Reciente

Post Top Ad

Your Ad Spot

martes, 31 de diciembre de 2019

Cristo es de valor incalculable

CRISTO ES DE VALOR INCALCULABLE
“Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso” (1ª Pedro 2:7)
Por: Octavius Winslow (1808-1878)

Una firme convicción de lo precioso que es el Salvador, o sea de su valor incalculable, siempre ha sido considerada por ministros iluminados del evangelio como una evidencia bíblica e indubitable de la existencia de vida divina en el alma. Y en momentos cuando ni el tiempo ni las circunstancias permiten un estudio profundo de un credo teológico ni un buen análisis de sentimientos y emociones espirituales, la pregunta única y sencilla sobre la cual descansa todo el tema ha sido: “¿Cuál es tu experiencia de la valía del Salvador? ¿Es Cristo de un valor precioso para tu corazón?” La respuesta a esta pregunta ha sido la prueba con la cual medir el cambio vital y espiritual del alma. ¡Y qué apropiado que lo sea! En proporción a cómo el Espíritu Santo imparte un sentido real, inteligente de lo pecaminoso que es uno, será el aprecio del corazón por la valía, la suficiencia y el valor incalculable del Señor Jesús…

Comenzamos con una consideración del valor incalculable personal de Cristo —el valor incalculable en sí mismo. Es la convicción de la dignidad y el valor personal de Cristo lo que da a la fe la comprensión tan sustancial de lo grandioso y del valor incalculable de su obra. Necesitamos, amados, una advertencia contra un error en el cual algunos han caído —el de exaltar la obra de Cristo por sobre la persona de Cristo— en otras palabras, el de no vincular la eficacia del sacrificio de Cristo con la dignidad esencial de la persona de Cristo.

Si admitimos la divinidad del Salvador, su muerte expiatoria es un hecho fácil de creer. Una vez que reconocemos que el que murió en la cruz era “Dios… manifestado en carne”, no tendremos ninguna dificultad en admitir que aquella muerte fue sacrificial y expiatoria. Los sufrimientos y la muerte de un Ser tan glorioso debe estar en armonía con un objeto y relacionado con un resultado de igual dignidad e importancia; ¿y dónde se puede encontrar un objeto y un resultado tan glorioso como la salvación del hombre?... No hubiera ninguna gloria en sus logros, ninguna importancia en su obra, ninguna eficacia en su sangre, de no haber dignidad y valor divinos en su persona. Y si no hubiera dado ni un solo paso en obrar la salvación del hombre —si no hubiera reparado ninguna brecha, ni vertido ninguna lágrima, soportado ninguna agonía, ni derramado sangre por la redención de su iglesia —si, en suma, no hubiera él conferido ni una solitaria bendición sobre nuestra especie, igual hubiera sido el Hijo eterno de Dios: divino, único, glorioso, el objeto de amor y adoración eternos de todos los seres celestiales y por toda la eternidad. Entonces, mientras que su obra sacrificial ilustra su maravilloso amor y gracia para con los pecadores, esta debe toda su aceptación y eficacia al valor que le imparte la deidad esencial de su persona. Por lo tanto es el valor incalculable personal de Cristo lo que da un valor oficial a su obra.

¿Quién, entonces, es el Señor Jesucristo? Comúnmente, la gente lo llama “nuestro Salvador”. Pero, ¿se detiene y reflexiona la mayoría sobre quién es realmente Cristo? ¿Lo consideran el Creador de este mundo, de todos los mundos? ¿Creador de su ser, de todos los seres? Consideran que “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3). Si lo hicieran, ¿no le rendirían homenaje divino, ya que aquel que crea tiene que anteponerse y estar por encima de todo lo creado, y ser por lo tanto, preexistente y divino?

