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sábado, 26 de octubre de 2019

Hechos 1:1-5


Lucas, quien por la Carta que el Apóstol Pablo escribió a los Colosenses, Capítulo 4 versículo 14, sabemos fue médico [Lucas, el médico amado, os envía saludos - LBLA], inicia el Libro de Los Hechos de la siguiente manera:

«Estimado Teófilo, en mi primer libro me referí a todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta el día en que fue llevado al cielo, luego de darles instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido. Después de padecer la muerte, se les presentó dándoles muchas pruebas convincentes de que estaba vivo. Durante cuarenta días se les apareció y les habló acerca del reino de Dios. Una vez, mientras comía con ellos, les ordenó:

—No se alejen de Jerusalén, sino esperen la promesa del Padre, de la cual les he hablado: Juan (El Bautista) bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.» (NVI)

Comentario Bíblico de Matthew Henry: "Nuestro Señor dijo a los discípulos la obra que tenían que hacer. Los apóstoles se reunieron en Jerusalén, habiéndoles mandado Cristo que no se fueran de ahí pero esperasen el derramamiento del Espíritu Santo. Esto sería un bautismo por el Espíritu Santo, que les daría poder para hacer milagros e iba a iluminar y a santificar sus almas. Esto confirma la promesa divina y nos anima para depender de ella, porque la oímos de Cristo y en Él todas las promesas de Dios son sí y amén." (Hechos 1:1-5)

LBLA: La Biblia de las Américas en Español
NVI: Nueva Versión Internacional en Español

Comentario Bíblico de John MacArthur Hechos 1:1-2.

EL MENSAJE.

En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido. (1:1-2)

Según se observó, el primer tratado se refiere al Evangelio de Lucas, que este escribió para Teófilo. Ese tratado se centró en gran medida en la vida terrenal y el ministerio de nuestro Señor, revelando todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba. Desde el inicio de su ministerio terrenal hasta su ascensión, Jesús había instruido a sus discípulos tanto con hechos como con palabras. Los milagros de Él debían fortalecer la fe de ellos; las parábolas que dijo debían clarificarles verdades espirituales; las enseñanzas que impartió debían formularles la teología. Jesús les reveló la verdad que necesitaban para llevar a cabo la obra de Él.

Es lógico que quienes llevarían el mensaje de Cristo al mundo debían saber cuál es ese mensaje. Debe haber una comprensión exacta del contenido de la verdad cristiana antes de que cualquier ministerio pueda ser eficaz. Tal conocimiento es fundamental para obtener el poder espiritual y cumplir la misión de la Iglesia. Su ausencia es insuperable y devastadora para el propósito evangelístico de Dios.

El apóstol Pablo se preocupaba tanto de esto que fue básico en su deseo hacia todos los creyentes. En Efesios 1:18-19a oró así: “Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos”.

A los filipenses les escribió: “Esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo” (Filipenses 1:9-10).

La oración de Pablo por los colosenses expresa, de forma elocuente, su anhelo de que todos los creyentes sean maduros en conocimiento:

Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad (Colosenses 1:9-11).

En 2 Timoteo 2:15, Pablo encargó a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. Luego encargó a su hijo en la fe que enseñara sana doctrina a otros (cp. 1 Timoteo 4:6, 11, 16; 6:2b, 3, 20, 21; 2 Timoteo 1:13, 14; 2:2; 3:16, 17; 4:1-4).

El escritor de Hebreos reprendió la ignorancia de la verdad en algunos de sus lectores: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido” (Hechos 5:12).

Desde luego que el simple conocimiento objetivo no tenía poder para salvar a esos hebreos, o a cualquier otra persona, a menos que se lo creyera y se lo apropiara. En Mateo 23:2-3, Jesús advirtió del peligro de imitar a los fariseos hipócritas:

“En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen”. Jesús establece el patrón de coherencia en conducta y proclamación porque, como observó Lucas, Él comenzó tanto a hacer como a enseñar. El Señor vivía a la perfección la verdad que enseñaba.

Pablo pidió a los creyentes que, por medio de su manera de vivir, expresaran “la sana doctrina” que les había enseñado. Él escribió: “Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad… palabra sana e irreprochable… mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:7, 8, 10). Evangelizar es decir a las personas que Dios salva del pecado. Lo que adorna ese mensaje, o lo hace creíble, es una vida santa que demuestre claramente que Dios puede salvar del pecado. Es contraproducente proclamar el mensaje de salvación del pecado mientras se lleva una vida pecaminosa. El mensajero debe manifestar el poder del mensaje que está proclamando. Jesús predicaba justicia y la vivía a la perfección. Nosotros debemos predicar el mismo mensaje y esforzarnos por vivir tan perfectamente como podamos.

