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sábado, 9 de noviembre de 2019

Obediencia



«Guarda silencio y escucha, oh Israel; hoy has venido a ser pueblo de Jehová tu Dios. Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos y sus estatutos» (Deuteronomio 27:9-10).

¿Cuál es el deber que Dios exige del ser humano?

La obediencia a su voluntad revelada. No basta con oir la voz de Dios, sino que también debemos obedecer. La obediencia forma parte de la honra que debemos a Dios: «Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra?» (Malaquías 1:6). La obediencia lleva la sangre vital de la religión: «Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos». La obediencia sin conocimiento es ciega, y el conocimiento sin obediencia es cojo. Raquel era hermosa a los ojos, pero al ser estéril, dijo: «Dame hijos, o si no, me muero»; de igual modo, si el conocimiento no engendra el hijo de la obediencia, morirá. «Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios» (1ª Samuel 15:22). Saúl pensaba que le bastaba con ofrecer sacrificios, aunque desobedeciera los mandatos de Dios; pero «el obedecer es mejor que los sacrificios». Dios desestima el sacrificio si no va acompañado de obediencia: «No hablé yo con vuestros padres, ni nada les mandé acerca de holocaustos [...]. Más esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz» (Jeremías 7:22). Esto no significa que Dios no les exigiera aquellos ritos religiosos de adoración, sino que buscaba fundamentalmente la obediencia, sin la cual el sacrificio no era más que una necedad devota. El propósito para el que Dios nos ha dado sus leyes es la obediencia: «Mis ordenanzas pondréis por obra, y mis estatutos guarderéis» (Levítico 18:4). ¿Para qué publica un rey un edicto si no es para que sea obedecido?

¿Cuál es la regla de obediencia?

La Palabra escrita. La obediencia adecuada es la que exige la Palabra; nuestra obediencia debe corresponderse con la Palabra, tal como la copia debe hacerlo con respecto al original. Parecer celoso, si no es de acuerdo con la Palabra, no es obediencia, sino culto voluntario (cf. Colosenses 2:23). Las tradiciones papistas, que carecen de respaldo escriturario, son abominaciones; y Dios dirá: «¿Quis quasevit haec?», «¿Quién demanda esto de vuestras manos?» (Isaías 1:12). El apóstol condena la adoración de ángeles afectando humildad (Colosenses 2:18). Los judíos podían decir que les espantaba atreverse a acudir a Dios directamente; eran más humildes, por lo que se postrarían ante los ángeles para que estos presentaran sus peticiones ante Dios. Sin embargo, este alarde de humildad era aborrecible para Dios, puesto que la Palabra no lo respaldaba.

¿Cuáles son los ingredientes que hacen que nuestra obediencia sea aceptable?

1) Debe ser cum animi prolubio, libre y alegre, o será una penitencia en lugar de un sacrificio: «Si quisiereis y oyereis» (Isaías 1:19). Aunque sirvamos a Dios con debilidad, podemos hacerlo de buen grado. Nos gusta ver a nuestros empleados acudir al trabajo con alegría. Bajo la ley, Dios quiere una ofrenda voluntaria (Deuteronomio 16:10). Los hipócritas obedecen a Dios a regañadientes y contra su voluntad; facere bonum, pero no velle (hacen el bien, pero no voluntariamente). Caín presentó su sacrificio, pero no su corazón. Cierta es esta regla: qucquidcor non facit, non fit; lo que el corazón no lleva a cabo no se hace. La voluntariedad es el alma de la obediencia. En ocasiones Dios acepta la voluntad sin la obra, pero jamás la obra sin voluntad. La alegría muestra que hay amor en el cumplimiento del deber; y el amor es a nuestro servicio lo que el sol al fruto; le da dulzura y madurez, y mejor su sabor.