¡Qué verdad grandiosa y gloriosa es esta al alma creyente —la deidad absoluta del Salvador— la divinidad esencial de Cristo! ¡Cómo granjea su cariño siendo la Roca de la Eternidad sobre la cual basa su esperanza! Qué valor incalculable tiene cada evidencia del poder, la estabilidad y la perpetuidad divina sobre la cual el creyente pecador pone toda su fe para salvación. De valor incalculable, es pues Cristo como Dios. Valioso en su deidad —valioso como una persona en particular de la venerable divinidad— valioso como Dios sobre todas las cosas, bendito por siempre jamás (Romanos 9:5). Haz una pausa, lector cristiano, para maravillarte y elevar tus alabanzas ante esta augusta verdad. Si hubiera un lugar donde debiéramos quitarnos el calzado, sería este. ¡Con qué reverencia profunda, con qué sobrecogimiento silencioso, pero sobre todo con cuánto amor adorador debemos contemplar la divinidad de nuestro Redentor! ¡Si no fuera por esa Divinidad estaríamos perdidos para siempre! Su obediencia a la Ley, su satisfacción a la justicia de Jehová, no hubieran tenido ninguna eficacia, si no hubiera sido por la autoridad, dignidad y virtud de su naturaleza divina. No cuestionemos el hecho por lo misterioso de su método. Cómo pudo encarnarse Jehová es una maravilla que en este estado de conocimiento limitado, jamás podremos comprender plenamente; basta con saber que así fue.

Hagamos que la razón adore con reverencia, y que la fe confíe implícitamente… No vacilemos en creer plenamente en todas las verdades gloriosas del evangelio y de poner todo el peso de nuestra alma sobre la expiación de Jesús, y de creer que, aunque somos pecadores, lo  principal es el valor divino y la eficacia soberana de su sacrificio, por lo cual seremos salvos eternamente porque nuestro Creador es nuestro Salvador, Juez y Justificador.

Esta representación personal de nuestro Señor Jesús incluye también el valor incalculable de su humanidad. Su alianza personal con nuestra naturaleza, su condescendencia hacia nuestra humanidad, es uno de los rasgos más atractivos al corazón de sus santos creyentes. Hemos proclamado deidad absoluta para el Hijo de Dios; ahora proclamamos su humanidad perfecta. Fue “hecho” carne, verdadera y sustancial; no obstante, “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (Hebreos 7:26). Una humanidad idéntica en todo a la de su pueblo, menos su pecado original y real. El “que no conoció pecado” (2ª Corintios 5:21). A pesar de ello, ¡qué portador de pecados fue! ¡Todas las transgresiones de sus electos se acumularon sobre él! Pero solo podía cargar con los pecados porque él mismo estaba libre de sus manchas. Si hubiera tenido siquiera el hálito más remoto de contaminación, si hubiera circulado por sus venas una gota de virus moral, hubiera sido totalmente y por siempre incapaz de presentar a la justicia de Dios una expiación por el pecado. Hubiera tenido que, como los sumo sacerdotes de antaño, ofrecer “primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo” (Hebreos 7:27). De qué valor incalculable es pues, nuestro Señor Jesús como “hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne”.

Pensemos en su humanidad perfecta —una humanidad libre de pecado, y por ello, capaz de morir por los impíos— una humanidad llena de aflicciones, y por lo tanto capaz de identificarse con el afligido. Valioso para nuestro corazón por ser Dios —valioso como Hombre— valioso como ambos en uno —de valor inconcebible y eterno es él cuyo nombre es “admirable” (Isaías 9:6) a los ojos de sus santos creyentes. ¡Anunciemos, oh anunciemos lo preciado de la humanidad del Hijo de Dios que realmente compartió nuestra condición y todavía se compadece totalmente de las debilidades, flaquezas, tentaciones y tristezas sin pecado de su pueblo! ¡Humanidad de valor incalculable! Que cuando otras amistades humanas cambian, otros amores humanos se enfrían y otras compasiones humanas se acaban, podemos volvernos y encontrar un árbol de hoja perenne, un arroyuelo perpetuo, una fuente que sin pausa borbotea afecto, ternura y compasión, satisfaciendo totalmente los profundos anhelos de nuestro corazón. ¡Humanidad de valor inmedible! que seca cada lágrima, que se atribuye cada carga, que está sujeto a cada flaqueza, que consuela cada tristeza y que socorre en cada momento de tentación de su pueblo. “Debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:17-18).

