristo, “a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste” (Juan 17:6). Este dar implica precisamente que el Padre en su eternidad [debe] haberle dicho al Hijo: “Tomo a estos como objetos de misericordia, y a estos habrás de traerme; porque se destruirán a sí mismos [a menos que] tú lo salves de su estado de perdición”. Luego el Hijo los lleva a su Padre, consciente de la voluntad de su Padre: “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada” (Juan 6:39). Desde allí cuida a cada uno, por nada del mundo dejaría que ninguno de ellos, de los que el Padre le dio… se perdiera. Los ama demasiado como para dejar que eso sucediera.

En Isaías 53:10-11 y en el Salmo 40:6, Cristo es presentado como una garantía, ofreciéndose a sí mismo por nosotros y aceptando con gusto la voluntad de Dios en esto. Por eso es llamado el siervo de Dios y dice que sus oídos han sido abiertos.

Isaías 42:1-6 menciona expresamente este pacto. Dios habla así de Cristo: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento… te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones”. Sí, este pacto y acuerdo parece ser confirmado con un juramento en Hebreos 7:28. Y por este servicio, se requiere que Cristo le pida a Dios, [quien] le dará a las naciones como su herencia (Salmo 2:8). Observe cómo la iglesia de Dios es dada a Cristo como una recompensa por la obediencia que demostró al aceptar ser una garantía para nosotros. Algunos afirman que esta estipulación es ese consejo de paz al que se refiere el profeta: “y consejo de paz habrá entre ambos”, o sea entre el Señor y “el varón cuyo nombre es el Renuevo” (6:12). Por este acuerdo, Cristo es llamado el segundo Adán (1ª Corintios 15:45, 47; Romanos 5:12-19). Porque así como con el primer Adán Dios [prometió solemnemente] un pacto sobre él y su posteridad, prometió también un [pacto] con Cristo y su posteridad en cuanto a la vida eterna que se obtiene a través de él. No niego que algunas promesas fueron solo para la persona de Cristo y que no descendería a sus hijos, como por ejemplo: “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies” (Hebreos 1:13). “Verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada” (Isaías 53:10). “Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra” (Salmo 2:8). Pero hay otras promesas hechas a él y a los suyos, como lo es la gran promesa: “Yo seré a él Padre, y él me será a mí hijo” (Hebreos 1:5; Jeremías 32:38)… y aquella promesa especial de gracia espiritual (Juan 1:16), de justificación (Isaías 50:8), de victoria y dominio (Salmo 110:2), del reino de la gloria (Lucas 24:26). Cada una fue hecha primero a Cristo, y luego a nosotros.

La cuestión desde la eternidad ha sido: “Aquí está el hombre perdido”, le dijo Dios a su Hijo, “pero en el cumplimiento del tiempo ve y nace de carne y hueso, muere por ellos y satisface mi justicia. Ellos serán tu porción y serán llamados: ‘Pueblo Santo, Redimidos de Jehová’ (Isaías 62:12). Esto harás”, dijo el Padre, “y sobre estos términos los que creen vivirán”. Este era el pacto de Dios con su Hijo amado por nosotros, a quien el Hijo (por así decir) contestó una vez más: “Padre, iré y cumpliré lo que deseas, y serán míos para siempre. Cuando se haya cumplido el tiempo moriré por ellos, y ellos vivirán en mí. Tú no requieres ofrendas quemadas ni ofrendas por el pecado (no, se ofrendó a sí mismo), ‘Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado’ (Salmo 40:7-8). ¿En qué libro estaba escrito que Cristo vendría para hacer la voluntad de Dios? No solo en el libro de la Ley y los Profetas sino también en el libro de los decretos de Dios. En este sentido, [fue] ‘el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo’ (Apocalipsis 13:8). Su Padre desde antes de todos los tiempos lo designó para ser nuestro Sumo Sacerdote, y él, desde toda eternidad estuvo de acuerdo en hacer lo que su Padre quería.

(1) actos inmanentes – actos mentales que se realizan enteramente dentro de la mente.

(2) pacto de redención – el acuerdo entre los miembros de la Deidad, especialmente el Padre y el Hijo, de redimir a los pecadores: Dios el Padre determinó realizar la salvación a través de la Persona y obra de Dios el Hijo, y la aplicación de la salvación a través del poder regenerador de Dios el Espíritu Santo. 

De Looking unto Jesus (Con los ojos puestos en Jesús), Sprinkle Publications www.sprinklepublications.net

Isaac Ambrose (1604-1664): Anglicano, luego pastor presbiteriano, reconocido por su vida excepcionalmente santa, nacido en Ormskirk, Lancashire, Inglaterra.   

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