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domingo, 28 de julio de 2019

La Doctrina Aterradora


Por: John MacArthur

Una cosa más que se levanta en pleno camino de la creencia acomodaticia es la verdad de la soberanía de Dios. Hace años solía oír que se decía: «Nunca prediques la doctrina de la soberanía de Dios cuando tengas inconversos en el público». Alguna gente de veras me aconsejaba que no lo hiciera. Pero esta es otra noticia hiriente para el inconverso: Dios es soberano, y usted no lo es. Usted no es el capitán de su alma ni el amo de su destino. Usted no tiene el destino en sus propias manos.

Según 1ª Corintios 1:24, los que creen son aquellas personas que Dios llama y atrae en su soberanía absoluta. Dios las llama porque las ha escogido (versículo 27), eklegomi. La palabra aparece de nuevo en el versículo 28.

¿Cómo puede alguien salvarse en semejantes términos? ¡No le queda nada! Queda privado absolutamente de todo. Versículo 30: «Más por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención». Así que si todo es obra de Dios, ¿por qué habría yo de cambiar el mensaje? ¿Por qué tendría yo que tratar de manipular los resultados? Versículo 31: «El que se gloríe, gloríese en el Señor».

Mi amigo R. C. Sproul ha dicho: «La doctrina favorita de Dios es la soberanía, y si usted fuera Dios, también sería la suya». Un maravilloso sentimiento como este ayuda a compensar por el disgusto que siento cuando escucho a los evangelicalistas contemporáneos atacar la soberanía de Dios. Su propósito en la elección es la salvación, porque si Dios no salva a las personas, nadie las salvará. Esta es una verdad dura que muchos evangelicalistas prominentes niegan, ¡y con ello roban a Dios la gloria y sobreestiman las posibilidades de los espiritualmente muertos!

Un evangelicalista muy famoso dijo: «Sugerir que el Dios misericordioso, paciente, de gracia y de amor de la Biblia inventó una aterradora doctrina como la elección, la cual nos llevaría a creer que es una acción de la gracia seleccionar solo a unos cuantos para el cielo, se acerca peligrosamente a la blasfemia». En otras palabras, dice que afirmar que Dios soberanamente salva a las personas por su poder es casi un insulto al carácter de Dios. (Cabe aclarar que este individuo no dice de qué otra manera pueden salvarse).

Otro escritor, que encabeza un ministerio nacional, insiste: «La defectuosa teología de la preselección es un intento por eliminar la capacidad del hombre para ejercer su libre albedrío, lo que reduce el amor soberano de Dios a la acción de un mero dictador».

Y según otro escritor: «La elección hace que nuestro Padre celestial parezca el peor de los déspotas». Otro añade que la doctrina de la elección es «el esquema de teología más irracional, incongruente, contradictorio consigo mismo y denigrante del ser humano que jamás ha aparecido en el pensamiento cristiano. Nadie puede aceptar sus proposiciones contradictorias y mutuamente excluyentes sin autodegradarse intelectualmente. Presenta por Dios a un tirano egocéntrico, egoísta, despiadado y sin remordimiento, y nos exige que lo adoremos».

Otro más dice: «Hace de Dios un monstruo que tortura eternamente al inocente, que elimina del evangelio la esperanza de consuelo, limita la obra expiatoria de Cristo, resiste la evangelización, atiza la discusión y las divisiones, promueve a un Dios pequeño, iracundo y criticón».

Y esta es la que más asusta: «Decir que Dios soberanamente escoge es lo más torcido que jamás he oído, pues convierte a Dios en un monstruo no mejor que cualquier ídolo pagano».

¡Qué concepto más torcido de la doctrina de la soberanía! Se basa en una noción deficiente del pecado y en una visión indebidamente elevada de los pecadores caídos El hecho es que, según la Biblia, si Dios no abriera soberanamente los ojos de los ciegos espirituales, nadie jamás vería. Si Dios no atrajera soberanamente a los pecadores a Cristo, nadie jamás vendría, como dice Romanos 8:7-8 «Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios». Nada de este mensaje es atractivo. Creer en esta doctrina es vergonzoso porque es irrazonable e ilógica, y ataca todo lo que es humano en nosotros, todo lo que amamos de nuestra condición caída.

¿Qué vamos a hacer con esta imposibilidad? Pablo nos da la respuesta en 1ª Corintios 2:1-5:

Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabra o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de su poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Allí es donde aterrizó Pablo. No se retractó de la verdad dura de la cruz, sino que más bien la abrazó, diciendo:

«No ando buscando una posición popular desde la cual proclamar este mensaje ni hacerlo acreedor del favor público. Predico la vergonzosa cruz porque eso es lo que se me ha dicho que predique. Dejo al poder soberano de Dios obrar mediante ese mensaje para producir una fe que descanse no en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios». Ojalá nosotros podamos decir lo mismo.

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