¡Ay pues, todos nosotros sus santos, amemos al Señor; alabémoslo, todo su pueblo! En todos nuestros dolores profundos, nuestras aflicciones de soledad, nuestras duras pruebas, nuestras tentaciones ardientes, nuestras necesidades apremiantes y flaquezas cotidianas, recurramos al socorro, al consuelo y la intercesión de la humanidad de Cristo, y comprobemos su valor incalculable para sus hijos angustiados y afligidos. Sobre esta roca de la persona compleja de Cristo, Dios ha edificado su iglesia, y las puertas del infierno no pueden prevalecer contra ella.

El valor incalculable del Señor Jesús incluye su obra… Notemos la obra preliminar de nuestra salvación. “Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable” (Isaías 28:16). Sobre tal fundamento buscamos una superestructura en todo sentido digna de su costo y capacidad. La encontramos en la obra de Jesús. ¡Oh, qué superestructura es nada menos que la salvación de su iglesia! Una obra tal era digna de Dios y de toda la gloria, sabiduría, y potencia invertida en su cumplimiento. En ninguna parte tenemos una vista más perfecta de la gloria divina que a través de la cruz. El cielo magnífico que se extiende sobre nosotros, adornado e iluminado con mundos infinitos, palidece ante la gloria tenue, el esplendor suave de la cruz de Cristo.

¡En ninguna parte le parece Jehová-Jesús tan exaltado a la mente creyente y espiritual como cuando se humilla, tan glorioso como cuando está eclipsando, tan santo como cuando carga el pecado, tan amante como cuando sufre su castigo, tan triunfante como cuando es vencido en la cruz! ¡Oh, no busques a Dios en el cielo estrellado, en la sublimidad de la montaña, en la belleza del valle, en la grandeza del océano, en el murmullo del arroyuelo, ni en el silbido del viento! Dios hizo todo esto, pero nada de esto es Dios. ¡Búscalo en la cruz de Jesús! Contémplalo a través de este maravilloso telescopio, y aunque, como viendo oscuramente a través de un vidrio, verás su gloria —la Divinidad en un eclipse temible, el Sol de su deidad poniéndose en sangre— no obstante, la cruz tosca y ensangrentada revela con más claridad la mente de Dios, más armoniosamente muestra las perfecciones de Dios, más perfectamente descorre el velo del corazón de Dios y más plenamente exhibe la gloria de Dios que el poder combinado de diez mundos como este, aun si el pecado nunca lo hubiera manchado y la maldición nunca lo hubiera arruinado. Busca a Dios en Cristo, y a Cristo en la cruz. ¡Oh las maravillas que contiene —la gloria que se agolpa a su alrededor, los torrentes de bendiciones que fluyen de ella, la sombra penetrante y refrescante en la experiencia feliz de todos los que viven con sus ojos puestos en Jesús, que confían en Jesús y aman, que confían en Jesús y obedecen, que confían en Jesús y se apropian de esa bendita “esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos” (Tito 1:2).

¡Qué estructura digna es esta de un fundamento tan divino! ¿Qué pudiera ser más digno de Dios, cuya esencia es “amor”, que la salvación de su pueblo? En nada como esto podría aparecer con más claridad como él mismo. Sobre ninguna plataforma podría tan honorable y completamente descorrer el telón de sus perfecciones, y presentarse en toda su majestuosidad, tan “grande para salvar” (Isaías 63:1). Creyente humilde en Cristo, ¡eres salvo! Santo feliz de Dios, ¡estarás en el cielo! ¡Cristo ha pagado tu deuda, abierto tu prisión, roto tus cadenas y liberado de la maldición de la Ley, de la condenación del pecado y de la pena de muerte, de modo que estarás para siempre con el Señor! ¿No es esto suficiente para hacer que toda tu vida, aunque con sus sombras y llena de vaivenes, sea un dulce salmo de alabanza, con el que aprendes las primeras notas del canto que cantarás por toda la eternidad?

