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lunes, 11 de noviembre de 2019

Amor



Dado que la regla de obediencia es la ley moral compendiada en los Diez Mandamientos, la siguiente pregunta es:

¿En qué se resumen los Diez Mandamientos?

La síntesis de los Diez Mandamientos es amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente, y al prójimo como a nosotros mismos.

«Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6:5). El deber que se nos pide cumplir es el amor, la fuerza del amor: «De todo tu corazón». Dios no estará dispuesto a perder la más mínima parte de nuestro amor. El amor es el alma de la religión y lo que convierte a una persona en un cristiano verdadero. El amor es la reina de todas las virtudes; resplandece y brilla a los ojos de Dios como las gemas del peto de Aarón.

¿Qué es el amor?

Es un fuego santo encendido en los sentimientos en virtud del cual un cristiano percibe intensamente a Dios como el bien supremo.

El antecedente del amor es el conocimiento. El Espíritu ilumina el entendimiento y le descubre la belleza de la sabiduría, la santidad y la misericordia en Dios; y todas ellas son el imán que atrae el amor a Dios, Ignoti nulla cupido: quienes desconocen a Dios no pueden amarlo; si el sol se ha puesto en el entendimiento, habrá de ser noche cerrada en los sentimientos.

¿En qué consiste la naturaleza formal del amor?

La naturaleza del amor consiste en deleitarse en un objeto, Complacentia amantis in amato (el deleite del amante está en su amado), Aquino. Esto es amar a Dios, deleitarse en él: «Deléitate asimismo en Jehová» (Salmo 37:4), como una esposa se deleita en sus joyas. La gracia cambia los objetivos y los deleites de un cristiano.

¿Cuáles son las características de nuestro amor a Dios?

1) Si es un amor sincero, amamos a Dios con todo nuestro corazón: «Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón». Dios quiere el corazón en su totalidad. No debemos dividir nuestro amor entre él y el pecado. La madre genuina no permitirá que su hijo sea dividido en dos, como tampoco aceptará Dios un corazón dividido; debe ser un corazón entero.

2) Debemos amar a Dios propter ser, por sus propias excelencias intrínsecas. Debemos amarlo porque es maravilloso. Meretricius est amor plus annulum quam sponsum amare: «Es amor propio de ramera el que ama más la porción que la persona». Los hipócritas aman a Dios porque este les proporciona grano y vino; nosotros debemos amar a Dios por él mismo; por esas perfecciones que en él resplandecen. Se ama a Dios por sí mismo.

3) Debemos amar a Dios con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra vehemencia, tal como se dice en el texto en hebreo; debemos amar a Dios quoad posse, tanto como seamos capaces. Los cristianos deberían ser como serafines que se consumen de amor santo. Nunca podremos amar a Dios tanto como merece. Ni siquiera los ángeles del Cielo pueden hacerlo.

4) El amor a Dios debe ser activo en su propia esfera. El amor es un efecto diligente; pone a la cabeza a estudiar a Dios, las manos a trabajar y los pies a correr  por el camino de sus mandamientos. Se le denomina trabajo de amor (1ª Tesalonicenses 1:3). María Magdalena amaba a Cristo y derramó ungüentos sobre él. Nunca pensamos que hemos hecho lo suficiente por la persona a quien amamos.

5) E amor a Dios debe ser superlativo. Dios es la esencia de la belleza, un paraíso de deleite, y debe ocupar un lugar prioritario en nuestro amor. Nuestro amor a Dios debe estar por encima de todas las cosas, tal como el aceite flota sobre el agua. Debemos amar a Dios por encima de nuestros bienes y nuestros parientes. Grande es el amor que sentimos hacia estos últimos, tal como demuestra aquella historia que se contaba en la Academia Francesa acerca de una hija que amamantó a su propio padre cuando a este se le condenó a morir de hambre. Sin embargo, nuestro amor a Dios debe estar por encima de padre y madre (Mateo 10:37). Podemos dar la leche de nuestro amor a la criatura, pero Dios debe recibir la nata. La esposa guarda el jugo de sus granadas para Cristo (Cantares 8:2).

6) Nuestro amor a Dios debe ser constante, como el fuego que mantenían siempre encendido las vírgenes vestales en Roma. El amor debe ser como el pulso, que se mantiene mientras haya vida: «Las muchas aguas no podrán apagar el amor», ni las aguas de las persecución (Cantares 8:7). «Arraigados y cimentados en amor» (Efesios 3:17). La rama sin raíces se marchita; de igual modo, si no queremos que muera, el amor ha de estar bien arraigado.