2) La obediencia ha de ser devota y ferviente: «Fervientes en espíritu» (Romanos 12:11). Quae ebullit prae ardoe; tal como el agua se desborda al hervir, así también el corazón ha de desbordarse en cálido afecto en su servicio a Dios. Dios elige a los ángeles gloriosos que, por arder de devoción y fervor, reciben el apelativo de serafines, para que le sirvan en el Cielo. Bajo la ley, el caracol era impuro por tratarse de una criatura lenta y perezosa. La obediencia sin fervor es como el sacrificio sin fuego. ¿Por qué no habrá de ser nuestra obediencia vivaz y ferviente? Dios merece la flor y nata de nuestros sentimientos. Domiciano no aceptó que su estatua se labrara en madera o forjara en hierro, sino que debía estar hecha en oro. Los sentimientos vivos ofrecen un servicio vivaz, es el fervor lo que hace que la obediencia sea aceptable. Elías era ferviente de espíritu, y su oración abría y cerraba los cielos; y, en otra ocasión, oró y cayó fuego sobre sus enemigos (2ª Reyes 1:10). La oración de Elías obtuvo fuego del Cielo porque, al ser ferviente, elevó fuego hasta el Cielo; quicquid decorum ex fide proficiscitur, Agustín.

3) La obediencia ha de ser exhaustiva, debe alcanzar a todos los mandamientos de Dios: «Entonces no sería yo avergonzado [o, como se expresa en el hebreo, lo Ehosh, ruborizado], cuando atendiese a todos tus mandamientos» (Salmo 119:6). Quicquid propter Deum fit aequaliter fit (todas las exigencias de Dios requieren igual esfuerzo). Hay un marchamo de autoridad divina en todos los mandamientos de Dios, y, si obedecemos un precepto porque Dios así lo manda, debemos obedecer todos. La obediencia verdadera recorre todos los deberes de la religión, tal como la sangre corre por las venas o el sol por todos los signos del zodiaco. Un buen cristiano hace que la piedad evangélica y la ecuanimidad moral se besen mutuamente. Aquí es donde algunos descubren su hipocresía: obedecen a Dios en algunas cosas que son más fáciles y pueden contribuir a su renombre, pero dejan otras por hacer: «Una cosa te falta», unum deest (Marcos 10:21). Herodes oía a Juan el Bautista de buen grado, pero no estuvo dispuesto a renunciar a su incesto. Algunos oran, pero no dan limosna; otros dan limosna, pero no oran: «Diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23:23). El tejón tiene una pata más corta que otra y, de igual modo, estas personas andan más cortas en el cumplimiento de unos deberes que en otros. A Dios no le gustan tales sirvientes parciales, que hacen parte de la obra que les pide y dejan el resto sin hacer.

4) La obediencia ha de ser sincera. Debemos buscar la gloria de Dios en ella. Finis specificat actionem; en la religión el propósito lo es todo. El propósito de nuestra obediencia no debe ser acallar la voz de la conciencia, o granjearnos el aplauso o la estima de los demás, sino asemejarnos de forma creciente a Dios y glorificarlo: «Hacedlo todo para la gloria de Dios» (1ª Corintios 10:31). Lo que ha hechado a perder muchas acciones gloriosas y las ha privado de recompensa es que los objetivos eran erróneos. Los fariseos daban limosna, pero hacían sonar una trompeta para recibir la gloria de los hombres (Mateo 6:12). La limosna debe brillar, pero no refulgir. Jehú hizo bien al destruir a los adoradores de Baal, y Dios le elogió por ello; sin embargo, debido a que sus propósitos no eran buenos (puesto que buscaba asentarse en el reino), Dios lo estimó como poco menos que un asesinato: «Yo castigaré a la casa de Jehú por causa de la sangre de Jezreel» (Oseas 1:4). Debemos analizar los propósitos de nuestra obediencia; cabe la posibilidad de que un acto sea correcto, pero no así el corazón (2ª Crónicas 25:2). Amasías hizo lo recto ante los ojos de Dios, pero no con un corazón perfecto. Hay dos cosas fundamentales que deben tenerse en cuenta en la obediencia: el principio y el propósito. Aunque un hijo de Dios no llegue lejos en su obediencia, apunta en la dirección adecuada.

5) La obediencia ha de ser en Cristo y por medio de él: «Con la cual nos hizo aceptos en el Amado» (Efesios 1:6). Lo que procura nuestra aceptación no es nuestra obediencia, sino los méritos de Cristo. A menos que sirvamos a Dios de esta forma, esto es, en la esperanza y la confianza en los méritos de Cristo, agraviaríamos a Dios en lugar de complacerlo. Tal como cuando el rey Uzías ofreció incienso sin un sacerdote y Dios se airó tanto con él que lo castigó con la lepra (2ª Crónicas 26:20), así también, cuando no acudimos a Dios en Cristo y por medio de él, le ofrecemos incienso sin un sacerdote: ¿y qué cabe esperar más que severos reproches?