De qué valor incalculable es la justicia de Cristo —una justicia que justifica totalmente a nuestra persona, cubriendo totalmente nuestra deformidad y presentándonos a Dios… Y contemplemos el valor incalculable de su sacrificio, que es como “olor fragante” (Efesios 5:2) que se eleva del altar de oro delante del trono en una nube constante de incienso, aromatizando a las personas, perfumando las oraciones, acompañando las ofrendas y presentando con aceptación cada aliento de devoción, cada acento de alabanza y cada muestra de amor que su pueblo aquí en la tierra pone a sus pies. “Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14). Esa “sola ofrenda” ofrecida una sola vez para todos fue tan divina, tan santa, tan completa, tan satisfactoria que perfeccionó para siempre el perdón, perfeccionó la justificación, perfeccionó la adopción y perfeccionará la santificación cuando perfeccione la gloria de todos los escogidos de Jehová. Amados, ¿no basta esto para apagar cada suspiro, acallar cada temor, aniquilar cada duda y llenarnos de paz y gozo porque creemos? ¡Qué aclamaciones de alabanza a Jesús debieran brotar de cada boca al contemplar cada creyente el sacrificio por el cual le fue asegurada su salvación eternal!… Creyentes, demostremos nuestra comprensión del valor incalculable de este gran sacrificio, trayéndole diariamente nuestros pecados, recibiendo consuelo de él cada hora, y por medio de entregarnos cuerpo, alma y espíritu, como sacrificio vivo a Dios.

De qué valor incalculable es Cristo por todos los oficios y relaciones que mantiene con su pueblo. De valor incalculable es la Cabeza, la Cabeza de su pueblo por la garantía del pacto, el origen de la vida, la sede del poder, la fuente de toda bendición. Lector, ¡aférrate a la cabeza que es Cristo! No reconozcas ninguna cabeza legislativa, ninguna cabeza administrativa, ninguna cabeza de las autoridades, ninguna cabeza actual de la Iglesia, sino solo al SEÑOR JESUCRISTO. Existen en la actualidad corrientes de dominación sacerdotal en la Iglesia de Dios, que se levantan contra esta verdad cardinal y contra la cual nos tenemos que mantener en guardia. ¡No reconozcamos ninguna Cabeza o Rey en Sión más que el Señor Jesús! Demostremos nuestro reconocimiento, reverencia y amor a su gobierno vindicando su soberanía, doblegándonos a su autoridad y obedeciendo sus leyes. ¡Oh, qué bendición es estar bajo la soberanía santa, benigna y tierna del gobierno de Cristo, cuyo cetro es un cetro de justicia, tan suave y amante en su balanceo que “la caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará!” (Mateo 12:20)…

¿PERO PARA QUIÉN ES CRISTO DE VALOR INCALCULABLE? Esta es una pregunta muy importante. No lo es para todos. Es una clase privilegiada, un pueblo singular, una manada pequeña, con pocas ovejas desparramadas, escondidas y desconocidas las que sienten el valor incalculable del Salvador. Solo para el creyente es Cristo de valor incalculable; la declaración del Espíritu Santo “para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso”. Esto es cierto filosófica al igual que bíblicamente. No puede haber una convicción del valor de un objeto del cual no tenemos una percepción clara e inteligente. Tiene que haber algo que despierte el interés, que produzca admiración, que inspire amor; el objeto tiene que ser visto, conocido y puesto a prueba.