Dos factores principales contribuyen a la falta de poder en la Iglesia de hoy. Primero, muchos ignoran la verdad bíblica. Segundo, quienes logran conocer la verdad bíblica muy a menudo no viven de acuerdo a ella. Proclamar un mensaje erróneo es trágico, pero también lo es anunciar la verdad sin mostrar mucha evidencia de que esta verdad haya transformado la vida de quien la anuncia. Tales personas no pueden esperar que otros sean conmovidos por lo que proclaman. El ejemplar predicador del siglo XIX, Robert Murray McCheyne dio las siguientes palabras de advertencia a un joven aspirante a ministro:

No olvides la cultura del hombre interior, me refiero al corazón. Con qué diligencia el oficial de caballería mantiene su sable limpio y afilado; toda mancha la restriega con el mayor de los cuidados. Recuerda que tú eres la espada de Dios, su instrumento… confío en que un vaso escogido lleve el nombre de Él. En gran medida, según la pureza y la perfección del instrumento, así será el éxito. No es a los grandes talentos a los que Dios bendice sino a la gran semejanza con Jesús. Un ministro santo es un arma terrible en la mano de Dios (Andrew A. Bonar, Memoirs of McCheyne [Memorias de McCheyne] [Chicago: Moody, 1978], p. 95).

Quienes vayan a ser eficaces en predicar, enseñar y evangelizar deben prestar atención a esas palabras. Sana doctrina apoyada por santidad de vida es esencial para todo aquel que ministra la Palabra.

Incluso después de su resurrección, Jesús siguió enseñando las realidades esenciales de su reino hasta el día en que fue recibido arriba, una referencia a su ascensión. (Lucas utiliza este término cuatro veces en este capítulo, vv. 2, 9, 11, 22). Ese día, que marcó el final del ministerio terrenal de nuestro Señor, había llegado. Como lo había predicado, Jesús estaba a punto de ascender al Padre (cp. Juan 6:62; 13:1, 3; 16:28; 17:13; 20:17). Durante su ministerio había dado mandamientos a los apóstoles por el Espíritu Santo, quien a la vez era la fuente y el poder de su ministerio (cp. Mateo 4:1; 12:18, 28; Marcos 1:12; Lucas 3:22; 4:1, 14, 18). El ministerio de Jesús en el poder del Espíritu mostró el modelo para los creyentes. Estos, igual que los apóstoles, también deben obedecerle (cp. Mateo 28:19-20). El Espíritu Santo es la fuente de poder para el ministerio de los creyentes y les permite obedecer las enseñanzas de su Señor.

El verbo entello (dado mandamientos) señala una orden (cp. Mateo 17:9), y hace hincapié en la fuerza de la verdad. Abarca una serie de mandatos para obedecer a Dios, así como amenazas al considerar las consecuencias de la desobediencia.

Aunque Jesús instruyó a miles de personas en sus días sobre la tierra, sus principales y constantes alumnos fueron los apóstoles que había escogido. Prepararlos para su ministerio fundacional fue el objetivo primordial de la enseñanza del Maestro. La calificación de ellos fue simplemente que el Señor los había elegido para salvación y servicio único (cp. Juan 15:16). Él los salvó, comisionó, preparó, dotó y enseñó a fin de que pudieran ser testigos de la verdad y destinatarios de la revelación de Dios. Ellos establecieron el mensaje que los creyentes deben proclamar.

La importancia de esta instrucción en preparar a estos hombres para terminar la obra del Señor no puede exagerarse. Nuestro Señor estaba creando en ellos la enseñanza que más tarde se llamó “la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2:42): la verdad organizada que estableció a la Iglesia.

La eficacia del ministerio de todo creyente depende, en gran medida, de un conocimiento claro y profundo de la Palabra. No asombra que Spurgeon expusiera:

Podríamos predicar hasta que nuestra lengua se deteriore, hasta que agotemos nuestros pulmones y muramos, pero un alma no se convertirá a menos que el Espíritu Santo use la Palabra para convertirla. Así es bendecida para corroer el mismísimo corazón de la Biblia hasta que,por fin, usted llegue a hablar en lenguaje bíblico y su espíritu esté condimentado con las palabras del Señor, de modo que su sangre sea “biblina” y la misma esencia de la Biblia fluya de usted (citado parcialmente en Richard Ellsworth Day, The Shadow of the Broad Brim [La sombra del ala ancha] [Philadelphia: Judson, 1943], p. 131).