6) La obediencia ha de ser constante: «Dichosos [...] los que hacen justicia en todo tiempo» (Salmo 106:3). La obediencia verdadera no es como el color vistoso de un atuendo, sino una complexión apropiada. Es como el fuego en el altar, que se mantenía encendido siempre (Levítico 6:13). La obediencia de los hipócritas solo es transitoria; es como una capa de escayola que pronto se desmorona. Sin embargo, la obediencia verdadera es constante. Aunque nos enfrentemos a la aflicción, debemos perseverar en nuestra obediencia: «Proseguirá el justo su camino» (Job 17:9). Nos hemos comprometido a ser constantes; a renunciar a la pompa y las vanidades del mundo, y a luchar bajo el estandarte de Cristo hasta la muerte. Cuando un siervo cierra un acuerdo con su señor y se ha sellado el contrato, debe entregarle su tiempo; y, del mismo modo, en el bautismo se sella un contrato que se renueva en la Cena del Señor, cuando lo sellamos por nuestra parte, en virtud del cual nos comprometemos a ser fieles y constantes en nuestra obediencia. Por ello, debemos imitar a Cristo, que se hizo obediente hasta la muerte (Filipenses 2:8). La corona se deposita sobre la cabeza de la perseverancia: «Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones [...], y le daré la estrella de la mañana» (Apocalipsis 2:26,28).

PRIMERA UTILIDAD. Esto condena a quienes viven en contradicción con este texto y se han despojado del yugo de la obediencia: «La palabra que nos ha hablado en nombre de Jehová, no la oiremos de ti» (Jeremías 44:16). Dios pide a los hombres que oren en familia, pero lo desestiman por completo; les pide que santifiquen el día de reposo, pero se dedican a complacer sus propios deseos en ese día; les pide que se abstengan de la apariencia de pecado, pero no se abstienen del acto; viven en la venganza y en la impureza. Este es un gran desprecio a Dios; es rebeldía, y la rebeldía es similar al pecado de la hechicería.

¿A qué se debe que los seres humanos no obedezcan a Dios? Conocen su deber, pero no lo llevan a cabo.

1) No obedecen a Dios por falta de fe. ¿Quis credidit? «¿Quién ha creído a nuestro anuncio?» (Isaías 53:1). Si los seres humanos creyeran que el pecado es tan amargo, que el Infierno aguarda al final del camino, ¿acaso seguirían pecando? Si creyeran que existe tal recompensa para los justos, que la piedad es ganancia, ¿no la buscarían? Sin embargo, son ateos; no han comprendido plenamente estas cosas; es por eso por lo que no creen. La obra maestra de Satanás, la red con la que ha arrastrado a millones al Infierno, consiste en mantenerlos en la incredulidad; sabe que, si tan solo consigue impedirles creer en la verdad, tiene garantizado que no la obedezcan.

2) No obedecer a Dios es por falta de abnegación. Dios ordena una cosa, mientras que las pasiones de los hombres ordenan otra; y antes morirán que renegar de sus pasiones. Si no renegamos de ellas, no podremos obedecer a Dios.

SEGUNDA UTILIDAD. Obedezcamos la voz de Dios. Esta es la belleza de un cristiano.

1) La obediencia nos hace valiosos ante Dios, nos convierte en sus favoritos: «Ahora, pues, si diereis oído a mi voz y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos», mi porción, mis gemas, la manzana de mis ojos (Éxodo 19:5). «Daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida» (Isaías 43:4).