Ahora bien, la única facultad espiritual que discierne a Cristo y al discernirlo advierte su valor inmedible, es la fe. La fe es el ojo espiritual del alma. La fe ve a Cristo; y al ver a Cristo, su excelencia es revelada. Al ir revelándose su excelencia, se convierte en un objeto amado. ¡Oh, qué hermoso y qué glorioso es Jesús para los ojos claros y con la visión clarividente de la fe! La fe lo contempla a él, el que no tiene paralelos, su hermosura eclipsando, su gloria opacando al resto de los seres. La fe ve su majestad en su humildad, dignidad en su condescendencia, honor en su humillación, belleza en sus lágrimas, transcendente, sobrepasando su gloria en la cruz… Amados, en la proporción en que la dignidad, hermosura y excelencia personal del Señor Jesús se va manifestando a los que creen, se va entronizando con más seguridad y profundidad en el más cálido amor del corazón. Tenemos que conocer al Señor Jesús para admirarlo, tenemos que admirarlo para amarlo y tenemos que amarlo para servirle.

El creyente también ve una idoneidad en Cristo, lo ve justamente como el Salvador apropiado para las necesidades de su alma, y esto lo hace de un valor singular e incalculable. “Lo veo”, exclama el creyente, “exactamente como el Cristo que necesito: su plenitud llena mi vaciedad, su sangre limpia mi culpa, su gracia apaga mi pecado, su paciencia aguanta todas mis flaquezas, su mansedumbre socorre mi debilidad, su amor aviva mi obediencia, su compasión calma mis aflicciones, su hermosura es atractiva a mi vista. Es justo el Salvador, justo el Cristo que necesito, y no hay palabras que puedan describir su valor incalculable para mi alma”… El creyente puede decir: “Cristo es mío, y tengo todas las cosas en uno, en Cristo quien es mi todo en todo”. Esta fe temblorosa y simple, sublime en su sencillez, poderosa en sus temblores, toma en su regazo todos los tesoros del pacto eterno de gracia y toda la plenitud de la Garantía del pacto, y exclama: “Todo es mío porque Cristo es mío, y yo soy de Cristo”… Si has acudido a Jesús como un pecador creyente, pobre y vacío, no hay un latido de amor de su corazón amante, ni una gota de sangre de sus venas, ni una partícula de gracia en su plenitud mediadora, ni un pensamiento de paz en su mente divina que no sea tuyo, todo tuyo, indubitablemente tuyo, tan tuyo como si fueras el único que lo posee. Y en la proporción en que te relacionas con Cristo andando individualmente con él, viviendo en él, viviendo de él, relacionándote tan personalmente con él como él se relaciona contigo, más lo irás estimando y de más valor irá siendo para tu alma…

Existen circunstancias específicas en las experiencias del creyente cuando Cristo le es a su alma de un valor especialmente incalculable. Por ejemplo: en los escondrijos más recónditos de los pecados escondidos del corazón —cuando el Espíritu Santo revela más de la corrupción innata de nuestra naturaleza y nos da más percepción espiritual de lo sumamente pecaminoso del pecado, ¡oh, de qué valor incalculable es entonces la obra consumada de Cristo!— ¡de cuánto valor incalculable la sangre que limpia de todo pecado! Si Dios te está guiando por esta etapa de la experiencia cristiana, no te alarmes, amado. No es más que para levantar a su Hijo amado sobre los destrozos y las ruinas de tus propios méritos, fuerzas y suficiencias. Él quiere que amemos a su Hijo con un amor como el suyo: un amor divino, supremo, inefable; y esto lo podemos sentir únicamente a la luz de nuestra propia nulidad.

En momentos de recaídas espirituales, de qué valor incalculable nos es Cristo como Restaurador de sus santos, como el pastor que va en busca de la oveja perdida y la trae de vuelta al redil con regocijo. ¡Qué indescriptiblemente amado es el Salvador al corazón desviado que ha sido restaurado! Nuestras recaídas son constantes y graves, nuestros sentimientos fluctúan y se descarrían, nuestro amor desfallece, nuestro celo se enfría, nuestro andar a menudo es débil e inseguro, pero Jesús no le quita la mirada a la obra que él mismo ha hecho en el alma, y nunca ni por un momento pierde de vista a su oveja descarriada…