¿Cuáles son las señales visibles de nuestro amor a Dios?

Si amamos a Dios, nuestro deseo correrá tras él: «Tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma» (Isaías 28:8). Quien ama a Dios busca la comunión con él: «Mi alma tiene sed de Dios» (Salmo 42:2). Los enamorados necesitan conversar a menudo entre sí. Quien ama a Dios ansía estar en su presencia; ama las ordenanzas: son el cristal sobre el que resplandece su gloria. En las ordenanzas entramos en contacto con aquel a quien aman nuestras almas; en ellas encontramos las sonrisas y los susurros de Dios, y un anticipo del Cielo. Quienes no sienten un deseo de las ordenanzas no aman a Dios.

La segunda señal visible es que los que aman a Dios son incapaces de encontrar satisfacción en nada sin él. Si a un hipócrita que finge amar a Dios le damos trigo y vino, podrá estar satisfecho sin Dios; sin embargo el alma en la que arde el amor a Dios no puede estar sin él. Los amantes desfallecen si no logran ver el objeto de su amor. Un alma con gracia puede soportar la falta de salud, pero no así la ausencia de Dios, que es la salud de su rostro (Salmo 43:5). Si Dios dijera a un alma que la ama plenamente: «Acomódate, nada en placer, solázate en los deleites del mundo, pero no disfrutarás de mi presencia», esta no se sentiría satisfecha. Ciertamente, si Dios dijera: «Te llevaré al Cielo, pero yo me retiraré a otra estancia y no podrás ver mi rostro», tampoco se sentiría satisfecha. Estar sin Dios es el Infierno. Dice el filósofo que el oro no puede existir sin la influencia del sol; ciertamente, no puede haber un gozo dorado en el alma sin la influencia de la dulce presencia de Dios.

La tercera señal visible es que quien ama a Dios aborrece aquello que se interpone entre Dios y él, y eso es el pecado. El pecado hace que Dios oculte su rostro; es como el insidioso que separa a dos grandes amigos; el odio del cristiano, pues, se vuelca por entero contra él: «Aborrecí todo camino de mentira» (Salmo 119:128). Los contrarios son irreconciliables; uno no puede amar la salud sin aborrecer la enfermedad; tampoco podemos amar a Dios sin aborrecer el pecado, que destruye nuestra comunión con él.

La cuarta señal visible es la empatía. Los amigos que aman se entristecen mutuamente por los males que les acontecen. Homero, en su descripción del dolor de Agamenón cuando se vio obligado a sacrificar a su hija, presentó a sus amigos llorando a su lado y acompañándolo entre llanto al sacrificio. Los amantes se entristecen juntos. Si tenemos un amor verdadero a Dios en nuestro corazón, no podemos más que entristecernos por las cosas que lo entristecen a él; nos tomaremos su deshonra como una afrenta personal, al igual que el lujo, la ebriedad y el desprecio a Dios y la religión: «Ríos de agua descendieron de mis ojos» (Salmo 119:136). Algunos hablan de los pecados de otros y se ríen de ellos; ¡sin embargo, ciertamente carece de amor quien se ríe de aquello que contrista a su Espíritu! ¿Ama a su padre quien se ríe al verlo escarnecido?

La quinta señal visible es que quien ama a Dios se esfuerza en hacerlo atractivo a los ojos de los demás. No solo admira a Dios, sino que canta sus alabanzas para atraer a otros y que también lo amen. La que está enamorada elogia a su amado. La esposa enamorada ensalza a Cristo, eleva una oración panegírica de su valía para persuadir a otros de que lo amen: «Su cabeza como oro finísimo» (Cantares 5:11). El amor verdadero a Dios no puede estar en silencio, sino que será elocuente a la hora de propagar su renombre. No hay mejor señal de que amamos a Dios que mostrar lo maravilloso que es e incrementar el número de seguidores.