2) La obediencia no nos hace perder nada. Obedecer la voluntad de Dios es el camino para cumplir la nuestra. 1] ¿Queremos que nuestros bienes sean bendecidos? Obedezcamos a Dios: «Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos [...], bendito serás tú en la ciudad, y bendito tú en el campo [...]. Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar» (Deuteronomio 28:1,3,5). Obedecer es la mejor forma de prosperar materialmente, 2] ¿Queremos que nuestras almas sean bendecidas? Obedezcamos a Dios: «Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios» (Jeremías 7:23). Mi Espíritu será vuestro guía, santificador y consolador. Cristo «vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9). Al complacer a Dios, nos complacemos a nosotros mismos; al pagarle nuestros tributos, él nos da la dote. Podemos decir, junto con Amasías: «¿Qué, pues, se hará de los cien talentos?» (2ª Crónicas 25:9). No perdemos nada al obedecer. El hijo obediente recibe la herencia de su padre. Obedece y tendrás un reino: «A vuestro Padre le ha placido daros el reino» (Lucas 12:32).

3) ¡Qué pecado es la desobediencia! 1] Es un pecado irracional. No podemos desafiar a Dios: «¿Somos más fuertes que él?». ¿Medirá el pecador sus armas contra Dios? (1ª Corintios 10:22). Él es el Padre todopoderoso que tiene legiones a sus órdenes. Si no tenemos fuerza para enfrentarnos a él, es irracional desobedecerle. Es irracional, puesto que es contrario a toda ley y ecuanimidad. Recibimos nuestro sustento diario de él; en él vivimos y nos movemos. ¿No cabe pensar que, si vivimos por él, vivamos también para él? ¿Qué, tal como nos da nuestra porción, nosotros debemos entregarle nuestra lealtad? 2] Es un pecado destructivo: «Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio» (2ª Tesalonicenses 1:7-8). Quien se niega a obedecer la voluntad de Dios en sus mandamientos, lo hará con toda certidumbre en su castigo. Mientras que el pecador piensa que está desatando el nudo de la obediencia, tensa la cuerda de su propia condenación y se pierde sin excusa: «Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes» (Lucas 12:47). Dios dirá: «¿Por qué no obedeciste? Sabías cómo hacer el bien, pero no lo hiciste; tu sangre está, pues, sobre tu propia cabeza»

¿Qué medios habremos de utilizar para obedecer?

1) Una reflexión seria. Consideremos que los mandamientos de Dios no son gravosos, no nos piden nada irrazonable (1ª Juan 5:3). Es más fácil obedecer los mandamientos de Dios que pecar. Los mandamientos del pecado son pesados; ¡cómo se fatiga aquel que se encuentra sometido al poder de cualquier pasión! ¡Qué peligros corre, aun poniendo en peligro su salud y su alma, para poder satisfacer sus pasiones! ¡Qué viaje más tedioso acometió Antíoco Epífanes para perseguir a los judíos! «Se afanan por cometer iniquidad» (Jeremías 9:5, LBLA). ¿Y no son  más fáciles de obedecer los mandamientos de Dios? Afirma Crisóstomo que la virtud es más fácil que el vicio; la temperancia menos onerosa que la ebriedad. Hay quienes han sufrido menos para ir al Cielo que otros para llegar al Infierno.

Dios no nos ordena nada que no sea beneficioso: «Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo prescribo hoy, para que tengas prosperidad» (Deuteronomio 10:12-13). Obedecer a Dios no es tanto nuestro deber como nuestro privilegio; sus mandamientos  llevan alimento en su boca. Nos pide que nos arrepintamos, ¿y por qué? Para eliminar nuestros pecados (Hechos 3:1). Nos pide que creamos, ¿y por qué? Para que seamos salvos (Hechos 16:31). Cada mandamiento encierra amor: como si un rey pidiera a un súbdito que excavara una mina de oro y se quedara con el metal que extrajera.

2) La súplica ferviente. Imploremos la ayuda del Espíritu para poder ser obedientes. El Espíritu de Dios hace que la obediencia sea cómoda y placentera. Si el imán atrae el hierro, a este no le cuesta moverse; de igual modo, si el Espíritu de Dios aviva y atrae al corazón, no es difícil obedecer. Cuando sopla el viento del Espíritu Santo, nuestra obediencia navega a toda vela. Convierte su promesa en una oración: «Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos» (Ezequiel 36:27). La promesa nos estimula, mientras que el Espíritu nos capacita para que obedezcamos.

Por Thomas Watson (1620-1686). Los Diez Mandamientos (Páginas 7 a 16). 

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