¡De qué valor incalculable es Cristo en las temporadas de tentación ardiente! Cuando aparece el enemigo vestido como ángel de luz, con pasos cautelosos, palabras irresistibles y sutil persuasión para atrapar y seducir a los desprevenidos e incautos —lanzando sus flechas al fundamento mismo de nuestra fe— insinuando sus dudas acerca de la verdad de la Biblia, de la existencia de Dios, de la suficiencia del Salvador y de la realidad de un mundo futuro, intentando sacudir nuestra seguridad, oscurecer la esperanza y destruir la paz del pueblo de Dios; ¡oh, de cuánto valor es entonces Cristo como Conquistador y Vencedor sobre Satanás; como el que da fuerzas el creyente tembloroso para apagar la flecha ardiente en su propia sangre y refugiarse bajo sus alas protectoras!... Él, quien solo y sin ayuda, luchó contra Satanás aquellos cuarenta días y noches en la soledad del desierto: él quien “fue tentado en todo según nuestra semejanza” (Hebreos 4:15) y “sabe… librar de tentación a los piadosos” (2ª Pedro 2:9) pronto herirá a Satanás y lo aplastará bajo nuestros pies (Romanos 16:20).

En la hora de la adversidad, de la prueba, del dolor, ¡oh, de qué valor incalculable es Cristo para el creyente! Amados, pareciera que hasta ese momento nunca lo hubiéramos conocido. Por cierto que nunca habíamos sabido por experiencia que había en su corazón tanta humanidad, ternura y compasión hasta que la aflicción embargó el nuestro. No teníamos idea qué fuente de compasión había allí. Una vuelta en nuestro camino, una nuevo curso en nuestra vida o una nueva etapa en nuestro peregrinaje se ha congelado con el copo de nieve arrasando con la tormenta invernal todo el paisaje de la vida: desaparece nuestra fortuna, se apartan los amigos, falla la salud, amenaza la pobreza, presionan las carencias, oh, qué triste y solitario parece la senda por la que andamos. Pero hagamos una pausa, ¡no todo es invierno! ¡Se acerca Jesús! Descubre su pecho una vez traspasado, muestra su corazón una vez triste, y nos recoge en su seno bendito, nos protege del viento y nos resguarda de la tempestad. Nunca habíamos sabido hasta ahora que Jesús tenía una ternura tan exquisita… Lo temporal ha dejado un vacío, pero Cristo ha venido y lo ha llenado. Lo mundano nos ha empobrecido, pero los tesoros del amor divino nos han enriquecido. En el Señor Jesús, hemos más que encontrado al ser amado que perdimos; y si en el mundo hemos tenido tribulación, en él hemos encontrado paz. ¡Oh dulce aflicción! ¡Oh tristeza sagrada que entroniza y atesora a nuestro Salvador con más preeminencia y profundidad en nuestra alma!

Existe una supremacía en el sentimiento del valor incalculable de Cristo por parte del creyente, que vale la pena subrayar. Cristo tiene la preeminencia en los sentimientos de los regenerados. “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Salmo 73:25). Escucha sus propias palabras, confirmando su derecho a un afecto único y supremo: “El que ama a padre o madre” —hermano o hermana, esposa o hijos—“más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37). Hay lazos naturales de afecto: paternales, maternales, conyugales y filiales; los hay también, de amistad y amor humano, uniendo los corazones. De ellos, ni una palabra en contra dice aquel que inspiró estos afectos y que formó estos lazos, no niega su existencia ni los prohíbe. No, la religión que él vino a inculcar reconoce claramente estas relaciones humanas, y busca fortalecerlas e intensificarlas por medio de purificarlas, elevarlas e inmortalizarlas. ¡Pero tomemos nota de las palabras enfáticas que empleó Jesús: “más que a mí”!... En suma, Cristo tiene que llegar a ser más supremo y de más valor para nosotros que cualquier otro dulce amor o relación en la vida…