La sexta señal visible es que quien ama a Dios llora amargamente ante su ausencia. María viene llorando: «Se han llevado a mi Señor» (Juan 20:13). Uno exclama: «¡He perdido la salud!», y otro dice: «¡He perdido mis bienes!», pero quien ama a Dios clama: «¡He perdido a mi Dios! No puedo disfrutar de aquel a quien amo». ¿Qué pueden hacer todos los consuelos mundanales una vez que Dios se halla ausente? Es como una comida en un funeral, donde hay mucho alimento pero ninguna alegría: «Ando ennegrecido, y no por el sol» (Job 30:28). Si Raquel lloraba desconsoladamente por la pérdida de sus hijos, ¿qué pincel o pluma puede retratar el dolor de un cristiano que ha perdido la dulce presencia de Dios? Tal alma se inunda de lágrimas; y, mientras se lamenta, parece como si le dijera a Dios: «Señor, tú estás en el Cielo, escuchando las melodiosas canciones triunfales de los ángeles; sin embargo, yo estoy aquí en el valle de lágrimas, llorando por tu ausencia. ¡Oh, cuándo volverás a mí para revivirme con la luz de tu rostro? Oh, Señor, si no vienes a mí, permíteme acudir a ti, donde disfrutaré de la sonrisa perpetua de tu rostro y jamás tendré que volver a lamentarme diciendo: "Mi amado se ha apartado de mí"».

La séptima señal visible es que quien ama a Dios está dispuesto a obrar y sufrir por él. Suscribe los mandamientos de Dios y se somete a su voluntad. Suscribe sus mandamientos: si Dios le pide que mortifique el pecado, ame a sus enemigos y sea crucificado al mundo, obedece. De nada sirve decir que amamos a Dios si desdeñamos sus mandamientos. Se somete a su voluntad: si Dios quiere que sufra por él, no lo discute, sino que obedece. «[El amor] todo lo sufre» (1ª Corintios 13:7). Dios hizo a Cristo sufrir por nosotros, y el amor nos hará sufrir por él. Es cierto que no todos los cristianos son mártires, pero todos ellos sí que albergan un espíritu de martirio; están dispuestos a sufrir si Dios así lo desea: «Ya estoy para ser sacrificado» (2ª Timoteo 4:6). No solo había sufrimientos preparados para Pablo, sino que él estaba preparado para los sufrimientos. Orígenes prefirió vivir despreciado en Alejandría que renegar de la fe con Plotino y alcanzar el favor del príncipe (Apocalipsis 12:11). Muchos dicen que aman a Dios, pero no aceptarían perder nada por él. Si Cristo nos hubiera dicho: «Te amo y te quiero, pero no puedo sufrir por ti, no puedo entregar mi vida por ti», habríamos cuestionado su amor; ¿y no habrá de cuestionar el Señor el suyo cuando fingimos amarlo pero no estamos dispuestos a sufrir nada por él?

PRIMERA UTILIDAD. ¿Qué diremos a quienes no tienen un ápice de amor a Dios en sus corazones? Han recibido la vida de él y, sin embargo, no lo aman. Les pone la mesa a diario y, sin embargo no lo aman. Los pecadores temen a Dios como un Juez, pero no lo aman como a un padre.  Ni toda la fuerza de los ángeles puede hacer que el corazón ame a Dios; los juicios no pueden hacerlo; solo la gracia omnipotente puede hacer que un corazón de piedra se funda en amor. Qué triste es carecer del amor de Dios. Cuando el cuerpo está frío y carece de calor, es señal de muerte; así también, quien no alberga amor a Dios en su corazón está espiritualmente muerto. ¿Vivirán con Dios quienes no lo aman? ¿Aceptará Dios un enemigo en su regazo? Quienes no sean atraídos con cuerdas de amor serán encadenados con las tinieblas.

SEGUNDA UTILIDAD. Estemos convencidos de amar a Dios con todo nuestro corazón y nuestras fuerzas. Apartemos nuestro amor de las demás cosas y depositémoslo en Dios. El amor es el corazón de la religión, el núcleo de la ofrenda; es la virtud que Cristo valora más. «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?» (Juan 21:15). El amor hace que todo nuestro servicio sea aceptable, es el perfume que le da fragancia. No es tanto en el deber como en el amor al deber en lo que Dios se deleita; servirle y amarlo, pues, se presentan juntos (Isaías 56:6). Es mejor amarlo que servirle; la obediencia sin amor es como el vino sin alcohol. Estemos convencidos, pues, de amar a Dios con todo nuestro corazón y nuestras fuerzas.