Comentario Bíblico de John MacArthur Hechos 1:3.

LA MANIFESTACIÓN.

A quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios. (1:3)

Los apóstoles no solo necesitaban el mensaje correcto sino también la confianza para proclamarlo, aunque esto les costara la vida. Difícilmente les pudo haber entusiasmado anunciar a un Cristo muerto y enfrentar el martirio por Él. Debían saber que estaba vivo y que cumpliría su promesa del reino. A fin de asegurar esa confianza necesaria, después de haber padecido, Jesús se presentó vivo ante ellos. Les ofreció muchas pruebas indubitables (cp. Juan 20:30), tales como entrar a una habitación donde las puertas estaban cerradas (Juan 20:19), mostrarles las heridas de su crucifixión (Lucas 24:39), y comer y beber con ellos (Lucas 24:41-43). Sin embargo, más convincente fue que Jesús estuviera apareciéndoseles durante cuarenta días, empezando con el día de su resurrección. El texto griego en realidad dice “a través de cuarenta días”. Eso afirma que aunque Él no estaba continuamente con ellos, se les aparecía a intervalos. Aunque de ninguna manera completo, el resumen más extenso de esas apariciones se encuentra en 1 Corintios 15:5-8.

El resultado final de estas apariciones fue que los apóstoles se convencieron absolutamente de la realidad de la resurrección física de su Señor. Esa seguridad les dio la valentía para predicar el evangelio a las mismas personas que crucificaron a Cristo. La transformación de los apóstoles de escépticos temerosos y cobardes a testigos poderosos y audaces es prueba potente de la resurrección.

Ha habido muchas sugerencias sobre el contenido de la enseñanza del Señor durante los cuarenta días. Los religiosos místicos sostenían que Él impartió a los apóstoles el conocimiento secreto que caracterizaba al gnosticismo. Muchos en la iglesia primitiva creían que el Señor les enseñó a los creyentes acerca del mandato de la Iglesia (F. F. Bruce, The Book of the Acts [El libro de Hechos] [Grand Rapids: Eerdmans, 1971], pp. 33-34). Sin embargo, Lucas acalla todas las especulaciones cuando revela que, durante este tiempo, el Señor estuvo hablándoles acerca del reino de Dios. Les enseñó más verdad relacionada con el dominio del gobierno divino sobre los corazones de los creyentes. Ese tema, frecuente durante el ministerio terrenal del Señor Jesucristo (cp. Mateo 4:23; 9:35; 10:7; 13:1ss; Marcos 1:15; Lucas 4:43; 9:2; 17:20ss; Juan 3:3ss), ofreció una prueba adicional a los discípulos de que realmente se trataba de Él.

El Señor quería que ellos supieran que la crucifixión no anulaba el reino milenial prometido (cp. Isaías 2:2; 11:6-12; Daniel 2:44; Zacarías 14:9). Sin duda, los apóstoles tuvieron dificultad en creer en ese reino después de la muerte del Rey. La resurrección cambió todo eso y, desde ese momento en adelante, proclamaron a Jesucristo como Rey sobre un reino invisible y espiritual (cp. Hechos 17:7; Colosenses 1:13; 1 Timoteo 1:17; 6:15; 2 Timoteo 4:1; 2 Pedro 1:11; Apocalipsis 11:15; 12:10; 17:14; 19:16). El reino se manifestará en su plenitud en la Segunda Venida. En ese momento, nuestro Señor reinará personalmente en la tierra por mil años.

No obstante, el reino de Dios (el reino donde Él gobierna, o la esfera de salvación) abarca mucho más que el reino milenial. Tiene dos aspectos básicos: el reino universal y el reino mediatorial (para un estudio detallado de esos dos aspectos véase Alva J. McClain, The Greatness of the Kingdom [La grandeza del reino] [Grand Rapids: Zondervan, 1959]; para un análisis más detallado del reino, véase Matthew 8—15, MacArthur New Testament Commentary [Chicago: Moody, 1987], pp. 348-51).