Recibamos como de valor incalculable todo lo que fluye del gobierno de Jesús. Un Cristo de valor incalculable no puede darnos nada que no sea de valor incalculable. Recibamos de buen grado la reprimenda: puede ser humillante; recibamos de buen grado la prueba: puede ser dolorosa; recibamos de buen grado la lección: puede ser difícil; recibamos de buen grado la copa: puede ser amarga; recibamos de buen grado todo lo que procede de Cristo en nuestra propia vida. Todo lo que Jesús envía es costoso, beneficioso y valioso… Aun las dispensaciones disciplinarias más severas en el gobierno de Cristo son tanto el fruto de su amor eterno y redentor como la expresión más tierna y conmovedora de ese amor pronunciada desde la cruz. Todo los tratos con Cristo son sabios, beneficiosos y de valor incalculable. Sus enseñanzas, sus heridas, sus negativas, su retraerse, el cambio de su rostro, sus tonos alterados, cuando, en suma, levanta su mano y la hace caer sobre nosotros, golpeándonos siete veces, aun entonces, ¡oh, de cuánto valor debiera ser Cristo para el alma que cree! ¡Es entonces cuando aprendemos por experiencia qué bálsamo emana de su corazón traspasado para aquella herida que su propia mano causó!... ¡Oh, Cristo precioso! Tan divino, tan absolutamente suficiente, tan indescriptiblemente precioso, ¿cómo no vamos a recibir con agradecimiento y sumisión todo lo que envías…?

Pero se aproxima una época —¡ah, con cuánta rapidez!— que será grave y difícil, y no obstante, la prueba más dulce y auténtica del poder vigorizador y calmante del valor incalculable de Cristo en la experiencia de sus santos: la última enfermedad y la escena final de la vida. Imagínate que ese momento ha llegado. Todas las atracciones del mundo dejan de ser, todo lo que nutre a la criatura fracasa. Todo se está debilitando. El corazón y las fuerzas se debilitan, el poder de la mente se debilita —la ciencia médica fracasa— se debilitan los sentimientos; el velo de la muerte empaña la mirada, y se va descorriendo el velo de las realidades invisibles del mundo del espíritu. Inclinado sobre ti, tu ser querido que te ha acompañado hasta la orilla del río helado, te pide una señal. Pero estás demasiado débil para formar un pensamiento, para decir una palabra, demasiado ensimismado para responder con una mirada. No puedes ahora demostrar tu fe en un credo elaborado, y no tienes ninguna experiencia profunda, ni emociones extáticas ni visiones celestiales para describir. Una sola frase breve, pero muy enfática contiene todo lo que ahora sabes, crees y sientes. Es tu profesión de fe, la suma total de tu experiencia, el fundamento de tu esperanza: “CRISTO ES PRECIOSO PARA MI ALMA”. ¡Basta! Es todo lo que el cristiano moribundo puede dar y todo lo que el amigo inquisitivo puede esperar.

¡Queridísimo Salvador, quédate muy cerca de mí en ese momento solemne! Camina a mi lado por el valle, recuesta mi lánguida cabeza sobre tu pecho, dime estas palabras de aliento a mi alma fatigosa y jadeante que ya parte de este mundo: “No temas, porque yo estoy contigo” (Isaías 43:5). Entonces, la muerte será felicidad para mí —la muerte no tendrá nada nocivo, la tumba nada de oscuridad, la eternidad ninguna ansiedad; y, por mi amplia experiencia de tu valor incalculable sobre la tierra, pasaré triunfante por el tenebroso portal a tu luz esplendorosa, al cumplimiento perfecto y al gozo eterno de todo lo que la fe creyó, el amor anheló y la esperanza anticipó de tu gloria absoluta y tu valor incalculable en el cielo.

Tomado de "The Preciousness of Christ" (Lo precioso de Cristo) en The Precious Things of God (Las cosas preciosas de Dios), Soli Deo Gloria, una división de Reformation Heritage Boks, www.heritagebook.org

Octavius Winslow (1808-1878): Pastor inconformista; nacido en Londres, Inglaterra, criado en Nueva York, enterrado en Abbey Cemetery, Bath, Inglaterra.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario