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sábado, 26 de octubre de 2019

Hechos 1:6-8



Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. (Hechos 1:6-8)

Comentario Bíblico de John MacArthur Hechos 1:6-7.

EL MISTERIO.

Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; (1:6-7)

Un componente paradójico de los recursos para continuar el ministerio del Señor era algo que los creyentes no conocían ni podían averiguar. Los apóstoles hablaron de la ferviente esperanza de su nación en que el Mesías vendría a ocuparse de su reino terrenal. A menudo, Jesús les enseñó proféticamente acerca del futuro (Mateo 13:40-50; 24, 25; Lucas 12:36-40; 17:20-37; 21:5-36). Lo que le preguntaron de modo entusiasta, Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? es, por tanto, perfectamente comprensible. Después de todo, aquí estaba el Mesías resucitado hablándoles acerca de su reino. Ellos no conocían ninguna razón para que el reino no se pudiera establecer de inmediato, puesto que la obra mesiánica señalaba que el final de la era había llegado. Se debe recordar que el intervalo entre las dos venidas del Mesías no se enseñó explícitamente en el Antiguo Testamento. Los discípulos en el camino a Emaús se desilusionaron en gran manera porque Jesús no redimió a Israel ni estableció su reino (Lucas 24:21). Además, los apóstoles sabían que Ezequiel 36 y Joel 2 relacionaban la venida del reino con el derramamiento del Espíritu que Jesús les acababa de prometer. Es comprensible que esperaran que la llegada del reino fuera inminente. Sin duda fue para este reino que habían esperado desde la primera vez que se unieron a Jesús. Habían experimentado una espiral de esperanza y duda que ahora sentían que podría acabar.

Sin embargo, Jesús rápidamente los devuelve a la realidad. A ellos no les correspondía saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad. Las Escrituras enseñan muchas cosas acerca del gobierno terrenal y glorioso de Jesucristo en su reino, pero no el momento exacto de su establecimiento. Tiempos (kairos) se refiere a características, particularidades de épocas, y sucesos. Dios, en su sola potestad, ha determinado todos los aspectos del futuro y el reino. Pero en lo que respecta a los hombres, esa sigue siendo una de “las cosas secretas” que “pertenecen a Jehová nuestro Dios” (Deuteronomio 29:29). Lo único que los creyentes pueden saber es que el reino será establecido en la Segunda Venida (Mateo 25:21-34). Sin embargo, el tiempo de la Segunda Venida permanece como algo secreto (Marcos 13:32).

Que Jesús no niegue la expectativa de los apóstoles de un reino literal y terrenal en que participe Israel es muy significativo. Muestra que el entendimiento que tenían del reino prometido era correcto, excepto por el tiempo de su llegada. Si se equivocaban respecto a un punto tan crucial en la enseñanza del reino de Jesús, que Él no los corrigiera sería desconcertante y engañoso. Una explicación más probable es que la expectativa de los apóstoles de un reino literal y terrenal reflejaba la propia enseñanza del Señor y el plan de Dios revelado claramente en el Antiguo Testamento.

Puesto que no se puede saber el tiempo de su venida y que el Señor podría regresar en cualquier momento (cp. 1ª Tesalonicenses 5:2), los creyentes deben estar constantemente listos. Todos deben recordar la solemne advertencia del Señor en Marcos 13:33-37:

Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.

Tal vigilancia y anticipación continuas a través de todas las generaciones de creyentes que esperan el regreso de Jesús ha servido como verdadero incentivo para vivir con urgencia y ministrar con pasión. 

Comentario Bíblico de John MacArthur Hechos 1:8b. (Ver Hechos 1:8a aquí)

LA MISIÓN.

Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. (1:8b)

En lugar de entrar en especulaciones inútiles sobre el tiempo de la venida del reino, los apóstoles debían centrarse en el trabajo pendiente. Testigos son aquellos que ven algo y lo cuentan a otros. Una vez presencié un intento de asesinato. Cuando testifiqué en la corte quisieron saber tres aspectos: lo que vi, oí y sentí. Recordé 1ª Juan 1:1-2, donde el apóstol escribe: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida… hemos visto, y testificamos, y os anunciamos”. Un testigo de Jesucristo es simplemente alguien que cuenta la verdad acerca de Él. Los apóstoles, como Pedro señala, vieron con sus “propios ojos su majestad” (2ª Pedro 1:16).

Este fue el objetivo principal para el cual vino el poder del Espíritu Santo. Y la iglesia primitiva fue tan eficaz que trastornó “el mundo entero” (Hechos 17:6). Jesús ordena a todos los creyentes ser testigos de la Gran Comisión: “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20).

Fueron tantos los cristianos que sellaron su testimonio con su propia sangre que martures (testigos) llegó a significar “mártires”. Su sangre, como declaró Tertuliano, teólogo del siglo II, se convirtió en la semilla de la Iglesia. Muchos se sintieron atraídos a la fe en Cristo al observar cómo los cristianos enfrentaban la muerte con calma y alegría.

Da la sensación de que los creyentes ni siquiera eligen ser testigos o no. Son testigos, y la única pregunta es cuán eficaz es su testimonio. Si la Iglesia ha de alcanzar al mundo perdido con las buenas nuevas del evangelio, he aquí la orden para los creyentes: “Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1ª Pedro 3:15). Tito 2 indica que en la manera en que los cristianos viven yace la plataforma de integridad y credibilidad en que se construye el testimonio personal eficaz. En ese texto, Pablo escribe que debemos vivir de tal modo “que la palabra de Dios no sea blasfemada” (versículo 5), “que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que decir de vosotros” (versículo 8), y “que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador” (versículo 10), a fin de que podamos hacer posible que el evangelio salvador llegue a todos de forma cautivadora.

Comenzando en Jerusalén, los apóstoles llevaron a cabo el mandato del Señor. Su testimonio se extendió más allá hasta toda Judea y Samaria (la región vecina) y, finalmente, hasta lo último de la tierra. El versículo 8 provee el esquema general para el libro de Hechos. Siguiendo ese esquema, Lucas narra la irresistible marcha del cristianismo desde Jerusalén, dentro de Samaria, y luego a través del mundo romano. A medida que el libro avanza, nos moveremos por esas tres secciones de la expansión de la Iglesia.

Este comienzo debía alterar, de manera dramática, el curso de la historia y la difusión del mensaje del evangelio ha continuado más allá de Hechos hasta alcanzar toda la tierra. Los creyentes de hoy siguen teniendo la responsabilidad de ser testigos de Cristo por todo el mundo. La esfera para testificar es tan extensa como lo es el reino: todo el mundo. Esa fue y es la misión para la Iglesia hasta que Jesús venga.

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