El reino universal se refiere al gobierno soberano de Dios sobre toda su creación. Salmos 103:19 declara: “Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos”. Otros pasajes que describen el reino universal incluyen 1 Crónicas 29:11-12; Salmos 10:16; 29:10; 45:6; 59:13; 145:13; y Daniel 4:34; 6:26 (cp. Romanos 13:1-7).

El reino mediatorial se refiere al gobierno espiritual de Dios y a la autoridad sobre su pueblo en la tierra a través de mediadores divinamente elegidos. A través de Adán, y después los patriarcas, Moisés, Josué, los jueces, los profetas y los reyes de Israel y Judá, Dios reveló su voluntad y medió su autoridad a su pueblo. Con el final de la monarquía de Israel comenzó la época de los gentiles. Durante ese período, que durará hasta la Segunda Venida de Cristo, Dios media su gobierno espiritual sobre los corazones de los creyentes a través de la Iglesia (Hechos 20:25; Romanos 14:17; Colosenses 1:13). Lo hace por medio de la Palabra y del Cristo vivo (Gálatas 2:20). La fase final del reino mediatorial y espiritual dominará la tierra en la forma del reino milenial, que se creará después del regreso de Cristo. Durante ese período de mil años, el Señor Jesucristo reinará personalmente en la tierra, ejerciendo control soberano sobre la creación y sobre todos los hombres. Al final del milenio, con la destrucción de todos los rebeldes, el reino espiritual se fusionará con el reino universal (1 Colosenses 15:24), y llegarán a ser uno mismo.

Entonces durante la era de la Iglesia, Dios interviene en el gobierno de su reino por medio de creyentes en quienes habita el Espíritu Santo y obedecen la Palabra. Por eso Pedro llama a los creyentes “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa” (1 Pedro 2:9).

Hoy en día, Jesucristo no se manifiesta de manera física y visible a los creyentes. Él le dijo a Tomás: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29), mientras Pedro escribió: “A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:8). Sin embargo, la manifestación del Señor no es menos real para nosotros (cp. Colosenses 1:29). Tal comunión personal con el Salvador resucitado y exaltado es esencial para consumar su obra inconclusa del ministerio.

Comentario Bíblico de John MacArthur Hechos 1:4-5, 8a.

EL PODER.

Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días… pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, (1:4-5, 8a)

Después de recibir el mensaje y de presenciar la manifestación de Cristo resucitado, los apóstoles pudieron ser tentados a suponer que estaban listos para ministrar en sus propias fuerzas. A fin de evitar ese error, Jesús, estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén (cp. Lucas 24:49). Para ellos, quienes sin duda estaban entusiasmados y ansiosos por comenzar, esa debió haber sido una orden extraña. Sin embargo, ilustra un punto importante: toda la preparación y el entrenamiento que el conocimiento y la experiencia pueden traer son inútiles sin el poder apropiado. El poder tenía que acompañar a la verdad.

Para asegurarse de que los apóstoles no solo estaban motivados sino facultados divinamente para su misión, Jesús les ordenó que esperasen la promesa del Padre. Esa promesa, reiterada durante el ministerio terrenal del Señor (cp. Lucas 11:13; 24:49; Juan 7:39; 14:16, 26; 15:26; 16:7; 20:22), era que les sería enviado el Espíritu Santo (cp. Hechos 2:33). La promesa de Dios se cumpliría exactamente diez días después en el día de Pentecostés.

Los apóstoles, al igual que todos los creyentes de todas las dispensaciones, sabían del Espíritu Santo y habían probado su acción. Cuando Jesús los envió en un viaje de predicación les afirmó: “No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (Mateo 10:20; cp. Lucas 12:12). En Juan 14:17, Jesús comentó a los apóstoles: “El Espíritu de verdad… mora con vosotros, y estará en vosotros”. Al igual que otros creyentes en la antigua economía, ellos experimentaron el poder del Espíritu para salvación y vida, como también para ocasiones especiales en el ministerio. En la nueva economía, inaugurada en Pentecostés, el Espíritu moraría en ellos de manera permanente y los facultaría en una forma única.

Aunque esta promesa del poder fue principalmente para los apóstoles (como lo fue la promesa de revelación e inspiración en Juan 14:26), también prevé secundariamente que el poder habilitador del Espíritu se daría a todos los creyentes (cp. Hechos 8:14-16; 10:44-48; 19:1-7). La promesa general estaba en el núcleo de las profecías del Antiguo Testamento relacionadas con el nuevo pacto. Ezequiel 36:25-27 registra la promesa de Dios para todo aquel que entra al nuevo pacto: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu”. Habría de venir una plenitud del Espíritu en alguna manera única al nuevo pacto y para todos los creyentes. Pero también habría una unción especial para los apóstoles.

Una extraordinaria comparación en este sentido de la promesa es el bautismo de Jesucristo. Era obvio que nuestro Señor estaba en perfecto acuerdo y compañerismo con el Espíritu Santo, pero la Biblia anuncia que en el momento de su bautismo “el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma” (Lucas 3:21-22). Esto fue emblemático de la plenitud del poder que Él recibiría del Espíritu para realizar su obra terrenal. Un capítulo después Lucas escribe que Jesús estaba “lleno del Espíritu Santo” (4:1). Cuando Él habló en la sinagoga de Nazaret comenzó dando testimonio de la extraordinaria activación del Espíritu, diciendo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19). Lucas 5:17 sugiere la misma fuente del poder sanador de Jesús.

Otros recibieron tal unción para un servicio extraordinario, como Zacarías, el padre de Juan el Bautista, quien por ese poder profetizó (Lucas 1:67-79). En todos estos casos, el Espíritu Santo vino con una en plenitud especial a fin de que un ministerio extraordinariamente poderoso tuviera lugar.

Jesús define, además, la promesa del Padre para ellos como lo que oísteis de mí (cp. Juan 14:16-21; 15:26; 20:22). Las subsiguientes palabras de nuestro Señor, porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días, recuerdan la declaración de Juan el Bautista en Juan 1:33: “El que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo”. La promesa debía cumplirse, y los discípulos serían bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días, diez para ser exactos. Jesús prometió que después de su partida enviaría al Espíritu (Juan 16:7).

A pesar de las afirmaciones de muchos, la experiencia de los apóstoles y de los primeros discípulos no es la norma de los creyentes de hoy. Ellos recibieron preparación del Espíritu Santo para sus deberes especiales, y también el bautismo general y común con el Espíritu Santo en forma poco común, posterior a la conversión. Todos los creyentes desde el inicio de la Iglesia tienen la orden de ser llenos del Espíritu (Efesios 5:18) y de caminar en el Espíritu (Gálatas 5:25). Pero a estos primeros apóstoles y creyentes se les dijo que esperaran, mostrando el cambio que se produjo en la era de la Iglesia. Ellos estuvieron en el período de transición asociado con el nacimiento de la Iglesia. En la época actual, el bautismo por Cristo a través del Espíritu Santo tiene lugar para todos los creyentes en la conversión. En ese momento, cada uno entra al cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). En ese instante, el Espíritu también hace morada permanente en el alma de la persona convertida, por lo que no existe tal cosa como un cristiano que aún no tenga el Espíritu Santo (Romanos 8:9; cp. 1 Corintios 6:19-20).

El bautismo con el Espíritu Santo no es un privilegio especial para algunos creyentes, y las Escrituras no retan ni exhortan a buscarlo. Tampoco es responsabilidad de ellos prepararse para ese bautismo orando, suplicando, aguardando o usando cualquier otro medio. El verbo traducido seréis bautizados indica que el bautismo por Jesucristo con el Espíritu es una actividad totalmente divina. Viene, igual que la salvación, por medio de la gracia, no por esfuerzo humano. Tito 3:5-6 declara: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador”. Dios derrama, de manera soberana, el Espíritu Santo en aquellos que salva.

La presencia, la guía y el poder del Espíritu eran absolutamente esenciales para que los apóstoles fueran eficaces en continuar la obra inconclusa del Señor. Ellos ya habían experimentado salvación, orientación, enseñanza y poder milagroso del Señor. Se les prometió: recibiréis el poder, que era lo que necesitarían para ministrar después que el Espíritu Santo viniera sobre ellos.

Poder es traducción de dunamis, de donde se deriva la palabra castellana “dinamita”. Todos los creyentes tienen en ellos dinamita espiritual para el uso de dones, servicio, compañerismo y testimonio. Deben experimentar la liberación de ese poder en sus vidas al no contristar al Espíritu por medio del pecado (Efesios 4:30), y estar continuamente llenos y controlados por el Espíritu (Efesios 5:18). Lo último se lleva a cabo cuando a cada momento los creyentes le ceden el control de sus vidas, que es lo mismo que ceder sus mentes a la Palabra (Colosenses 3:16). El resultado de ser llenos con el Espíritu lo expresa la oración de Pablo en Efesios 3:16, 20: “Que [Dios] os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu… Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros”.

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