1) Lo único que Dios desea de nosotros es nuestro amor. El Señor podía habernos exigido que sacrificáramos a nuestros hijos; podría  habernos pedido que nos cortáramos o acuchilláramos nosotros mismos, o que pasáramos una temporada en el Infierno. Sin embargo, solo desea nuestro amor, solo quiere tener esa flor. ¿Es amar a Dios una petición descabellada? ¿Hubo alguna vez una deuda más fácil de pagar que esta? ¿Es un trabajo para una esposa amar a su marido? El amor es placentero. Non potest amor esse, et dulcis non esse (el amor, por definición, debe ser dulce), Bernardo. ¿Qué tiene nuestro amor para que Dios lo desee? ¿Por qué habría de desear un rey el amor de una mujer endeudada y enferma? Dios no necesita nuestro amor; ya tiene suficientes ángeles en el Cielo que lo adoren y lo amen. ¿De qué manera puede engrandecer a Dios nuestro amor? No añade un ápice a su bienaventuranza. No necesita nuestro amor y, sin embargo, lo busca. ¿Por qué quiere que le entreguemos nuestro corazón (Proverbios 23:26)? No es que necesite nuestro corazón, sino que pueda mejorarlo.

2) Seremos unos privilegiados si amamos a Dios. No busca nuestro amor para que salgamos perdiendo por ello: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1ª Corintios 2:9). Si estamos dispuestos a amarlo, recibiremos una recompensa por encima de nuestra fe. Nos desposará con el amor más sublime: «Te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia» (Oseas 2:19).  «Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos» (Sofonías 3:17). Si amamos a Dios, él nos hará partícipes de todas sus riquezas y honores, y nos concederá el Cielo y la tierra por dote, depositará una corona sobre nuestras cabezas. El emperador Vespasiano concedió una gran recompensa a una mujer que vino a él y profesó amarlo; sin embargo, Dios da una corona de vida a quienes lo aman. (Santiago 1:12).

3) El amor es la única virtud que nos acompañará al Cielo. En el Cielo no necesitaremos arrepentimiento, puesto que no tendremos pecado; no hará falta fe, puesto que veremos a Dios cara a cara; sin embargo, el amor a Dios perdurará para siempre: «El amor nunca deja se ser» (1ª Corintios 13:8). ¡Cómo habremos de alimentar esta virtud que sobrevivirá a todas las demás y existirá en paralelo a la eternidad!

4) Nuestro amor a Dios es una señal del suyo hacia nosotros: «Nosotros le amamos a él, por que él nos amó primero» (1ª Juan 4:19). No amamos a Dios por naturaleza, sino que tenemos corazones de piedra (Ezequiel 36:26). ¿Y cómo puede un corazón de piedra albergar amor alguno? El hecho de que lo amemos se debe a que él nos ama. Si el cristal produce fuego es porque el sol brilla sobre él; de igual modo, si nuestros corazones arden de amor, es señal de que el sol de justicia ha brillado sobre nosotros.

¿Qué haremos para amar a Dios apropiadamente?

1) Encomendarnos a la predicación de la Palabra. Tal como la fe viene por el oír, así también lo hace el amor. La Palabra nos presenta a Dios en todas sus incomparables excelencias; lo descifra y lo dibuja en toda su gloria, y la visión de su belleza inflama el amor.

2) Pidamos a Dios que nos dé un corazón con el que amarlo. Cuando el rey Salomón pidió sabiduría a Dios, el Señor se sintió complacido (1ª Reyes 3:10). De igual forma, cuando clamamos a Dios diciendo: «Señor, dame un corazón con el que amarte, me entristece no amarte más», esta oración complacerá al Señor con toda certidumbre, y él derramará su Espíritu sobre nosotros. Su aceite dorado hará arder la lámpara de nuestro amor.

3) Debemos amar a Dios manteniendo la llama de nuestro amor ardiendo en el altar de nuestro corazón. El amor es como el fuego, siempre propenso a apagarse: «Has dejado tu primer amor» (Apocalipsis 2:4). Al descuidar nuestro deber o amar en exceso al mundo, nuestro amor se enfriará. Oh, conservemos nuestro amor a él. Tal como procuramos conservar el calor natural de nuestro cuerpo, así también tengamos cuidado de mantener el calor del amor a Dios en nuestra alma. El amor es como el aceite a las ruedas, nos agiliza en nuestro servicio a Dios. Cuando el fuego se está apagando, añadimos más carbón; de igual modo, cuando la llama del amor se esté extinguiendo, utilicemos las ordenanzas como un combustible sagrado para mantener el fuego de nuestro amor ardiendo.

Por Thomas Watson (1620 - 1686) Los Diez Mandamientos (Páginas 16 a 25).

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